LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

martes, 15 de enero de 2019

El gigante, el dragón y el hada Chiribita - Paz Montañez




Al gigante Bigardo le gustaba vestirse de manera informal, con camiseta roja y pantalones vaqueros. Con esa ropa llamaba la atención desde muy lejos porque su piel era de color verde por comer mucha verdura, aunque en realidad comía de todo. Bigardo tenía muy buen carácter y era un gigante feliz que vivía con su familia en las montañas de Allálejos. 

Entre él y su familia, había 20 gigantes viviendo en esas montañas y comiendo de todo en gran cantidad, pues para ser gigante hay que comer mucho. Llegó un día en el que ya no quedaba casi nada que comer, por lo que debían mudarse y Bigardo tuvo que salir en busca de un nuevo lugar para vivir.

El gigante caminó muchos kilómetros sin ver nada interesante hasta que finalmente llegó a la montaña del Dragón, donde solía ir Ramón a descansar y a recoger comida. Cuando llegó no se lo podía creer: había ciervos, gallinas, conejos, vacas, caballos… , y también lechugas, patatas, tomates… ¡Qué maravilla! Era el sitio ideal para mudarse. Dio media vuelta y se marchó rápidamente para avisar a su familia y que organizaran la mudanza enseguida. 

Lo que no sabía es que todo eso estaba ahí porque el dragón Ramón se encargaba de cuidar a los animales, cultivar la tierra para alimentarse y regalar a su familia: Chiribita, el caballero Valentón Osado y el hada Benilde. 

Esa misma tarde, Ramón fue volando a su montaña para dar de comer a los animales y regar las plantas. Cuando llegó a la zona donde estaban los caballos y las yeguas, vio unas enormes huellas de zapatos que venían, se paraban y daban la vuelta en la dirección de la que habían venido. Ramón colocó los pies donde se suponía que se había parado el gigante. Al mirar al frente vio a todos sus animales y todo lo que había sembrado y pensó: 

“El gigante ha venido a robarme la comida. Seguro que se ha ido a buscar su banda de gigantes para venir a llevárselo todo”. 

Ramón se puso muy nervioso y empezó a soltar humo por la nariz. ¡Tenía que impedirlo! Se fue a toda prisa a buscar al hada Benilde para que le ayudara. 

Cuando Benilde escuchó lo que decía Ramón, avisó a Valentón y a Chiribita, y montados a la espalda del dragón salieron volando siguiendo los pasos del gigante. 

Al cabo de una media hora, vieron a lo lejos un gigante enorme con una camiseta roja. ¡Qué miedo daba! Pero debían seguir adelante y detenerle. 

Cuando llegaron a la altura del gigante, el dragón Ramón soltó una gran bocanada de fuego justo delante de él. Bigardo cogió una roca gigante y se la lanzó. Cuando Ramón recibió el golpe, Valentón, Benilde y Chiribita se cayeron al suelo. Valentón cogió su espada y pegó un buen golpe con ella a Bigardo. El gigante se dio la vuelta y agarró a Valentón con su mano gigante con intención de lanzarle por los aires… De pronto, Chiribita cogió su varita y se puso delante de los ojos del gigante diciendo: 

“Gigante malvado, como le hagas daño a mi papá te convertiré en guisante. Si le dejas y te olvidas de robarle la comida a Ramón, no habrá consecuencias”. 

El gigante se quedó muy impresionado y dejó a Valentón con cuidado encima de un tejado. Benilde se puso al lado de su hija Chiribita amenazando también a Bigardo con su varita. 

“Yo no voy a robarle la comida a nadie, vosotros sois los que me habéis atacado”—dijo el gigante muy sorprendido. 

Entonces Chiribita preguntó: “¿Y para qué has ido a la montaña del Dragón Ramón?

Bigardo se dio cuenta de que la montaña tan maravillosa y llena de alimento que había visto ya estaba ocupada y se puso tan triste que se echó a llorar. 

Cuando llora un gigante es un problema muy grande, porque enseguida se forma una fuerte corriente de agua con sus lágrimas, y si llora mucho tiempo, puede haber inundaciones. Las hadas debían actuar deprisa. 

El hada Chiribita se subió a su nariz y le preguntó con mucho cariño por qué lloraba. Mientras tanto, el hada Benilde convertía las lágrimas de Bigardo en plumas para evitar una inundación, aunque si lloraba mucho más tiempo, habría una inundación de plumas. 

