LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

La carrera - Nando Pilgrim




Callejear por la parte vieja de la ciudad siempre era un placer. De día en invierno, aprovechando la clara luz del sol y la pureza del azul del cielo, o de noche en verano, recorriendo calle a calle la historia de los balcones y las casas antiguas acompañado de la brisa fresca de la madrugada.

Había días en que Pepito, antes de volver a casa después de haber estado toda la tarde jugando con sus amigos en la plaza, molestando a todo el que pasaba con sus gritos y sus pelotazos, se daba un paseo por esa zona que tanto le gustaba.

Aunque a veces se tenía que encontrar con ellos, los gitanos. Pepito les tenía mucho miedo desde que una vez se encontró por la calle con dos chicos mayores que él y le robaron el balón y le empujaron al suelo, haciéndole caer. Sus padres le habían dicho muchas veces que no tenía importancia, pero él seguía con ese temor a encontrarse con alguno por la calle, sobre todo si  iba solo.
Como ese día.

Allí estaba, en una esquina, como si estuviera esperándole. Pepito ni se lo pensó: echó a correr calle abajo como un poseso mientras escuchaba como el gitano le perseguía gritándole que se parase, pero él, evidentemente, no le iba a hacer ningún caso. Corrió y corrió por casi toda la ciudad pero su perseguidor era más resistente que él e igual de veloz. No había manera de dejarle atrás. Pepito empezó a sentirse agotado, a notar como sus piernas le iban a fallar de un momento a otro. Empezó a sentir que sus miedos se iban a hacer realidad y que sería alcanzado de un momento a otro. Entonces pensó en lo peor que le podría pasar; quizá le pegara algún coscorrón, o intentara robarle el poco dinero que llevaba encima para chucherías y después simplemente se burlaría de él. No podía más.

Decidió hacerle frente y asumir las consecuencias, fueran las que fuesen.

̶ ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me persigues? ¡Déjame en paz!

Miró al suelo, sus zapatillas estaban casi rotas ya, mientras que el gitano iba descalzo.

Para su sorpresa, éste se rió abiertamente.
̶ ¡Hombre, ya era hora! Pensaba que nunca ibas a ser un poco valiente.

Y guiñándole un ojo sin dejar de sonreír burlonamente, dio media vuelta y se marchó.

José se despertó empapado en sudor tras haber sufrido otra vez la misma pesadilla, y pensó que si de verdad quería poner algo de orden en su vida y tomar las riendas quizá tenía que afrontar sus miedos de una vez por todas y asumir las consecuencias. 


 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 3 de noviembre de 2017

Libros salvavidas - Sandra Bermejo




Hay libros que al leerlos te salvan la vida, o de ella, no sé. Le ponen voz y palabras a aquello que tú no sabes explicar, pero que te está pasando, y, sin embargo, no puedes nombrarlo. Y por ende, entonces, parece que no existe.

Hay libros (y canciones) que le dan forma a lo que hay dentro de ti, permitiéndote ponerlo fuera para que duela un poco menos.
Hay libros (y sonrisas) para quedarse a vivir. Hay historias que se escriben a la vez que tú. Hay versos que te pertenecen, que parece que los han escrito para ti.

Hay libros que te leen, en vez de leerlos tú a ellos. Que te atraviesan y se instalan en tu pecho, generando un baile y una explosión de serpentinas de colores.

Hay libros que son tan eternos que, aunque pasen diez siglos, te sigues viendo reflejado en ellos. Como si se hubiese congelado el tiempo. Como si el pasado fuese hoy.
Hay libros que te hacen soñar, tan fuerte que parece que se va a hacer realidad. Tanto que en vez de dormir pasas noches enteras entre sus páginas.

Hay libros con los que te vas de viaje y otros que son un viaje en sí mismos. Das la vuelta al mundo sin ni siquiera salir de tu habitación. Cuando vuelves de ellos todo es igual, pero nada es lo mismo.


