LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

miércoles, 4 de abril de 2018

Claudio Hernández - El curioso caso del señor Carl Farmer





La mente humana esconde secretos que todavía hoy no han sido desvelados. Se conoce el efecto placebo o los llamados poderes mentales como la Telepatía, Telequinesia, Precognición o visión Remota entre otras cosas. Hay veces, en que el propio cerebro activa un filtro y ocurre una combustión espontánea. También está los hipocondriacos, capaces de crear una enfermedad que no existe. Y a todo esto ni los científicos ni los Psicólogos y sumo a los Psiquiatras Forenses, no saben dar una explicación exacta.

He aquí, que se ha llegado más lejos y de qué forma, tan inquietante como si la tierra dejara de dar vueltas.

Normalmente, cuando escribo las historias debo hacer un pequeño croquis de la misma antes de empezar para que todo cuadre bien y salga algo bonito. En este caso solo me limito a repetir una vieja historia clásica en Boad Hill que va de generación en generación y de boca en boca. Se trata del caso del señor Carl Farmer. Tan rápido como he dicho su título así será de corta su historia.

Intensamente enamorados, Carl y Emma se juraron que el amor sería hasta después de la muerte, y así fue. Una tarde de verano cualquiera, con su respectivo calor, Carl Farmer, que padecía del corazón, falleció en el acto. Cayó al suelo de forma fulminante y, en un catacrack casi estruendoso, su cuerpo rechoncho quedó estirado en el suelo. Emma, que estaba postrada en la cama, inválida, no podía más que mover un poco la cabeza y echarse a llorar. No podía hablar así, cuando menos pedir auxilio. Su marido era la única ayuda para ella en los últimos diez años. El cuerpo sin vida de su esposo distaba unos dos metros de la cama y la puerta del hogar de los Farmer estaba a siete metros.

De modo que la pobre Emma estaba condenada a morirse en silencio de inanición ese fatídico verano si nadie se percataba de la ausencia del señor Farmer en cualquiera de los lugares del pueblo donde solía hacer la compra de la semana. Pero los Farmer solían pasar largas temporadas en casa sin salir de ella. De modo que nadie les echó en falta durante los días que duró la tragicomedia.

Un día después, la vista de Emma alcanzó a ver que el cuerpo inerte de su esposo estaba a un metro de la cama. Mucho más cerca de cuando cayó fulminado al suelo. Eso le sobrecogió y alivió al mismo tiempo. Dos días después, el hediondo cuerpo de Farmer ya estaba casi al lado de la cama, en dirección a la puerta de salida. Emma solo podía llorar y llorar, pero creía haber muerto ella también porque estaba como en un sueño. Su ángel de la guarda, en este caso el señor Farmer estaba con ella. Pero no era un despertar y ya está, todo sucedía en realidad. Al tercer día, el fétido cuerpo ya estaba encaramado hacia la puerta, le faltaban cinco metros. De modo que necesitó que pasaran cinco días más hasta que el putrefacto cadáver llegara hasta la puerta y otro día más hasta que sus huesudos dedos ahora tras la hinchazón pudieran abrir la manivela de la misma para salir afuera. Al día siguiente de esto, medio brazo en la entrepuerta dio el grito de alarma.

Y así fue como una semana después de la muerte del señor Carl Farmer se descubriera a la señora Emma deshidratada en su lecho de cama. Lo sé, suena absurdo, pero así lo cuentan los viejos del pueblo y hasta ha llegado a la ciudad. Yo aquí lo añado porque a veces el amor es tan intenso que va más allá de la vida misma.
Y sí, me creo la historia.

Al fin y al cabo, todo cabe en una mente abierta.







Claudio Hernández - Escritor, Periodista, Dibujante, Ingeniero de Telecomunicaciones y experto en Ciberseguridad.

martes, 27 de febrero de 2018

Andrés Ruíz Segarra - La línea roja

  




La Real academia de la lengua (RAE) define la intimidad como:
«Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia». No todo el mundo está de acuerdo con esta definición, en cuanto a lo espiritual, pero está claro que los márgenes personales de la privacidad —esa línea que separa lo que otras personas tienen, o no, derecho a conocer y observar de nosotros— cada día es más difusa.

