LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

miércoles, 17 de enero de 2018

Joaquín Calvo - En un mar de estrellas





Una noche, de las de luna baja y estrellas eclipsadas por la negrura de los montes, Grinia lanzó el que sería su último hechizo. Usó la túnica para cubrir el suelo gélido y húmedo que yacía cual cuerpo frente al río y, desnudando sus senos y el torso por completo, sumergió el pie en el agua observando atenta como si esperara que fuera a suceder algo fantástico. Al instante apareció alrededor de ella un banco de peces rosados e iluminaron la pálida piel de sus piernas. Entró a más profundidad y el río la hizo cautiva de sus deseos, convirtiéndola en la ninfa del bosque que estaba destinada a ser.
Román despertó súbitamente de la cama de hojas en la que dormía tan plácidamente. Recordó que su hermana le había hablado en sueños y le había dicho que se reuniera con ella en el arroyadero que hay junto al río. Subió a su caballo y con el relinche de éste galopó a toda prisa entre los árboles que iba encontrándose por el camino. Al llegar vio a Grinia ya convertida en fresno, colocó la mano sobre el tronco y cerró los ojos.
– Vuelve a mí, hermana mía. – Dijo al tiempo que una lágrima caía por su tez.
Aquel pedido no fue en vano, pues Grinia volvió a adoptar su forma humana. Desnuda y con el pelo caído sobre los hombros, salió del interior del árbol y apenas pudo dar un abrazo a su hermano que expiró su último aliento de vida sobre él. Román suplicó al río que la reviviera, pidió perdón por haber pedido su vuelta sin considerar que ella ya no pertenecía a este mundo. Fue tal el dolor que sintió por haber sido egoísta e impulsivo que, pensando en su propio castigo, acabó con su vida a los ojos de las estrellas que lo miraban a través del agua clara. El puñal ensangrentado rodó hasta impactar contra las rocas que emergían del caudal del río y se partió en dos pedazos; el joven imprudente murió al cabo de un rato, cuando casi toda su sangre salió del estómago tintando la hierba de rojo. Sobre ambos cuerpos el río formó una inmensa roca que los uniría para siempre en el frívolo amor de la dependencia, cual piedra gris depende de la tierra para ser hermosa y admirada.



Joaquín Calvo  -  Escritor y Creativo

martes, 26 de diciembre de 2017

Nando Pilgrim - Libertad





Estamos rodeados de gente que pide a gritos libertad. Y la piden por muchos motivos, pero cada cual tiene el suyo.

Hay gente que vive en el desierto del Sáhara y pide ser liberada de la ocupación marroquí. Pide que se retiren y se les devuelva su territorio.

En Palestina pasa lo mismo, piden que Israel y la comunidad internacional les reconozcan como estado y les devuelvan sus tierras y su estatus.

En África miles de personas viven aterrorizadas por un militar cruel y despiadado llamado Boko Haram, pero como ese problema no interesa ni afecta al primer mundo, nadie les va a liberar de él, al menos que se encuentre con alguien más loco todavía. Secuestra a niños y niñas, les utiliza luego para cometer atentados inmolándose, hace lo que le da la gana. Nadie se opone.

Entre Turquía, Irak, Irán y Siria hay un territorio llamado Kurdistán. Desde hace muchos años los kurdos son gente sin patria, perseguidos y humillados. Sólo
piden vivir en paz.

La mayoría de estos problemas son muy antiguos ya.

A otros niveles también escasea la libertad. La pide quien cruza un mar dentro de una patera aunque muchos no entendamos qué les impulsa a ello. La pide quien duerme en la cárcel por defender una idea mientras otros, ladrones consumados, gozan de libertad. La pide quien teme que tan sólo por su forma
de ser o de amar la sociedad le rechace y le aparte. La pide el trabajador que es obligado por su jefe a realizar tareas que no le corresponden y a aguantar improperios y actitudes innobles. La pide la mujer que sabe que cuando su marido llegue a casa la va a rociar con una buena ración de insultos, y eso esperando que no pase a los golpes. La pide la mujer que lleva el rostro cubierto porque su religión le impide ser libre de ir con el pelo suelto. La pide el niño que por alguna razón, sus compañeros la han tomado con él y cada día de colegio le resulta un infierno.