El gigante contó que vivía en las montañas de Allálejos y que se estaban quedando sin comida. Él había salido a buscar una nueva montaña para vivir y cuando vio la montaña del Dragón le pareció perfecta, pero no se le ocurrió pensar que era de alguien. Chiribita pensó que el gigante no era muy listo, pero que tampoco era malo, así que le dijo que buscarían una manera de ayudarle. 

Bigardo dejó de llorar, Ramón aterrizó en el suelo y entre todos decidieron irse a su montaña para hablar tranquilamente. Cuando llegaron, ofrecieron una buena comida a Bigardo y empezaron a pensar qué hacer. 

Traer a los 20 gigantes a la montaña de Ramón no era posible, porque los dragones son muy reservados y necesitan tener un espacio para ellos solos. Había otras montañas, pero si se iban a ellas pronto tendrían el mismo problema. Entonces, Chiribita se acercó al dragón Ramón y le habló muy bajito durante un rato. Todos les miraban con curiosidad y veían a Ramón mover la cabeza arriba y abajo con gesto de aprobación. 

Cuando Ramón y Chiribita terminaron de hablar, se acercaron y el hadita le dijo al gigante que Ramón le acompañaría a las montañas de Allálejos con varios animales (vacas, gallinas y conejos) y semillas, pero no se los podían comer. Ramón les enseñaría a cuidarlos para tener una granja lo suficientemente grande como para que todos pudiesen alimentarse, pero que todos debían trabajar para eso. 

Como tardarían un tiempo en tener la granja funcionando a buen ritmo, las gallinas poniendo huevos, las vacas dando mucha leche… Ramón les llevaría comida hasta que todo estuviese en marcha.

Bigardo se puso muy contento y se marchó rápidamente a decírselo a su familia, tan rápido que tembló la tierra hasta que llegó a su montaña. Tras contarlo, casi todos estaban contentos con la solución, pero 3 de sus primos no querían trabajar. 

”Nosotros creemos que lo mejor sería que nos fuésemos todos juntos a la montaña del Dragón. Seguro que no se atreverían con los 20 gigantes” —dijeron con tono desafiante. 

Bigardo se enfadó tanto que dio un fuerte  golpe sobre la mesa y dijo: 

“Quien se atreva a hacer daño a mis amigos se las verá conmigo, con el dragón Ramón, con Valentón Osado, con el hada Benilde, con Chiribita y con todas las hadas del Bosque Encantado.”

Los gigantes hablaron largo tiempo entre sí y decidieron aceptar la propuesta de Bigardo. 

Un par de días después, llegó el dragón Ramón con lo que les había prometido y, con ayuda del hada Chiribita, les enseñó a cuidar de los animales y a cultivar para conseguir alimento en cantidad. 

Desde entonces los gigantes solo salen de las montañas de Allálejos en ocasiones especiales y con el paso del tiempo la gente se ha olvidado de ellos.


Paz Montañez - El hada Chiribita

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Gris - Nando Pilgrim







Derek repasó con indiferencia los titulares de la prensa. Parecía que se avecinaba otra crisis económica. Quince escolares muertos en un accidente de autobús. Una anciana estafada por su propio sobrino. Dos políticos enfrentados animando a medio país a odiar al otro medio.

Lo de siempre.

Cada día leía más o menos las mismas noticias. Cambiaban los protagonistas, pero poco más.

A Derek todo aquello ya no le afectaba. Un buen día optó por perder su sensibilidad. Decidió que nada iba a empañar sus días.

Su implicación emocional fue bajando poco a poco. Veía las noticias en el televisor con rostro impasible. Empezó por ahí, telediarios, periódicos, sucesos… nada conseguía afectarle. Después su indiferencia se extendió a los mendigos de la calle: no les dejaba limosna ya nunca.

Luego se volvió apolítico y ateo. Ya no creía en nada, ya no tenía una posición que defender en ninguna conversación. Admitía los argumentos y las razones de los demás con neutralidad, sin mojarse ni inmiscuirse, sin preocuparse si los demás apoyaban una postura que antes le hubiera parecido errónea.

Después fue un poco más allá: ni siquiera los problemas, las enfermedades y las tribulaciones tanto de familiares como de amigos conseguían hacer mella en su helado espíritu. Recibía las noticias con un leve asentimiento de cabeza, y si a alguno de los implicados se le ocurría preguntarle si aquello no le entristecía simplemente respondía encogiéndose de hombros.