La cotidianidad de las tecnologías informáticas y la flaqueza de los individuos al utilizarlas de forma inconsciente, son los cimientos de esta férrea estructura de pluralizar lo íntimo o reservado mucho más allá de lo que pensamos. Sin embargo, la seguridad en sí misma plantea nuevas preguntas. ¿Es lícito que nuestra imagen sea registrada sin nuestro permiso o —aún peor— sin nuestro conocimiento? ¿Debería prohibirse que nuestros datos sean una mercancía de intercambio? ¿Existe un derecho a no ser localizado?
La letra pequeña es el peor enemigo de una sociedad tecnológica miope, y ello es bien sabido por quienes introducen suculentas y atractivas gratuidades en aparatos que nos espían a diario, que nos encuentran y registran nuestros gustos y amistades.

¿Qué debe hacer un individuo para preservar su intimidad entonces? ¿Desconectarse del mundo? He ahí el gran error de esta pregunta con trampa; el mundo es otra cosa.

La sociedad palpable no es la virtualidad de nuestros mensajes con emoticonos, ni de nuestras fotografías, por poner solo dos ejemplos sencillos. El lastre virtual que arroja este nuevo síntoma de las sociedades desarrolladas es un exhibicionismo adictivo que transforma a las generaciones y las arrastra al precipicio de las banalidades presuntamente necesarias. La falta de una educación y de una moralidad tecnológica pervierte el uso de la intimidad y la traslada a un plano vulnerable.

Sin embargo, la violación de este desusado concepto de lo íntimo se justifica con la inercia del crecimiento de Internet y de métodos de seguridad tanto en imágenes como de rastreo, de los avances tecnológicos a velocidades de vértigo y de los hábitos una sociedad moderna.

¿Somos acaso chimpancés con teléfonos móviles?
No parece importarle lo suficiente a nadie que los nuevos delitos de nuestro siglo relacionados con redes sociales, o con la difusión de imágenes robadas, pululen en nuestra sociedad como ratones de ciudad. La intimidad es un derecho que debería enseñarse desde la niñez. Perseguir el delito que ha surgido aprovechando la dejadez y el desconocimiento, así como de los propios intereses de la oligarquía, no nos devolverá la intimidad robada.

El márquetin, los mecanismos publicitarios y su séquito de vendedores precisan mecenas que realicen una captación personalizada. Provocarnos una necesidad de compra o adhesión es mucho más fácil si conocen bien nuestros gustos, nuestra intimidad, nuestros datos. El problema no está en la tecnología sino en nosotros mismos. La educación es la mejor arma de defensa contra la flor adormidera que nos convierte en meros consumidores. Perdemos el tiempo en el prejuicio innecesario que inunda las alcantarillas y se contagia como un virus: la autodefensa ante lo que imaginamos como agresiones culturales que levantan muros de xenofobia, y, sin embargo, toleramos la violación de nuestros derechos de intimidad convencidos de que en realidad no nos pertenecen. A veces los peores males son del todo invisibles.

Pero no caigamos en catastrofismos, a fin de cuentas la sociedad es adulta y crítica, además de independiente. ¿O tal vez no?
Quizá la engreída sociedad del primer mundo esté aún en la adolescencia de su evolución y deba acumular errores hasta que, un día, en su mayoría de edad, decida por fin aprender de ellos. El basto océano de la información denomina nuestra era, y a la vez nos esclaviza en ella. ¿Quién define dónde empieza y dónde termina nuestra intimidad si a fin de cuentas esa herramienta de espionaje le es útil a todo aquel que precisa de nuestra atención para sus propios intereses? Me temo que nadie más que nosotros mismos puede preservarnos de ese mal establecido; quizá con el esfuerzo de la autocrítica y la concienciación. Pero he pronunciado la palabra esfuerzo, y esta es una sociedad que camina de puntillas sobre el placer inmediato, la peor de las traiciones a nuestro uso de la inteligencia. Y, por contra, el mejor mecanismo para reclutar clientes sumisos e indefensos ante unos desvalorados derechos que poco a poco se van diluyendo.