Desde que tomamos conciencia de quiénes somos y qué queremos parece que nos es negada la libertad de alguna u otra forma.

En esta ansia de libertad a todos los niveles no puede juzgarse a quien la pide. Siempre que falta este derecho fundamental es porque una de las partes ejerce una opresión que moralmente no le es permitida. Y digo solo moralmente porque muchas veces, por desgracia, esta opresión cuenta con el beneplácito de leyes injustas que lo hacen posible. Porque ley y justicia hace mucho tiempo que no transitan los mismo caminos.

Es el mismo ser humano, que nace libre, el mismo que luego crea poderes para poder privar de libertad a los demás.



 Nando Pilgrim | Escritor



martes, 19 de diciembre de 2017

De feria en feria - Sandra Bermejo






-Llévame de feria en feria -me susurró al oído. Lento, marcando cada sílaba, dejándolas caer de sus labios a mis entrañas, mientras apretaba su cuerpo contra el mío.

Juro que nadie, jamás, había recitado así a Lorca. La emoción desbordante en el pecho, como si fuera día de fiesta. Sus ganas en mi piel, las mías en su boca. En un baile de vida y de tierra.

La luna cada vez más gitana. Las copas vacías de vino y llenas de sed. Noche cerrada. Farolas que alumbran las calles sujetando a los borrachos que cantan al alba.

Sus ojos negros me desnudaban deshaciéndome la trenza, mientras clavaba mis uñas en su morena espalda. Tendidos sobre la verde hierba, verde, liberamos a las fieras dormidas.

A lo lejos, horizontes perdidos. A mi vera, gotas de rocío evocando a la mañana. En el cielo, nubes de lluvia y gemidos.

Noche inefable. Inexorable destino. De azar y laberintos. ¿Cómo escapar de lo que ya está escrito? Del desastre y la tormenta, de los amantes condenados a no ser.

Caminábamos por el filo de lo prohibido, sabiendo que en cualquier momento podíamos caer, pero no en el olvido.

Nadie tenía la culpa, pero no entendíamos que la culpa era de lo vivido. Así que se fue, sabiendo que, en Viena, nunca bailaría con él.

Los chopos perdieron sus dorados vestidos y el invierno se instaló en nuestras soledades disfrazadas de vocación.

Empecé a espiar sus pensamientos escondidos en palabras sin pretexto y sin destino donde terminaba encontrándome una y otra vez.

Hacía poesía o teatro de cada imagen, usando los nudos y los recuerdos para dar voz a sus personajes. Las entradas no tenían puerta, así que pasaba sin preguntar.

Después de cien libros y mil canciones, vino igual que se fue. El pelo alborotado y los sueños a contraluz.

Mismos ojos, mismos besos, mismos huesos contra el colchón. Distinta toma, misma escena. Nunca la llegamos a rodar.

¿Nos pudo el miedo a la nostalgia? ¿O tal vez a la muerte? Quizás fueron las ganas que no terminaron de cristalizar. De ellas brotaron infinitos haces de luz y de colores, que viajaban con el viento por el cielo de la ciudad, de su ventana a la mía, entrando y saliendo a su antojo como soplos de inspiración. 



 Sandra Bermejo Psicóloga 










































































































































miércoles, 15 de noviembre de 2017

La carrera - Nando Pilgrim




Callejear por la parte vieja de la ciudad siempre era un placer. De día en invierno, aprovechando la clara luz del sol y la pureza del azul del cielo, o de noche en verano, recorriendo calle a calle la historia de los balcones y las casas antiguas acompañado de la brisa fresca de la madrugada.