No existía ya cincel capaz de marcar la dura piedra en que se había convertido.

Sus amigos dejaron de llamarle para sus habituales reuniones en el bar, su familia ya no le avisaba para las celebraciones familiares. Dejó de ser alguien para la gente que le rodeaba. El escáner de sus emociones mostraba un encefalograma plano.

Una mañana se levantó como cada día para ir al trabajo. Abrió el armario y escogió sin fijarse la ropa que se iba a poner. Pantalones grises, camisa gris, chaqueta gris. Cogió su cartera gris, salió a la calle y empezó a caminar. Al pasar frente a un escaparate el cristal le devolvió su imagen reflejada en él. Era un tipo descolorido, sin nada que llamara la atención. Su pelo se había vuelto gris también.

Llegó al trabajo y subió por el ascensor junto con algunos compañeros. No se sorprendió cuando vio su imagen en el espejo. Su piel también había adquirido un tono grisáceo, enfermizo. Notó cómo la gente que subía con él daba un pasito hacia un lado, como temiendo que Derek padeciese una extraña enfermedad contagiosa. El silencio se volvió incómodo.

Día tras día Derek fue empeorando, pero no se daba cuenta. El tono de gris cada vez era más débil, el contorno de su silueta se difuminaba. Fue consciente de ello cuando al doblar una esquina camino de su casa una mujer lanzó un grito ahogado de sorpresa y cogiendo a su niño de la mano cambió de acera rápidamente.

La mujer había podido ver a través de él.

Al día siguiente Derek siguió con su habitual ritual de cada mañana. Se levantaba, se daba una ducha, se preparaba un café (aunque hacía tiempo que no le encontraba el sabor), se vestía y se dirigía al trabajo. Pero ese día Derek no pudo salir de casa. Al ir al coger las llaves se dio cuenta de que su mano era incapaz de cogerlas: las atravesaba. Intentó abrir la puerta pero con idéntico resultado: era incapaz de asir el pomo.

Derek miró sus manos. Eran ya casi transparentes, se podría decir que rozaban el estado gaseoso de la materia. No sintió sorpresa alguna.

Estaba desapareciendo.

Pero le daba igual.



 Nando Pilgrim | Escritor



lunes, 2 de julio de 2018

Nando Pilgrim - Las noches de verano






Las noches de verano son distintas y cambian dependiendo de si las vives en un pueblo o en una ciudad, pero en ambos sitios para mucha gente significan lo mismo: libertad.

Y eso es lo que yo sentía cuando al terminar el curso escolar disponía de todas esas noches para mí sin ninguna obligación de irme a la cama a determinada hora o de tener que hacer los deberes. Yo vivía en una ciudad, pero las cosas no eran por aquel entonces como lo son ahora. En mi época podía bajar tranquilamente a la calle (una calle estrecha y alargada, secundaria) y pasarme el rato que quisiera correteando arriba y abajo sin temor a los escasísimos coches que se atrevían a interrumpir momentáneamente mis juegos y sin miedo a que nadie que pasara por allí me pudiera secuestrar o hacer algo malo. Hoy en día eso es diferente, la sociedad ha cambiado y su evolución en muchos aspectos no ha sido para bien. Ahora es impensable salir a la calle a jugar en una ciudad, y más aún solo. Porque en mi calle yo no tenía ningún amigo, no había ningún niño de mi edad y tampoco vivía nadie que fuera a mi mismo colegio. Así que no tenía más remedio que salir solo a divertirme entre las aceras y los coches aparcados. Recuerdo que en mi calle cabían hasta once coches en fila si los aparcaban bien, y también me entretenía sumando las cifras de sus matrículas o intentado averiguar su procedencia si alguno no estaba matriculado con la correspondiente V de Valencia.

Recuerdo el agobio del calor en esas noches en las que recibía un soplo de viento con una inmensa alegría, porque por poco que fuera, algo refrescaba el sudor que se pegaba a mi cuerpo siempre que me lanzaba a correr detrás de una pelota o blandiendo un palo en la mano a modo de imaginaria espada.

Luego, cuando ya era tarde, subía a casa, acercaba una silla a la ventana y arrodillado encima de ella, apoyaba un libro en el alfeizar de la ventana y leía a luz de la farola que teníamos cerca, ya que en el interior del piso la temperatura muchas veces era insoportable y encender bombillas no era sino empeorar la situación.