La intimidad tiene una sombra cercana: el anonimato. Si entendemos este último no como un arma cargada de alevosía, sino como una mera forma de libertad, está claro que no existe. Quizá cuando un planeta globalizado termine por absorber hasta el último dato de todos y cada uno de sus habitantes, el paso siguiente sea prohibir la personalidad propia, libre, independiente. Porque incluso el pensamiento carece de libertad si se educa en una sociedad tomada por la manipulación a gran escala.

Necesitamos momentos de reflexión, de desconectar la virtualidad y observar lo que nos rodea. Tiempo de lectura en papel, de conversar cara a cara, de desaparecer y de elegir sin presiones. Necesitamos no necesitar un continuo control de nuestros actos, de nuestra vida. Un apagón de todo aquello que nos escruta y nos crea adicción.
La intimidad es respeto, libertad, sensatez, cordura. Es un pilar tan necesario como la sociabilidad misma. Nuestra especie precisa urgentemente de ese equilibrio para mantenerse sana.

La línea roja entre la intimidad y su vulneración hace ya mucho tiempo que fue traspasada. Nos hemos acostumbrado a ello y no parece que por el momento algo vaya a cambiar al respecto. Qué nos deparará el futuro…

                     
               
                                                                                  





  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


jueves, 22 de febrero de 2018

Celia Racero - Sueños por cumplir




¿Cuántas veces habéis ideado el plan perfecto para conseguir aquello que tanto deseáis y lo posponéis para mañana?

Dedicamos gran parte de nuestras vidas a soñar. Y eso está bien. Está bien pensar en cuál es nuestra vocación. Planear o imaginar. Todo ello es positivo. Pero existen dos tipos de personas. Aquellas que planean, esquematizan todos los pasos a seguir en una agenda y visualizan la escena. Y por otra parte, están las que no planean tanto y comienzan a hacer todo lo posible para que aquellos sueños se puedan palpar.

Vuelvo a repetir que planear o imaginar no es negativo. En ocasiones es necesario. Pero cuando ves pasar los años y aún no has empezado ni por el principio, te darás cuenta de que has cometido el mismo error que la mayoría. Pasarte toda la vida planeando.

Es muy sencillo mantenerse en la zona de confort y hacer lo que la sociedad nos ha impuesto. Cuántas veces habré escuchado en estos años las siguientes frases: “a la amiga de mi amigo le supuso un esfuerzo terrible y lo tuvo que dejar” “es que me han dicho que no tiene suficientes salidas” “puf, ¿estás segura? Mira que es difícil eh”.

Estas son las típicas palabras que hacen retroceder a cualquiera. La gente negativa solo te transmitirá miedo. Un miedo terrible a fracasar. Así que el primer paso para llegar a la cima es apartar a estas personas de tu vida. Una vez superada esta fase tienes que cambiar tus pensamientos. Cambiar la palabra imposible por un “es posible”. Cambiar el miedo a cometer errores por las ganas de adquirir mayor aprendizaje. Los “no sé si podré” por “claro que puedo”. Cambiar de modelo a seguir. Ninguna persona es lo suficiente importante como para darte lecciones de que lo que quieres o haces está mal. Así que en vez de seguir el camino de ellos fíjate en aquellas personas que hicieron historia por el enorme esfuerzo y tiempo que dedicaron a cumplir sus metas.

Ahora toca pensar en el camino adecuado que queremos escoger para conseguirlo. Elijas el camino que elijas siempre será el correcto. En ocasiones, te equivocarás o te dirán que no lo haces bien. Pero existe un millón de alternativas y siempre habrá una perfecta para ti.

No temas por tener las expectativas muy altas. Sueña a lo grande y los resultados serán inmensos. Pero cuidado. Aquí debes ir poco a poco.

Durante el proceso proponte cumplir las pequeñas metas una por una y así sucesivamente. Cuando estés cerca de conseguirlo no te lo creerás. Ese sueño ahora es una realidad. Esa realidad por la que solo tú apostaste. La realidad que tanto trabajaste. 

Cuando llegues aquí te sucederá algo muy curioso y ambivalente a la vez. Puede que te confunda. Pero es algo totalmente natural y humano. Te darás cuenta de que no es la parte más alta de la cima. Hay una infinidad de caminos y nuevas alturas. Y tú querrás pasear por todos ellos. Querrás cada vez más y más. 