Había días en que Pepito, antes de volver a casa después de haber estado toda la tarde jugando con sus amigos en la plaza, molestando a todo el que pasaba con sus gritos y sus pelotazos, se daba un paseo por esa zona que tanto le gustaba.

Aunque a veces se tenía que encontrar con ellos, los gitanos. Pepito les tenía mucho miedo desde que una vez se encontró por la calle con dos chicos mayores que él y le robaron el balón y le empujaron al suelo, haciéndole caer. Sus padres le habían dicho muchas veces que no tenía importancia, pero él seguía con ese temor a encontrarse con alguno por la calle, sobre todo si  iba solo.
Como ese día.

Allí estaba, en una esquina, como si estuviera esperándole. Pepito ni se lo pensó: echó a correr calle abajo como un poseso mientras escuchaba como el gitano le perseguía gritándole que se parase, pero él, evidentemente, no le iba a hacer ningún caso. Corrió y corrió por casi toda la ciudad pero su perseguidor era más resistente que él e igual de veloz. No había manera de dejarle atrás. Pepito empezó a sentirse agotado, a notar como sus piernas le iban a fallar de un momento a otro. Empezó a sentir que sus miedos se iban a hacer realidad y que sería alcanzado de un momento a otro. Entonces pensó en lo peor que le podría pasar; quizá le pegara algún coscorrón, o intentara robarle el poco dinero que llevaba encima para chucherías y después simplemente se burlaría de él. No podía más.

Decidió hacerle frente y asumir las consecuencias, fueran las que fuesen.

̶ ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me persigues? ¡Déjame en paz!

Miró al suelo, sus zapatillas estaban casi rotas ya, mientras que el gitano iba descalzo.

Para su sorpresa, éste se rió abiertamente.
̶ ¡Hombre, ya era hora! Pensaba que nunca ibas a ser un poco valiente.

Y guiñándole un ojo sin dejar de sonreír burlonamente, dio media vuelta y se marchó.

José se despertó empapado en sudor tras haber sufrido otra vez la misma pesadilla, y pensó que si de verdad quería poner algo de orden en su vida y tomar las riendas quizá tenía que afrontar sus miedos de una vez por todas y asumir las consecuencias. 


 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 3 de noviembre de 2017

Libros salvavidas - Sandra Bermejo




Hay libros que al leerlos te salvan la vida, o de ella, no sé. Le ponen voz y palabras a aquello que tú no sabes explicar, pero que te está pasando, y, sin embargo, no puedes nombrarlo. Y por ende, entonces, parece que no existe.

Hay libros (y canciones) que le dan forma a lo que hay dentro de ti, permitiéndote ponerlo fuera para que duela un poco menos.
Hay libros (y sonrisas) para quedarse a vivir. Hay historias que se escriben a la vez que tú. Hay versos que te pertenecen, que parece que los han escrito para ti.

Hay libros que te leen, en vez de leerlos tú a ellos. Que te atraviesan y se instalan en tu pecho, generando un baile y una explosión de serpentinas de colores.

Hay libros que son tan eternos que, aunque pasen diez siglos, te sigues viendo reflejado en ellos. Como si se hubiese congelado el tiempo. Como si el pasado fuese hoy.
Hay libros que te hacen soñar, tan fuerte que parece que se va a hacer realidad. Tanto que en vez de dormir pasas noches enteras entre sus páginas.

Hay libros con los que te vas de viaje y otros que son un viaje en sí mismos. Das la vuelta al mundo sin ni siquiera salir de tu habitación. Cuando vuelves de ellos todo es igual, pero nada es lo mismo.


Hay libros que, dicen que, son como espejos. Donde te miras y te ves. Donde encuentras aquello que está escondido en los lugares más recónditos de tu ser.  

Hay libros que son amor. De los que te enamoras y en los que te enamoras. Una y otra vez, porque sabes que nunca van a romperte el corazón.

Hay libros que parece que te los regalaron en otra vida pero, aun así, siguen formando parte de esta. Son los libros herida o libros cicatriz, te ayudan a no olvidar quien fuiste y quien no quieres ser.
Hay libros que tienen la primera página arrancada, y otros que la tienen garabateada de amor y promesas, de esas que no se suelen cumplir. Junto a una fecha que, en realidad, era de caducidad. 

