LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Joaquín Calvo - El hechizo de Azahara






Era el último día de clase y había llegado al límite de su paciencia, Azahara no iba a permitir una vez más otra humillación. No era la más popular del instituto pero, desde luego, eso no le daba derecho a Carlota, una niña mimada de segundo curso, a arremeter contra ella de manera tan despiadada. Azahara levantó el lápiz con su mano derecha y lo lanzó contra la cara de su acosadora en un intento de combatir los insultos y las burlas, después todo pasó muy deprisa como para entrar en detalles de manera tan resumida. Volvamos al principio.

Trece días antes de esa mañana fatídica en el instituto, Azahara no tenía otra preocupación que la llegada de la navidad y el final de las clases. Era una buena estudiante aunque fuera por obligación; lo que en realidad deseaba era cerrar los libros de texto y sumergirse en la lectura de su novela preferida: Magia en la ciudad. En ella era capaz de convertirse en una poderosa hechicera y combatir el mal. En ocasiones se introducía tan intensamente en la historia que no percibía cómo iba desapareciendo la luz del sol poco a poco a través de la ventana hasta que la oscuridad le obligaba a encender la luz de su mesita de noche.

-¡Azahara, a cenar! – gritaba su madre desde la cocina.

Cerró el libro casi más provocada por un sobresalto que por obediencia, y bajó rápidamente las escaleras hacia la cocina. Su madre, Julia, era una mujer que trabajaba a destajo cada día en una correduría de seguros en el centro de la ciudad. Quería a su hija y sus obligaciones con ella estaban a la orden del día, aun así no era suficiente para Azahara. Necesitaba llamar su atención y lo hacía contándole las aventuras de la hechicera de su libro; a Julia, sin embargo, no le gustaba alimentar esas fantasías en su hija porque quería ver en ella una pronta madurez y además no creía en la magia. Cuando Azahara terminó de engullir el último bocado de patata hervida, recogió su plato, dio un beso en la mejilla a su madre y subió tan rápido como pudo a la habitación habiéndole explicado que tenía que madrugar para las clases del día siguiente. Julia se quedó tomando un caldo caliente de pollo en una taza e imaginaba todo lo que tenía por hacer en la oficina. Arriba, ya tumbada en la cama, Azahara seguía leyendo aquel libro desde donde lo dejó, bajo la luz de una vieja linterna que proyectaba una tenue luz amarilla. Al día siguiente Azahara despertó con el libro abierto sobre la cama, lo cerró y sonriente preparó su mochila para comenzar el nuevo día. Durante el desayuno todo iba a tomar un giro inesperado, algo que a ella no le haría muy feliz.

A la salida del colegio, Carlota, la niña que acosaba sin piedad a Azahara, apareció caminando detrás de ella con insultos de todo tipo y riendo a carcajadas mientras le recordaba lo triste y solitaria que parecía. Las amigas de Carlota, alimentando por interés el ego de su líder, se unieron a la burla. En la mente de Azahara todo se nubló y dejó de escucharlas, a ellas y todo lo que la rodeaba, hasta que dio un grito de rabia y se giró. Carlota no se lo pensó dos veces y le golpeó con la carpeta en la frente, luego huyó corriendo de allí junto a sus amigas; aunque una de ellas no se movió del sitio sino que miró con tristeza a Azahara y la ayudó a levantarse. De vuelta a casa, recorriendo el camino del bosque, las dos hablaron de lo mucho que les gustaba leer historias fantásticas y, de ese modo, comenzó a surgir una amistad sincera. Mireia, la nueva amiga de Azahara, vio iluminarse algo de entre las ramas de un árbol gigante que había en medio del camino. Ambas se detuvieron al ver la luz parpadear discretamente. Cuando Azahara se armó de valor dio un paso adelante en busca de ese misterio y al apartar la rama seca que ocultaba parcialmente la luz parpadeante vio una piedra azul cielo sobre la tierra, del tamaño de una nuez, iluminando con fuerza el entorno.