Quizá a simple vista resulta un tanto ambicioso. Pero de esto trata la vida. De superarse a uno mismo. Así que hoy ya no habrá peros. Vas a darle la vuelta a tu situación. Te levantarás de esa cama calentita que te atrapa y saldrás a la calle en busca de todo lo que deseas. No importa que tengas quince, treinta, cincuenta, setenta o noventa años. Esto no finaliza aquí y ahora. Solo acaba de empezar. Aún queda mucho. Aún quedan muchos sueños por cumplir.






Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



miércoles, 14 de febrero de 2018

Joaquín Calvo - El hechizo de Azahara






Era el último día de clase y había llegado al límite de su paciencia, Azahara no iba a permitir una vez más otra humillación. No era la más popular del instituto pero, desde luego, eso no le daba derecho a Carlota, una niña mimada de segundo curso, a arremeter contra ella de manera tan despiadada. Azahara levantó el lápiz con su mano derecha y lo lanzó contra la cara de su acosadora en un intento de combatir los insultos y las burlas, después todo pasó muy deprisa como para entrar en detalles de manera tan resumida. Volvamos al principio.

Trece días antes de esa mañana fatídica en el instituto, Azahara no tenía otra preocupación que la llegada de la navidad y el final de las clases. Era una buena estudiante aunque fuera por obligación; lo que en realidad deseaba era cerrar los libros de texto y sumergirse en la lectura de su novela preferida: Magia en la ciudad. En ella era capaz de convertirse en una poderosa hechicera y combatir el mal. En ocasiones se introducía tan intensamente en la historia que no percibía cómo iba desapareciendo la luz del sol poco a poco a través de la ventana hasta que la oscuridad le obligaba a encender la luz de su mesita de noche.

-¡Azahara, a cenar! – gritaba su madre desde la cocina.

Cerró el libro casi más provocada por un sobresalto que por obediencia, y bajó rápidamente las escaleras hacia la cocina. Su madre, Julia, era una mujer que trabajaba a destajo cada día en una correduría de seguros en el centro de la ciudad. Quería a su hija y sus obligaciones con ella estaban a la orden del día, aun así no era suficiente para Azahara. Necesitaba llamar su atención y lo hacía contándole las aventuras de la hechicera de su libro; a Julia, sin embargo, no le gustaba alimentar esas fantasías en su hija porque quería ver en ella una pronta madurez y además no creía en la magia. Cuando Azahara terminó de engullir el último bocado de patata hervida, recogió su plato, dio un beso en la mejilla a su madre y subió tan rápido como pudo a la habitación habiéndole explicado que tenía que madrugar para las clases del día siguiente. Julia se quedó tomando un caldo caliente de pollo en una taza e imaginaba todo lo que tenía por hacer en la oficina. Arriba, ya tumbada en la cama, Azahara seguía leyendo aquel libro desde donde lo dejó, bajo la luz de una vieja linterna que proyectaba una tenue luz amarilla. Al día siguiente Azahara despertó con el libro abierto sobre la cama, lo cerró y sonriente preparó su mochila para comenzar el nuevo día. Durante el desayuno todo iba a tomar un giro inesperado, algo que a ella no le haría muy feliz.

A la salida del colegio, Carlota, la niña que acosaba sin piedad a Azahara, apareció caminando detrás de ella con insultos de todo tipo y riendo a carcajadas mientras le recordaba lo triste y solitaria que parecía. Las amigas de Carlota, alimentando por interés el ego de su líder, se unieron a la burla. En la mente de Azahara todo se nubló y dejó de escucharlas, a ellas y todo lo que la rodeaba, hasta que dio un grito de rabia y se giró. Carlota no se lo pensó dos veces y le golpeó con la carpeta en la frente, luego huyó corriendo de allí junto a sus amigas; aunque una de ellas no se movió del sitio sino que miró con tristeza a Azahara y la ayudó a levantarse. De vuelta a casa, recorriendo el camino del bosque, las dos hablaron de lo mucho que les gustaba leer historias fantásticas y, de ese modo, comenzó a surgir una amistad sincera. Mireia, la nueva amiga de Azahara, vio iluminarse algo de entre las ramas de un árbol gigante que había en medio del camino. Ambas se detuvieron al ver la luz parpadear discretamente. Cuando Azahara se armó de valor dio un paso adelante en busca de ese misterio y al apartar la rama seca que ocultaba parcialmente la luz parpadeante vio una piedra azul cielo sobre la tierra, del tamaño de una nuez, iluminando con fuerza el entorno.