Hay libros que, dicen que, son como espejos. Donde te miras y te ves. Donde encuentras aquello que está escondido en los lugares más recónditos de tu ser.  

Hay libros que son amor. De los que te enamoras y en los que te enamoras. Una y otra vez, porque sabes que nunca van a romperte el corazón.

Hay libros que parece que te los regalaron en otra vida pero, aun así, siguen formando parte de esta. Son los libros herida o libros cicatriz, te ayudan a no olvidar quien fuiste y quien no quieres ser.
Hay libros que tienen la primera página arrancada, y otros que la tienen garabateada de amor y promesas, de esas que no se suelen cumplir. Junto a una fecha que, en realidad, era de caducidad. 

Hay libros que te dan alas o sueltan las cadenas con las que están atadas las tuyas. Te recuerdan quién eres y dónde quieres llegar.

Hay libros que son el mejor regalo que le puedes hacer a alguien cuando te das cuenta de que lo escribieron para él, para salvarle del desastre, del naufragio o de sí mismo. 
Libros salvavidas. A los que puedes aferrarte para salir a flote o para no hundirte. En los que te pierdes y te encuentras. Dan sentido a tus abismos. Y menos mal.



 Sandra Bermejo Psicóloga 





















































































































































viernes, 29 de septiembre de 2017

Su piel - Antonio Bejarano



No hay nada más triste que un recuerdo feliz que revolotea sobre el presente y que, irremediablemente, te deja el alma como si le hubieran pasado una motosierra por encima.
                
Hace frío. Estoy sentado y a oscuras. El silencio de la bombilla apagada me bombardea los oídos, hasta el punto de escuchar los susurros de mi piel y su incesante cantinela. A mi lado: un libro abierto que he sido incapaz de seguir leyendo. Rozar sus páginas me ha recordado a aquellas noches en las que quedábamos en la habitación de un hotel para investigar atropelladamente nuestras pieles como auténticos detectives.

De repente, los recuerdos se agolpan en mi cabeza como si fueran una película... Nuestros cuerpos desnudos bajo una misma cama; el leve sonido de su mano rozando la manta, muy parecido al ruido de una ola que nace a lo lejos y que estalla en la orilla de mi espalda. Las bocas calladas, como si no hubiera nada más que añadir. Las piernas entrelazadas y deseosas de aunar fuerzas para saltar lo más lejos posible. Los ojos cerrados y fundidos en un negro sedoso por el que resbalan lentamente hacia un sueño infinito. Sus dedos bajando por la duna de mi espalda como si fueran beduinos en pleno desierto. Tímidos y silenciosos, escalan por mis omóplatos en búsqueda de algún oasis hasta alcanzar al borde de mi hombro. Una vez allí, miran hacia abajo y, sin miedo, se deslizan por el surco de mi espina dorsal, dejando un rastro de suavidad que me hace desaparecer.

Sus dedos logran disfrazarse con mi piel a la perfección. Patinan por mi costado y, con la misma levedad de un susurro, pisan mi carne de gallina hasta hacer volteretas al ritmo de una vieja canción que sale de un tocadiscos. En ese momento me doy cuenta de que puedo escucharlos hablar. Con un poco de esfuerzo me concentro y logro entender nuestra historia. La van escribiendo, poco a poco, por todos los rincones de mi cuerpo. Yo, mientras, aprieto fuerte la almohada, hundiendo las manos e intentando exprimir los sueños que hemos ido dejando dentro de ella durante toda la noche. Los estrujo, los saboreo y, de un solo trago, me los bebo sin casi respirar.

Sus dedos, curiosos e incendiarios, bucean dentro de mí escarbando en mis deseos, revolviéndolos como si fuera mi pelo.  Sus dedos se miran entre sí y, sorprendidos, se retan mutuamente en una carrera para ver quién es el que llega antes a la meta de mi lengua. Su piel y la mía se confunden en mil caricias. En la foto de llegada no hay perdedores, solo dos manos triunfadoras alzándose con el trofeo del amor. Mis secretos están a salvo bajo la suave manta de su epidermis.