Mireia cayó al suelo y perdió la consciencia, como si algo la hubiera desconectado de golpe. Azahara volvió a dirigir su atención a la piedra y al cogerla todo volvió a la realidad. Seguía escuchando el griterío y las burlas de sus acosadoras, había vuelto en sí después de haber estado un rato inmóvil y exhausta. No podía creer que nada de lo anterior fuera irreal, estaba convencida de que había cruzado el umbral a otra dimensión y, entonces, notó la piedra azul metida en el fondo de su bolsillo. La tocó con la mano y la apretujó con todas sus fuerzas pidiendo un deseo mientras cerraba los ojos, frunciendo el ceño muy fuerte. Las burlas, los insultos, cesaron de un plumazo y cuando Azahara soltó la piedra mágica habían desaparecido. Se habían esfumado. Acercó la piedra con la mano para observar algo que se movía en su interior, y vio que estaban todas aquellas niñas maliciosas atrapadas, gritando auxilio en un sonido hueco que solo Azahara escuchaba. Lo que había sucedido era magia, como la que leía en su libro.




Joaquín Calvo  -  Escritor y Creativo

martes, 13 de febrero de 2018

Alejandra G. de la Maza - La niña



La niña le miró con los ojos más abiertos que había visto nunca, esos ojos de color avellana que cuando les daba la luz parecía que se transformaban en miel líquida. Él la sostenía en sus brazos,aún con manos torpes y temblorosas debido a su inexperiencia. Eso era algo que estaba fuera de sus planes, que le descolocaba, le aturdía y le fastidiaba. Pero le ilusionaba.  

Desde luego no podía haberla dejado ahí tirada, observando como miles de zapatos de distintos precios, formas y colores pasaban por su lado sin ni siquiera dirigirle una mirada, una sonrisauna palabra. Nada.  

Así era la gran ciudad, tan grande y tan vacía al mismo tiempo. Esa ciudad que respiraba miles de aromas, que bailaba al ritmo de millones de latidos, que oía mil voces y que era testigo de miles de besos. La misma ciudad que cada mañana despertaba a millones de personas, y que despedía a otras tantas. Aquellos ojos que a cada minuto veían nacer nuevos amores y el declive de los viejos, que sabía miles de historias, millones de pequeñas leyendas, algunas más ciertas que otras. Que veía el amor y el odio. Que oía gritos de esos que desgarran el alma, pero también de esos que provocan una media sonrisa. Que veía aquellos que exhalaban su último aliento y a otros que se quedaban sin él. La misma ciudad que presenciaba la salida de los pequeños del
colegio hacia el paraíso de la libertad veía a otros para los que la libertad suponía un paraíso

Aquella marabunta de palabras, de sonidos, de risas y de llantos, de gritos, de reproches, de sonrisas, de pasos, de canciones cantadas a voz en grito para que nadie las oiga, de músicos callejeros que se afanan en dar color a la vida a cambio de unas pocas monedas, de amenazas susurradas entre dientes, de borrachos por desamor y de otros tantos embriagados por amor. Aquella melodía de pisadas, de bailes inesperados, de medias sonrisas o de sonrisas enteras, de carreras para coger el tren, o para llegar al trabajo, o salir corriendo del infierno en el que se ha vuelto la casa. Aquellas carreras para llegar a ese examen que supondrá la vida o la muerte. Aquellos pequeños actos de rebeldía, sea del tipo que sea. Esos cines medio vacíos que en otro tiempo fueron centro de reunión y que ahora han quedado centro de nostalgia. En toda esa sinfonía de palabras no había un hueco para aquella pequeña, que no hacía sino mirar el mundo con los ojos más abiertos que él había visto nunca. 

—Ven, vayamos a casa —le dijo a la joven —. Mi mujer y yo te acogeremos. ¿Querrías tener una nueva familia

Ella, aún asustada y sucia por tantas noches pasadas a la intemperie, llena de soledad y de miedo,le miró como si no comprendiese en absoluto. Una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla, arrastrando la suciedad de su rostro y dejando al descubierto la piel reseca y bronceada. El tiempo se paró, el sonido de la ciudad se eliminó y, por un momento, ambos quedaron solos en un mundo lleno de gente. La pequeña, con su tristeza, su rabia y sus deseos de una nueva vida. Y él, colmado de ternura por esa niña que nada tenía y por la que súbitamente había sentido una necesidad de protegerla y de cuidarla. Un instante, un segundo que lo cambió todo.  