Mireia cayó al suelo y perdió la consciencia, como si algo la hubiera desconectado de golpe. Azahara volvió a dirigir su atención a la piedra y al cogerla todo volvió a la realidad. Seguía escuchando el griterío y las burlas de sus acosadoras, había vuelto en sí después de haber estado un rato inmóvil y exhausta. No podía creer que nada de lo anterior fuera irreal, estaba convencida de que había cruzado el umbral a otra dimensión y, entonces, notó la piedra azul metida en el fondo de su bolsillo. La tocó con la mano y la apretujó con todas sus fuerzas pidiendo un deseo mientras cerraba los ojos, frunciendo el ceño muy fuerte. Las burlas, los insultos, cesaron de un plumazo y cuando Azahara soltó la piedra mágica habían desaparecido. Se habían esfumado. Acercó la piedra con la mano para observar algo que se movía en su interior, y vio que estaban todas aquellas niñas maliciosas atrapadas, gritando auxilio en un sonido hueco que solo Azahara escuchaba. Lo que había sucedido era magia, como la que leía en su libro.




Joaquín Calvo  -  Escritor y Creativo

martes, 13 de febrero de 2018

Alejandra G. de la Maza - La niña



La niña le miró con los ojos más abiertos que había visto nunca, esos ojos de color avellana que cuando les daba la luz parecía que se transformaban en miel líquida. Él la sostenía en sus brazos,aún con manos torpes y temblorosas debido a su inexperiencia. Eso era algo que estaba fuera de sus planes, que le descolocaba, le aturdía y le fastidiaba. Pero le ilusionaba.  

Desde luego no podía haberla dejado ahí tirada, observando como miles de zapatos de distintos precios, formas y colores pasaban por su lado sin ni siquiera dirigirle una mirada, una sonrisauna palabra. Nada.  

Así era la gran ciudad, tan grande y tan vacía al mismo tiempo. Esa ciudad que respiraba miles de aromas, que bailaba al ritmo de millones de latidos, que oía mil voces y que era testigo de miles de besos. La misma ciudad que cada mañana despertaba a millones de personas, y que despedía a otras tantas. Aquellos ojos que a cada minuto veían nacer nuevos amores y el declive de los viejos, que sabía miles de historias, millones de pequeñas leyendas, algunas más ciertas que otras. Que veía el amor y el odio. Que oía gritos de esos que desgarran el alma, pero también de esos que provocan una media sonrisa. Que veía aquellos que exhalaban su último aliento y a otros que se quedaban sin él. La misma ciudad que presenciaba la salida de los pequeños del
colegio hacia el paraíso de la libertad veía a otros para los que la libertad suponía un paraíso

Aquella marabunta de palabras, de sonidos, de risas y de llantos, de gritos, de reproches, de sonrisas, de pasos, de canciones cantadas a voz en grito para que nadie las oiga, de músicos callejeros que se afanan en dar color a la vida a cambio de unas pocas monedas, de amenazas susurradas entre dientes, de borrachos por desamor y de otros tantos embriagados por amor. Aquella melodía de pisadas, de bailes inesperados, de medias sonrisas o de sonrisas enteras, de carreras para coger el tren, o para llegar al trabajo, o salir corriendo del infierno en el que se ha vuelto la casa. Aquellas carreras para llegar a ese examen que supondrá la vida o la muerte. Aquellos pequeños actos de rebeldía, sea del tipo que sea. Esos cines medio vacíos que en otro tiempo fueron centro de reunión y que ahora han quedado centro de nostalgia. En toda esa sinfonía de palabras no había un hueco para aquella pequeña, que no hacía sino mirar el mundo con los ojos más abiertos que él había visto nunca. 