Ahora me ha dado por recordar aquellas noches interminables, y pienso en la felicidad permanente en la que vivía, ajeno a todos los problemas que el madurar trae consigo; desde los amores y desamores, las obligaciones laborales, los disgustos inevitables, las enfermedades y todo aquello que no podemos controlar, obligándonos a menudo a caminar por caminos que no hubiéramos deseado conocer.

Bendita ignorancia.

Pero no quiero volver a esa época, pues eso significaría que quizá algo cambiaría dentro de mí, en mi modo de ser, de pensar o de actuar, quizá no aprendería de los errores que ya he cometido o quizá no conocería a la misma gente que ha pasado por mi vida.

Y eso no lo quiero cambiar por nada del mundo, aunque ya no goce de la libertad de aquellas noches de verano.




 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 29 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - Escribo, luego existo









Sucede a menudo que nada atractivo nos sucede. Nada lo suficientemente especial como para iluminarnos en ese estado casi mágico que es escribir una novela. Una historia o un relato.

  En realidad esta paradoja no es más que una niebla, un vapor blanquecino que se va disipando conforme escalamos los peldaños de pequeñas ideas.

  Podemos apoyarnos en palabras concretas, en títulos y en noticias para iniciar el viaje. Podemos agudizar el oído cotidiano e investigar a nuestro alrededor; mirar con los ojos de un escritor que absorbe de su entorno cientos de detalles, la mayoría de ellos desapercibidos para el resto de los mortales: un hombre que camina de forma peculiar, el comentario de una señora en el autobús, una persona con cierto acento o carisma  —que quizá pudiera convertirse en un personaje literario—, sucesos, sueños, vivencias… Todo ello nos conducirá lentamente hacia las orillas de una corriente, de una idea tosca e incipiente que tal vez en su desarrollo final no se parezca demasiado a esos primeros esbozos que hicimos, cuando no teníamos aún definido el rumbo.

  Es curioso, sin embargo, que la realidad pueda llegar a ser a veces —pocas— tan irónica y rebuscada que nos ofrezca situaciones envueltas en cierto surrealismo, o coincidencias tan sorprendentes, que para llevarlas al papel nos veamos en la obligación de ser muy cautos y hábiles con el objetivo de que no parezcan inverosímiles. Digamos que la vida real puede permitirse ciertas licencias que la literatura no soporta. O, mejor dicho, que los lectores no soportan.

Y es que el olfato del lector no se deja engañar. Podemos relatar el más absurdo de los disparates siempre y cuando no traicionemos el contrato entre escritor y lector. Un contrato no escrito que acepta solo lo coherente dentro del contexto y del ritmo de nuestra narración.

Hay cientos de formas de contar lo mismo. En ello consiste el estilo y el éxito, en saber cómo relatarlo, o mostrarlo a través de los personajes.

Pero volvamos a la formación de nuestra idea troncal a partir de elementos recopilados. Debemos tener muy presente que el momento clave en que surge la voz salada de las musas y donde por fin adivinamos qué es lo que vamos a contar, es, precisamente, el instante en que hay que comenzar a escribir prácticamente desde cero; de reescribir sin piedad ahora que sabemos qué va a suceder. Bien documentados sobre el tema y con un esquema ya definido será mucho más fácil avanzar con coherencia. Aun así la inercia de la imaginación en marcha nos deparará sin duda numerosas y suculentas sorpresas: nuevas ideas que jamás habríamos imaginado en un principio.

Una vez traspasada esa niebla el reto es mantener la atención del lector, suscitar su curiosidad y omitir toda paja de relleno. Conseguir enganchar es tarea difícil pero nunca imposible.

Así que hagamos que las historias sucedan…

                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


jueves, 7 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - El primer paso









Puede parecer irritante, para algunos, reconocer sin tapujos la cruel displicencia con que a veces nos contempla el destino. O dicho de otro modo, admitir con tristeza que una parte de nuestros anhelos, nuestros deseos o aspiraciones se quedan, por el momento, solo en eso, en pretensiones frustradas.

   Sin embargo, hay algo mucho peor que lamentarse de aquello que no ha dado los frutos esperados: mantenernos en la oxidada  desidia del inmovilismo.