Ella tan solo le dio la mano










Alejandra G. de la Maza - Escritora, periodista y lectora

jueves, 8 de febrero de 2018

Sandra Bermejo - Semáforos en ambar









Es algo parecido a cuando escuchas una de tus canciones favoritas en la radio. Esa sensación que te invade, que no es la misma que cuando decides poner, voluntariamente, ese mismo tema en tu reproductor. 

Seguro que sabes de lo que te estoy hablando: pues fue algo así. Y ahora cuando paso por allí, sea el día de la semana que sea, miro y sonrío.

Sería algo parecido a que sintonizase esa misma emisora cada vez que enciendo la radio, porque ya sé que ahí puede sonar, aunque no sea lo habitual.

Qué tontería, como si no hubiese sido casualidad, y como si fuesen a poner la canción fuera del programa especial de los lunes por la tarde.

Es algo parecido a creer que cuando soplas una vela y pides un deseo, al abrir los ojos, vas a tener delante sus ojos preguntándote si realmente eres tú, y riéndose por dentro al pensar que, incluso de lejos y a contraluz, tu nariz es inconfundible.

Sería algo parecido a que al soplar, también se volasen tus miedos y dejases de esconderte entre bambalinas cuando hace días que te están llamando para dar comienzo al segundo acto.

Qué tontería, como si de esta manera no te fuese a encontrar, y como si por no querer mirar las cosas, fuesen a desaparecer.

Es algo parecido a cuando estás decidido a cerrar una puerta, pero alguien llega de imprevisto y pone el pie. Entonces te quedas atrapado en el umbral del “y si…”, y lo incierto.

Sería algo parecido a que tú te quedases sin ases, yo sin mangas, y tuviésemos que descubrir nuestras cartas. Entonces se acabaría la partida, y dejaríamos de hacer trampas.

Qué tontería, como si la magia no estuviese en los trucos, y como si esto hubiese tenido otra posibilidad de sobrevivir a lo ajeno.

Es algo parecido a pensar que quieres que algo ocurra, y esto pase, aunque no sea tal cual lo habías imaginado. Como si las leyes de la física cuántica estuviesen a tu favor, y empezases a entrar en otra dimensión.

Sería algo parecido a que nos pusiéramos delante de un espejo, dijésemos la verdad en voz alta y dejásemos de disimular.

Qué tontería, como si a todo se le pudiese poner palabras, y como si mereciese la pena morir sin vivir en el intento.




 Sandra Bermejo Psicóloga 










































































































































miércoles, 17 de enero de 2018

Joaquín Calvo - En un mar de estrellas





Una noche, de las de luna baja y estrellas eclipsadas por la negrura de los montes, Grinia lanzó el que sería su último hechizo. Usó la túnica para cubrir el suelo gélido y húmedo que yacía cual cuerpo frente al río y, desnudando sus senos y el torso por completo, sumergió el pie en el agua observando atenta como si esperara que fuera a suceder algo fantástico. Al instante apareció alrededor de ella un banco de peces rosados e iluminaron la pálida piel de sus piernas. Entró a más profundidad y el río la hizo cautiva de sus deseos, convirtiéndola en la ninfa del bosque que estaba destinada a ser.
Román despertó súbitamente de la cama de hojas en la que dormía tan plácidamente. Recordó que su hermana le había hablado en sueños y le había dicho que se reuniera con ella en el arroyadero que hay junto al río. Subió a su caballo y con el relinche de éste galopó a toda prisa entre los árboles que iba encontrándose por el camino. Al llegar vio a Grinia ya convertida en fresno, colocó la mano sobre el tronco y cerró los ojos.
– Vuelve a mí, hermana mía. – Dijo al tiempo que una lágrima caía por su tez.
Aquel pedido no fue en vano, pues Grinia volvió a adoptar su forma humana. Desnuda y con el pelo caído sobre los hombros, salió del interior del árbol y apenas pudo dar un abrazo a su hermano que expiró su último aliento de vida sobre él. Román suplicó al río que la reviviera, pidió perdón por haber pedido su vuelta sin considerar que ella ya no pertenecía a este mundo. Fue tal el dolor que sintió por haber sido egoísta e impulsivo que, pensando en su propio castigo, acabó con su vida a los ojos de las estrellas que lo miraban a través del agua clara. El puñal ensangrentado rodó hasta impactar contra las rocas que emergían del caudal del río y se partió en dos pedazos; el joven imprudente murió al cabo de un rato, cuando casi toda su sangre salió del estómago tintando la hierba de rojo. Sobre ambos cuerpos el río formó una inmensa roca que los uniría para siempre en el frívolo amor de la dependencia, cual piedra gris depende de la tierra para ser hermosa y admirada.