Todo aquello parece haber sido filmado en blanco y negro hace mucho tiempo. Aún así, lo siento como si fuera hoy. A veces parece como si quisiera coger un salvavidas pero, en realidad, lo que quiero es hundirme de nuevo en su piel y ahogarme en ella.



martes, 12 de septiembre de 2017

NO al acoso escolar - Celia Racero



Esto va por vosotros. Por aquellos niños y niñas que deseaban ser invisibles a los ojos del resto del mundo. A los que tuvieron que enfermar a propósito para refugiarse en su habitación. A los que llegaron a pensar que la palabra colegio era sinónimo de infierno. A los que en los recreos preferían esconderse en el lugar más vacío y menos ruidoso del patio. 

Ahora pensarás que ya no le importas a nadie. Que lo que está sucediéndote te lo mereces por ser raro o rara. Que aquellas personas que te atormentan son mejores que tú. O incluso que quizá no vales lo suficiente, ¿verdad? 

Pero déjame decirte una cosa. No sabes cuánto te equivocas. 

Aquellas personas, si es que se les puede definir así, están lejos de igualarte. Por ello intentan destruirte cada día. Porque detrás de aquella fachada fuerte y poderosa se esconden personas inseguras de sí mismas. Y créeme, la inseguridad es uno de los sentimientos más tóxicos y perjudiciales que existen. Ellos saben con certeza que eres mejor. Que están a años luz de superarte.

Por cada risa existe un “mi vida es tan aburrida que tengo la necesidad de fijarme en el resto”. Por cada “eres un friki” hay un “me gustaría ser tan especial como tú, ya que yo soy uno más entre la multitud”. Cada “qué mal haces esto” o “qué feo o fea eres” esconde un “deseo ser la mitad de inteligente y guapo o guapa que tú”. 

No les des el gusto de verte sufrir. No les escuches. Ni siquiera malgastes tu tiempo pensando en ellos. En el fondo son almas perdidas que desean llenar su vacío dañando a aquellos que envidian. Y ser envidiado por los demás no es del todo negativo. La envidia es una mezcla entre el odio y la admiración. Ellos te admiran. No existe mayor realidad que esa. Por ello debes aprovechar y trabajar todas tus capacidades para fortalecerte y no derrumbarte nunca más. 

Deja que el tiempo haga de las suyas. Créeme que se darán cuenta del daño que causan. Y los que nunca aprendan, pobrecitos de ellos. Se destruirán a sí mismos y no sabrán salir de ese bucle infinito. 

Tú vales mucho más que todo esto. Puede que no seas igual y por ello no encajes con el resto. Pero cuando crezcas te darás cuenta de que ser diferente es uno de los mejores regalos que puede hacerte la vida. No sigas a las masas. Ni a los que hoy son populares. Aquellos niños que en un pasado se creían los más poderosos del colegio e instituto hoy en día no los veo en portadas de revista, ni en la televisión, ni en la gran pantalla. No llegan ni a ser conocidos y puede que apenas sus nombres sean recordados. 

Escoge el camino que tú creas más apropiado para ti. Da igual que hoy te critiquen. En un futuro verás lo beneficioso que es pensar por uno mismo sin dejarse influenciar

fuerte. No te rindas. Ten el valor suficiente de hacer lo que en cada momento te dé la gana. Que más dará lo que piensen ellos. Si no son ni tu familia, amigos o pareja. 

Cada lunes ponte enfrente del espejo y di: soy una persona preciosa por dentro y por fuera, soy inteligente y capaz de conseguir hasta lo imposible. Nada ni nadie podrá conmigo. 

El acoso escolar es una realidad invisible. Las víctimas sufren en silencio. Temen pedir ayuda e incluso les cuesta ser conscientes de la gravedad de la situación. Padres, madres, profesores y educadores, transmitirles que pedir ayuda es positivo y que siempre estaréis a su lado para arroparles y apoyarles. No os tapéis los ojos por miedo a ver la realidad. Estos niños se sienten desprotegidos y os necesitan más que nunca. 