 Al fin y al cabo los proyectos nos mantienen activos y optimistas, nos facilitan un oxígeno renovado y le dan a los días una certeza existencial de continuidad, de movimiento. Rehusar la malograda inercia vagamente consumista de las horas, de los meses y de los años es tan saludable como alimentarse bien o hacer ejercicio. Solo hay un paso, un simple gesto que separa la actitud de proyectar una idea o una pretensión y la de quedarse  adormecido por el desánimo. Es el paso más sencillo y a la vez el definitivo, pues nos saca de donde estamos aun cuando —como reza el dicho popular— no nos lleve por sí solo a ningún lugar.

“El primer paso no te lleva adonde quieres ir, pero te saca de donde estás”.

¿Qué puede aportarnos este minúsculo gesto ante el árido desierto de indolencia que nos rodea?, se preguntarán algunos, quizá los más pesimistas, o realistas bien informados como a veces se trata de justificar con cierto tono jocoso el desafortunado conformismo.

Lo que en realidad nos aporta ese primer paso es, ni más ni menos, que emprender un proyecto: la posibilidad de levantarnos y de ser capaces de caminar en una dirección. Sin demasiadas pretensiones que nos asusten y terminen por ahuyentarnos de la férrea idea de que es posible. Se trata de gestos, de ánimo, y de no desfallecer, sino de interiorizar nuestro propósito en la medida de las posibilidades que nos rodean.

 “Esto es lo que pretendo y este es mi primer paso”.

 Sin temor a ser juzgados por terceros, o incluso por nosotros mismos, de no llegar a alcanzar por completo nuestras aspiraciones. La satisfacción de intentarlo nos enriquece ya por sí misma, nos alimenta de esperanzas y erige nuevas estructuras neuronales.

Dar un primer paso, sólido y quizá tímido al mismo tiempo, es como abrir una ventana en una habitación envilecida por la asfixiante atmósfera de la pasividad cotidiana.
Arranquemos la corteza del prejuicio que a veces nos tienta a desfallecer y démosle a la dejadez de ánimo el bofetón que se merece.

Como decían los versos del poeta Antonio Machado:Caminante no hay camino, se hace el camino al andar”.



                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


viernes, 1 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - El gen de la espiritualidad




En el momento en que se escribe este artículo aún se considera que Homo hábilis, un homínido con un cerebro algo mayor que el de los australopitecus —estos últimos algo así como chimpancés bípedos— fue el creador de las primeras herramientas de piedra hace algo más de dos millones y medio de años. Durante aquel tiempo, en algún lugar del planeta, muy probablemente en África, se desarrolló un tipo de inteligencia social y tecnológica sin precedentes. Era una época en la que diversas especies de homínidos coexistían ramificadas a partir de antecesores comunes.

 Me gusta pensar, no sin cierta dosis de fantasía, en ese breve instante de la prehistoria del planeta donde ningún pájaro de hierro sobrevolaba los cielos, ni altos edificios colonizaban los llanos; donde todo estaba por descubrir y nada aseguraba la supervivencia. Pero lo que más me atrae en estas osadas elucubraciones es el momento concreto en que una de aquellas especies comenzó a hacerse preguntas mucho más complejas que aquellas relacionadas con la caza o el carroñeo. Preguntas más cercanas al plano existencial. Tal vez ese fue el comienzo, la evolución primigenia e incipiente de lo que hoy conocemos por ciencia y que tuvo su punto de partida en la filosofía. Sin embargo, prefiero centrar la atención en aquel homínido —u homínida— que se quedó maravillado al contemplar el fogonazo de un relámpago y fue capaz, por primera vez, de preguntarse por qué.

    El planeta ya no volvería a ser el mismo a partir de aquel suceso. Una cadena de acontecimientos y cambios medioambientales pulularon en la arcilla de lo azaroso y causal, sin dirección preestablecida, extinguiendo especies, mutándolas y  apoyándose en todo momento en el tamiz de los mejor adaptados y sus descendencias. El motor de la evolución que Darwin llamó Selección Natural.

   No puedo pasar por alto que el nacimiento de una autoconciencia compleja debió  dar lugar al concepto espiritual. Y que éste último, como muchos otros fenómenos psicosociales, sufrió los mecanismos que Darwin definía, evolucionando y formando parte de los factores positivos para la supervivencia, quedándose incluido en el porcentaje del acervo genético de las poblaciones. No obstante, debo puntualizar, no lo hizo exactamente como elemento absoluto de espiritualidad, ni como un gen exclusivo para ello, sino como una predisposición a estos efectos. Eso explicaría a mi juicio muchas cosas hoy día acerca del éxito y desarrollo de las religiones y de la inclinación al esoterismo en nuestra especie y en todas sus culturas por más remotas que estas se localicen.