Joaquín Calvo  -  Escritor y Creativo

martes, 26 de diciembre de 2017

Nando Pilgrim - Libertad





Estamos rodeados de gente que pide a gritos libertad. Y la piden por muchos motivos, pero cada cual tiene el suyo.

Hay gente que vive en el desierto del Sáhara y pide ser liberada de la ocupación marroquí. Pide que se retiren y se les devuelva su territorio.

En Palestina pasa lo mismo, piden que Israel y la comunidad internacional les reconozcan como estado y les devuelvan sus tierras y su estatus.

En África miles de personas viven aterrorizadas por un militar cruel y despiadado llamado Boko Haram, pero como ese problema no interesa ni afecta al primer mundo, nadie les va a liberar de él, al menos que se encuentre con alguien más loco todavía. Secuestra a niños y niñas, les utiliza luego para cometer atentados inmolándose, hace lo que le da la gana. Nadie se opone.

Entre Turquía, Irak, Irán y Siria hay un territorio llamado Kurdistán. Desde hace muchos años los kurdos son gente sin patria, perseguidos y humillados. Sólo
piden vivir en paz.

La mayoría de estos problemas son muy antiguos ya.

A otros niveles también escasea la libertad. La pide quien cruza un mar dentro de una patera aunque muchos no entendamos qué les impulsa a ello. La pide quien duerme en la cárcel por defender una idea mientras otros, ladrones consumados, gozan de libertad. La pide quien teme que tan sólo por su forma
de ser o de amar la sociedad le rechace y le aparte. La pide el trabajador que es obligado por su jefe a realizar tareas que no le corresponden y a aguantar improperios y actitudes innobles. La pide la mujer que sabe que cuando su marido llegue a casa la va a rociar con una buena ración de insultos, y eso esperando que no pase a los golpes. La pide la mujer que lleva el rostro cubierto porque su religión le impide ser libre de ir con el pelo suelto. La pide el niño que por alguna razón, sus compañeros la han tomado con él y cada día de colegio le resulta un infierno.

Desde que tomamos conciencia de quiénes somos y qué queremos parece que nos es negada la libertad de alguna u otra forma.

En esta ansia de libertad a todos los niveles no puede juzgarse a quien la pide. Siempre que falta este derecho fundamental es porque una de las partes ejerce una opresión que moralmente no le es permitida. Y digo solo moralmente porque muchas veces, por desgracia, esta opresión cuenta con el beneplácito de leyes injustas que lo hacen posible. Porque ley y justicia hace mucho tiempo que no transitan los mismo caminos.

Es el mismo ser humano, que nace libre, el mismo que luego crea poderes para poder privar de libertad a los demás.



 Nando Pilgrim | Escritor



martes, 19 de diciembre de 2017

De feria en feria - Sandra Bermejo






-Llévame de feria en feria -me susurró al oído. Lento, marcando cada sílaba, dejándolas caer de sus labios a mis entrañas, mientras apretaba su cuerpo contra el mío.

Juro que nadie, jamás, había recitado así a Lorca. La emoción desbordante en el pecho, como si fuera día de fiesta. Sus ganas en mi piel, las mías en su boca. En un baile de vida y de tierra.

La luna cada vez más gitana. Las copas vacías de vino y llenas de sed. Noche cerrada. Farolas que alumbran las calles sujetando a los borrachos que cantan al alba.

Sus ojos negros me desnudaban deshaciéndome la trenza, mientras clavaba mis uñas en su morena espalda. Tendidos sobre la verde hierba, verde, liberamos a las fieras dormidas.

A lo lejos, horizontes perdidos. A mi vera, gotas de rocío evocando a la mañana. En el cielo, nubes de lluvia y gemidos.