Enseñarles a vuestros hijos y alumnos a ser generosos y empáticos con los demás. No es importante ser el o la mejor de la clase en un deporte. Tampoco lo es sacar matrícula de honor. Lo que verdaderamente importa y les servirá para el resto de sus vidas es ni más ni menos que tener bondad. Con ello todo lo que toquen brillará.  





Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



lunes, 24 de julio de 2017

El pájaro y la flor - Nando Pilgrim



Lentamente la flor abrió los ojos y miró alrededor. La primavera había llegado y sus pétalos lucían brillantes, nuevos, espectaculares. Se sintió orgullosa de su vestido y se comparaba con las demás flores, pero pronto se dio cuenta de que estaba sola y poco a poco se fue entristeciendo. No tenía con quien compartir la alegría de verse tan guapa.

De repente llegó un pajarito buscando semillas. Era apenas un polluelo que estaba aprendiendo a volar.

—Hola —dijo la flor.

—Hola —le contestó el pajarito—. Estás muy elegante.

—Gracias —respondió la flor enrojeciendo(un poco más).

Día a día el pajarito iba a visitar a la flor, y esta se sentía muy halagada. Pasaban largas horas hablando sobre cualquier cosa, y a veces incluso ni hablaban, simplemente se hacían compañía. Y la amistad fue creciendo, y pronto significó algo más. El pajarito también crecía al mismo ritmo que su cariño, y  no tardó en convertirse en una apuesta ave de bello plumaje. La flor se esforzaba por ofrecerle en cada visita los pétalos más brillantes y una fragancia más dulce, mientras que el pájaro en las tardes más calurosas le llevaba un poco de agua en el pico y la dejaba caer a los pies de la flor.

Y pasó la primavera, y los días de verano se esfumaban como por arte de magia.

De pronto el pájaro anunció que se tenía que marchar.

—¿A dónde vas? —le preguntó la flor.

—A otras tierras, donde el invierno es más generoso.

—Pero si te vas, me marchitaré.

—Si me quedo, moriré.

La flor intentó por todos los medios convencer al pájaro para que se quedara junto a ella a pasar el invierno, pero el ave razonaba de forma muy convincente.

—Tú te vas a marchitar más tarde o más temprano, y yo no podré ayudarte. Y cuando eso pase, el invierno ya habrá llegado y no me podré marchar con los míos, y moriré de hambre y de frío.

Finalmente, la flor comprendió los argumentos del pájaro, y admitió que tenía razón. Y el ave un día se despidió y emprendió el vuelo hacia el sur.

Ese día ambos sintieron cómo morían un poquito en su interior.

Y ninguno de los dos tuvo la culpa, porque a veces ni el amor puede cambiar la naturaleza de cada ser.


 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 21 de julio de 2017

El arte de exteriorizar el odio - Celia Racero





A lo largo de los años nos han acostumbrado a reprimir nuestras emociones

Llorar cuando se está triste no es positivo porque muestra debilidad. Reír a carcajadas en una reunión importante es de mala educación, incluso les resulta vulgar a las personas presentes. Demostrar en público el amor que sientes hacia tu familia, pareja o amigos es una ``moñada´´ y demasiado empalagoso. Sentir vergüenza ante una situación es ridículo. Tener celos roza la paranoia y posesión. Ser demasiado alegre molesta a los demás y resulta un tanto hipócrita. Todos estos tópicos que introduce la sociedad desde que somos bebés contaminan nuestras mentes y nos hace vivir en la censura infinita.

Ahora nos centraremos en el odio. Aquel sentimiento negativo que nos hace estallar como un volcán. ¿Por qué a la gran mayoría de la gente nos cae mal una persona hostil verbalmente que se pasa todo el día discutiendo con los demás? Muy fácil, por la misma razón que comenté anteriormente, la sociedad nos ha inculcado que reprimir los sentimientos es bueno para la humanidad. Obviamente no es plato de buen gusto que alguien nos critique, grite o agreda verbal y físicamente, de hecho son comportamientos inaceptables. Pero yo no quiero dirigir el tema por esa vía.