Si fue así o no —como todo en la prehistoria jamás tendremos la certeza definitiva— el tiempo y la ciencia nos lo irán confirmando. Entre tanto regreso a mi homínido reflexivo y su cielo abierto, a su mirada vidriosa y a sus lejanos pensamientos.



                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


miércoles, 4 de abril de 2018

Claudio Hernández - El curioso caso del señor Carl Farmer





La mente humana esconde secretos que todavía hoy no han sido desvelados. Se conoce el efecto placebo o los llamados poderes mentales como la Telepatía, Telequinesia, Precognición o visión Remota entre otras cosas. Hay veces, en que el propio cerebro activa un filtro y ocurre una combustión espontánea. También está los hipocondriacos, capaces de crear una enfermedad que no existe. Y a todo esto ni los científicos ni los Psicólogos y sumo a los Psiquiatras Forenses, no saben dar una explicación exacta.

He aquí, que se ha llegado más lejos y de qué forma, tan inquietante como si la tierra dejara de dar vueltas.

Normalmente, cuando escribo las historias debo hacer un pequeño croquis de la misma antes de empezar para que todo cuadre bien y salga algo bonito. En este caso solo me limito a repetir una vieja historia clásica en Boad Hill que va de generación en generación y de boca en boca. Se trata del caso del señor Carl Farmer. Tan rápido como he dicho su título así será de corta su historia.

Intensamente enamorados, Carl y Emma se juraron que el amor sería hasta después de la muerte, y así fue. Una tarde de verano cualquiera, con su respectivo calor, Carl Farmer, que padecía del corazón, falleció en el acto. Cayó al suelo de forma fulminante y, en un catacrack casi estruendoso, su cuerpo rechoncho quedó estirado en el suelo. Emma, que estaba postrada en la cama, inválida, no podía más que mover un poco la cabeza y echarse a llorar. No podía hablar así, cuando menos pedir auxilio. Su marido era la única ayuda para ella en los últimos diez años. El cuerpo sin vida de su esposo distaba unos dos metros de la cama y la puerta del hogar de los Farmer estaba a siete metros.

De modo que la pobre Emma estaba condenada a morirse en silencio de inanición ese fatídico verano si nadie se percataba de la ausencia del señor Farmer en cualquiera de los lugares del pueblo donde solía hacer la compra de la semana. Pero los Farmer solían pasar largas temporadas en casa sin salir de ella. De modo que nadie les echó en falta durante los días que duró la tragicomedia.

Un día después, la vista de Emma alcanzó a ver que el cuerpo inerte de su esposo estaba a un metro de la cama. Mucho más cerca de cuando cayó fulminado al suelo. Eso le sobrecogió y alivió al mismo tiempo. Dos días después, el hediondo cuerpo de Farmer ya estaba casi al lado de la cama, en dirección a la puerta de salida. Emma solo podía llorar y llorar, pero creía haber muerto ella también porque estaba como en un sueño. Su ángel de la guarda, en este caso el señor Farmer estaba con ella. Pero no era un despertar y ya está, todo sucedía en realidad. Al tercer día, el fétido cuerpo ya estaba encaramado hacia la puerta, le faltaban cinco metros. De modo que necesitó que pasaran cinco días más hasta que el putrefacto cadáver llegara hasta la puerta y otro día más hasta que sus huesudos dedos ahora tras la hinchazón pudieran abrir la manivela de la misma para salir afuera. Al día siguiente de esto, medio brazo en la entrepuerta dio el grito de alarma.

Y así fue como una semana después de la muerte del señor Carl Farmer se descubriera a la señora Emma deshidratada en su lecho de cama. Lo sé, suena absurdo, pero así lo cuentan los viejos del pueblo y hasta ha llegado a la ciudad. Yo aquí lo añado porque a veces el amor es tan intenso que va más allá de la vida misma.
Y sí, me creo la historia.

Al fin y al cabo, todo cabe en una mente abierta.







Claudio Hernández - Escritor, Periodista, Dibujante, Ingeniero de Telecomunicaciones y experto en Ciberseguridad.