Noche inefable. Inexorable destino. De azar y laberintos. ¿Cómo escapar de lo que ya está escrito? Del desastre y la tormenta, de los amantes condenados a no ser.

Caminábamos por el filo de lo prohibido, sabiendo que en cualquier momento podíamos caer, pero no en el olvido.

Nadie tenía la culpa, pero no entendíamos que la culpa era de lo vivido. Así que se fue, sabiendo que, en Viena, nunca bailaría con él.

Los chopos perdieron sus dorados vestidos y el invierno se instaló en nuestras soledades disfrazadas de vocación.

Empecé a espiar sus pensamientos escondidos en palabras sin pretexto y sin destino donde terminaba encontrándome una y otra vez.

Hacía poesía o teatro de cada imagen, usando los nudos y los recuerdos para dar voz a sus personajes. Las entradas no tenían puerta, así que pasaba sin preguntar.

Después de cien libros y mil canciones, vino igual que se fue. El pelo alborotado y los sueños a contraluz.

Mismos ojos, mismos besos, mismos huesos contra el colchón. Distinta toma, misma escena. Nunca la llegamos a rodar.

¿Nos pudo el miedo a la nostalgia? ¿O tal vez a la muerte? Quizás fueron las ganas que no terminaron de cristalizar. De ellas brotaron infinitos haces de luz y de colores, que viajaban con el viento por el cielo de la ciudad, de su ventana a la mía, entrando y saliendo a su antojo como soplos de inspiración. 



 Sandra Bermejo Psicóloga 










































































































































miércoles, 15 de noviembre de 2017

La carrera - Nando Pilgrim




Callejear por la parte vieja de la ciudad siempre era un placer. De día en invierno, aprovechando la clara luz del sol y la pureza del azul del cielo, o de noche en verano, recorriendo calle a calle la historia de los balcones y las casas antiguas acompañado de la brisa fresca de la madrugada.

Había días en que Pepito, antes de volver a casa después de haber estado toda la tarde jugando con sus amigos en la plaza, molestando a todo el que pasaba con sus gritos y sus pelotazos, se daba un paseo por esa zona que tanto le gustaba.

Aunque a veces se tenía que encontrar con ellos, los gitanos. Pepito les tenía mucho miedo desde que una vez se encontró por la calle con dos chicos mayores que él y le robaron el balón y le empujaron al suelo, haciéndole caer. Sus padres le habían dicho muchas veces que no tenía importancia, pero él seguía con ese temor a encontrarse con alguno por la calle, sobre todo si  iba solo.
Como ese día.

Allí estaba, en una esquina, como si estuviera esperándole. Pepito ni se lo pensó: echó a correr calle abajo como un poseso mientras escuchaba como el gitano le perseguía gritándole que se parase, pero él, evidentemente, no le iba a hacer ningún caso. Corrió y corrió por casi toda la ciudad pero su perseguidor era más resistente que él e igual de veloz. No había manera de dejarle atrás. Pepito empezó a sentirse agotado, a notar como sus piernas le iban a fallar de un momento a otro. Empezó a sentir que sus miedos se iban a hacer realidad y que sería alcanzado de un momento a otro. Entonces pensó en lo peor que le podría pasar; quizá le pegara algún coscorrón, o intentara robarle el poco dinero que llevaba encima para chucherías y después simplemente se burlaría de él. No podía más.

Decidió hacerle frente y asumir las consecuencias, fueran las que fuesen.

̶ ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me persigues? ¡Déjame en paz!

Miró al suelo, sus zapatillas estaban casi rotas ya, mientras que el gitano iba descalzo.

Para su sorpresa, éste se rió abiertamente.
̶ ¡Hombre, ya era hora! Pensaba que nunca ibas a ser un poco valiente.

Y guiñándole un ojo sin dejar de sonreír burlonamente, dio media vuelta y se marchó.

José se despertó empapado en sudor tras haber sufrido otra vez la misma pesadilla, y pensó que si de verdad quería poner algo de orden en su vida y tomar las riendas quizá tenía que afrontar sus miedos de una vez por todas y asumir las consecuencias. 


 Nando Pilgrim | Escritor