Hay libros que te dan alas o sueltan las cadenas con las que están atadas las tuyas. Te recuerdan quién eres y dónde quieres llegar.

Hay libros que son el mejor regalo que le puedes hacer a alguien cuando te das cuenta de que lo escribieron para él, para salvarle del desastre, del naufragio o de sí mismo. 
Libros salvavidas. A los que puedes aferrarte para salir a flote o para no hundirte. En los que te pierdes y te encuentras. Dan sentido a tus abismos. Y menos mal.



 Sandra Bermejo Psicóloga 





















































































































































viernes, 29 de septiembre de 2017

Su piel - Antonio Bejarano



No hay nada más triste que un recuerdo feliz que revolotea sobre el presente y que, irremediablemente, te deja el alma como si le hubieran pasado una motosierra por encima.
                
Hace frío. Estoy sentado y a oscuras. El silencio de la bombilla apagada me bombardea los oídos, hasta el punto de escuchar los susurros de mi piel y su incesante cantinela. A mi lado: un libro abierto que he sido incapaz de seguir leyendo. Rozar sus páginas me ha recordado a aquellas noches en las que quedábamos en la habitación de un hotel para investigar atropelladamente nuestras pieles como auténticos detectives.

De repente, los recuerdos se agolpan en mi cabeza como si fueran una película... Nuestros cuerpos desnudos bajo una misma cama; el leve sonido de su mano rozando la manta, muy parecido al ruido de una ola que nace a lo lejos y que estalla en la orilla de mi espalda. Las bocas calladas, como si no hubiera nada más que añadir. Las piernas entrelazadas y deseosas de aunar fuerzas para saltar lo más lejos posible. Los ojos cerrados y fundidos en un negro sedoso por el que resbalan lentamente hacia un sueño infinito. Sus dedos bajando por la duna de mi espalda como si fueran beduinos en pleno desierto. Tímidos y silenciosos, escalan por mis omóplatos en búsqueda de algún oasis hasta alcanzar al borde de mi hombro. Una vez allí, miran hacia abajo y, sin miedo, se deslizan por el surco de mi espina dorsal, dejando un rastro de suavidad que me hace desaparecer.

Sus dedos logran disfrazarse con mi piel a la perfección. Patinan por mi costado y, con la misma levedad de un susurro, pisan mi carne de gallina hasta hacer volteretas al ritmo de una vieja canción que sale de un tocadiscos. En ese momento me doy cuenta de que puedo escucharlos hablar. Con un poco de esfuerzo me concentro y logro entender nuestra historia. La van escribiendo, poco a poco, por todos los rincones de mi cuerpo. Yo, mientras, aprieto fuerte la almohada, hundiendo las manos e intentando exprimir los sueños que hemos ido dejando dentro de ella durante toda la noche. Los estrujo, los saboreo y, de un solo trago, me los bebo sin casi respirar.

Sus dedos, curiosos e incendiarios, bucean dentro de mí escarbando en mis deseos, revolviéndolos como si fuera mi pelo.  Sus dedos se miran entre sí y, sorprendidos, se retan mutuamente en una carrera para ver quién es el que llega antes a la meta de mi lengua. Su piel y la mía se confunden en mil caricias. En la foto de llegada no hay perdedores, solo dos manos triunfadoras alzándose con el trofeo del amor. Mis secretos están a salvo bajo la suave manta de su epidermis.

Todo aquello parece haber sido filmado en blanco y negro hace mucho tiempo. Aún así, lo siento como si fuera hoy. A veces parece como si quisiera coger un salvavidas pero, en realidad, lo que quiero es hundirme de nuevo en su piel y ahogarme en ella.



martes, 12 de septiembre de 2017

NO al acoso escolar - Celia Racero



Esto va por vosotros. Por aquellos niños y niñas que deseaban ser invisibles a los ojos del resto del mundo. A los que tuvieron que enfermar a propósito para refugiarse en su habitación. A los que llegaron a pensar que la palabra colegio era sinónimo de infierno. A los que en los recreos preferían esconderse en el lugar más vacío y menos ruidoso del patio. 