Por ejemplo, una amiga o amigo nos insulta o hace una crítica destructiva, en el momento nos duele. Lo ideal sería posicionarse y defendernos, pero el problema está cuando optamos por callarnos para no discutir. Esa persona se irá de rositas, sin ningún daño. En cambio la que ha recibido esa falta de respeto seguirá dándole vueltas y más vueltas durante días, semanas, meses o incluso años. Sentirá un profundo resentimiento  e inevitablemente se convertirá en su esclavo emocional de por vida ya que le ha permitido traspasar ese terreno. 

Lo que quiero decir con esto, es que cuando algo nos molesta, enfada o duele es muy importante exteriorizarlo en el momento, ya que el odio nos autodestruye psicológicamente. Si sacamos el volcán que llevamos dentro este sentimiento se disipa y podremos alcanzar el equilibrio.

Pero el odio en algunas ocasiones nos sirve como una potente herramienta. Por ejemplo, cuando alguien a quien tenemos cariño nos traiciona, nos servirá para alejarnos de esa persona dañina, enfocándonos en sus defectos y el sufrimiento que nos ha causado. Más adelante este odio pasará a convertirse en indiferencia. Si alcanzas dicha fase significa que ya has superado esa etapa de tu vida.

Desde siempre el odio ha sido un sentimiento adaptativo. Incluso era útil en la prehistoria ya que la utilizaban para alejarse del enemigo cuando sus vidas y las de sus familias corrían peligro.

También quiero hablar sobre el autocontrol. Es más importante para evitar la agresividad que la propia ausencia de odio. Los maltratadores y homicidas, por ejemplo,carecen de autocontrol y tienen baja tolerancia a la frustración. Los traspiés, aplazamientos y exigencias están presentes continuamente en el mundo moderno. Estas personas son más propensas a estallar en cólera ante estas situaciones. 

La tirria es un fenómeno que se experimenta en la gran mayoría de personas, pero estas son capaces de dominarlo y no actuar en consecuencia. Según las investigaciones del psicólogo David Buss, profesor de la Universidad de Texas en Austin, un 80 % de las mujeres y un 90 % de los hombres han fantaseado alguna vez con el asesinato. Si no existiera el autocontrol el mundo sería una auténtica jungla.

La conclusión que sacamos de todo esto es que el sentimiento de enfado hay que expulsarlo de manera sana por nuestro propio bien y sobre todo trabajar el autocontrol para vivir con plena armonía en todos los aspectos de nuestras vidas.





Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



martes, 28 de marzo de 2017

No somos diferentes - Ángeles Calderón



Dicen que somos diferentes, ¿qué sabrán ellos? Solo entienden de color, no ven el amor. ¡Claro que no! Porque el amor no se puede ver. Me miran diferente, ya no me ven como antes. Sigo siendo la misma, pero enamorada. Enamorada de otra cultura, de otra lengua, de otras costumbres. Tienen razón cuando dicen que no somos del mismo color pero, ¿quién dijo que debíamos serlo? En cambio se equivocan si creen que un color es mejor que otro. Yo soy rubia, él es moreno. Yo hablo español; él, árabe. Y de todo eso, nada es importante. En realidad somos iguales, nacidos de la misma Tierra. Los dos nos queremos, nos respetamos, nos entendemos y nos valoramos. Ya no nos escondemos, pues si no nos entienden es porque están ciegos. Ciegos de racismo, que no les deja ver. Que lo importante es tener a alguien que nos llegue a querer. No son malas personas, solo necesitan tiempo. Tiempo que se lleve su ceguera y que al fin, ver el amor puedan.

Después de todo, no somos tan diferentes. Los dos sufrimos y lloramos, los dos reímos y bailamos, pues en verdad, los dos somos humanos.



 Ángeles Calderón Escritora