Ahora pensarás que ya no le importas a nadie. Que lo que está sucediéndote te lo mereces por ser raro o rara. Que aquellas personas que te atormentan son mejores que tú. O incluso que quizá no vales lo suficiente, ¿verdad? 

Pero déjame decirte una cosa. No sabes cuánto te equivocas. 

Aquellas personas, si es que se les puede definir así, están lejos de igualarte. Por ello intentan destruirte cada día. Porque detrás de aquella fachada fuerte y poderosa se esconden personas inseguras de sí mismas. Y créeme, la inseguridad es uno de los sentimientos más tóxicos y perjudiciales que existen. Ellos saben con certeza que eres mejor. Que están a años luz de superarte.

Por cada risa existe un “mi vida es tan aburrida que tengo la necesidad de fijarme en el resto”. Por cada “eres un friki” hay un “me gustaría ser tan especial como tú, ya que yo soy uno más entre la multitud”. Cada “qué mal haces esto” o “qué feo o fea eres” esconde un “deseo ser la mitad de inteligente y guapo o guapa que tú”. 

No les des el gusto de verte sufrir. No les escuches. Ni siquiera malgastes tu tiempo pensando en ellos. En el fondo son almas perdidas que desean llenar su vacío dañando a aquellos que envidian. Y ser envidiado por los demás no es del todo negativo. La envidia es una mezcla entre el odio y la admiración. Ellos te admiran. No existe mayor realidad que esa. Por ello debes aprovechar y trabajar todas tus capacidades para fortalecerte y no derrumbarte nunca más. 

Deja que el tiempo haga de las suyas. Créeme que se darán cuenta del daño que causan. Y los que nunca aprendan, pobrecitos de ellos. Se destruirán a sí mismos y no sabrán salir de ese bucle infinito. 

Tú vales mucho más que todo esto. Puede que no seas igual y por ello no encajes con el resto. Pero cuando crezcas te darás cuenta de que ser diferente es uno de los mejores regalos que puede hacerte la vida. No sigas a las masas. Ni a los que hoy son populares. Aquellos niños que en un pasado se creían los más poderosos del colegio e instituto hoy en día no los veo en portadas de revista, ni en la televisión, ni en la gran pantalla. No llegan ni a ser conocidos y puede que apenas sus nombres sean recordados. 

Escoge el camino que tú creas más apropiado para ti. Da igual que hoy te critiquen. En un futuro verás lo beneficioso que es pensar por uno mismo sin dejarse influenciar

fuerte. No te rindas. Ten el valor suficiente de hacer lo que en cada momento te dé la gana. Que más dará lo que piensen ellos. Si no son ni tu familia, amigos o pareja. 

Cada lunes ponte enfrente del espejo y di: soy una persona preciosa por dentro y por fuera, soy inteligente y capaz de conseguir hasta lo imposible. Nada ni nadie podrá conmigo. 

El acoso escolar es una realidad invisible. Las víctimas sufren en silencio. Temen pedir ayuda e incluso les cuesta ser conscientes de la gravedad de la situación. Padres, madres, profesores y educadores, transmitirles que pedir ayuda es positivo y que siempre estaréis a su lado para arroparles y apoyarles. No os tapéis los ojos por miedo a ver la realidad. Estos niños se sienten desprotegidos y os necesitan más que nunca. 

Enseñarles a vuestros hijos y alumnos a ser generosos y empáticos con los demás. No es importante ser el o la mejor de la clase en un deporte. Tampoco lo es sacar matrícula de honor. Lo que verdaderamente importa y les servirá para el resto de sus vidas es ni más ni menos que tener bondad. Con ello todo lo que toquen brillará.  





Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social