—Ven, vayamos a casa —le dijo a la joven —. Mi mujer y yo te acogeremos. ¿Querrías tener una nueva familia

Ella, aún asustada y sucia por tantas noches pasadas a la intemperie, llena de soledad y de miedo,le miró como si no comprendiese en absoluto. Una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla, arrastrando la suciedad de su rostro y dejando al descubierto la piel reseca y bronceada. El tiempo se paró, el sonido de la ciudad se eliminó y, por un momento, ambos quedaron solos en un mundo lleno de gente. La pequeña, con su tristeza, su rabia y sus deseos de una nueva vida. Y él, colmado de ternura por esa niña que nada tenía y por la que súbitamente había sentido una necesidad de protegerla y de cuidarla. Un instante, un segundo que lo cambió todo.  

Ella tan solo le dio la mano










Alejandra G. de la Maza - Escritora, periodista y lectora

jueves, 8 de febrero de 2018

Sandra Bermejo - Semáforos en ambar









Es algo parecido a cuando escuchas una de tus canciones favoritas en la radio. Esa sensación que te invade, que no es la misma que cuando decides poner, voluntariamente, ese mismo tema en tu reproductor. 

Seguro que sabes de lo que te estoy hablando: pues fue algo así. Y ahora cuando paso por allí, sea el día de la semana que sea, miro y sonrío.

Sería algo parecido a que sintonizase esa misma emisora cada vez que enciendo la radio, porque ya sé que ahí puede sonar, aunque no sea lo habitual.

Qué tontería, como si no hubiese sido casualidad, y como si fuesen a poner la canción fuera del programa especial de los lunes por la tarde.

Es algo parecido a creer que cuando soplas una vela y pides un deseo, al abrir los ojos, vas a tener delante sus ojos preguntándote si realmente eres tú, y riéndose por dentro al pensar que, incluso de lejos y a contraluz, tu nariz es inconfundible.

Sería algo parecido a que al soplar, también se volasen tus miedos y dejases de esconderte entre bambalinas cuando hace días que te están llamando para dar comienzo al segundo acto.

Qué tontería, como si de esta manera no te fuese a encontrar, y como si por no querer mirar las cosas, fuesen a desaparecer.

Es algo parecido a cuando estás decidido a cerrar una puerta, pero alguien llega de imprevisto y pone el pie. Entonces te quedas atrapado en el umbral del “y si…”, y lo incierto.

Sería algo parecido a que tú te quedases sin ases, yo sin mangas, y tuviésemos que descubrir nuestras cartas. Entonces se acabaría la partida, y dejaríamos de hacer trampas.

Qué tontería, como si la magia no estuviese en los trucos, y como si esto hubiese tenido otra posibilidad de sobrevivir a lo ajeno.

Es algo parecido a pensar que quieres que algo ocurra, y esto pase, aunque no sea tal cual lo habías imaginado. Como si las leyes de la física cuántica estuviesen a tu favor, y empezases a entrar en otra dimensión.

Sería algo parecido a que nos pusiéramos delante de un espejo, dijésemos la verdad en voz alta y dejásemos de disimular.

Qué tontería, como si a todo se le pudiese poner palabras, y como si mereciese la pena morir sin vivir en el intento.




 Sandra Bermejo Psicóloga 










































































































































miércoles, 17 de enero de 2018

Joaquín Calvo - En un mar de estrellas





Una noche, de las de luna baja y estrellas eclipsadas por la negrura de los montes, Grinia lanzó el que sería su último hechizo. Usó la túnica para cubrir el suelo gélido y húmedo que yacía cual cuerpo frente al río y, desnudando sus senos y el torso por completo, sumergió el pie en el agua observando atenta como si esperara que fuera a suceder algo fantástico. Al instante apareció alrededor de ella un banco de peces rosados e iluminaron la pálida piel de sus piernas. Entró a más profundidad y el río la hizo cautiva de sus deseos, convirtiéndola en la ninfa del bosque que estaba destinada a ser.
Román despertó súbitamente de la cama de hojas en la que dormía tan plácidamente. Recordó que su hermana le había hablado en sueños y le había dicho que se reuniera con ella en el arroyadero que hay junto al río. Subió a su caballo y con el relinche de éste galopó a toda prisa entre los árboles que iba encontrándose por el camino. Al llegar vio a Grinia ya convertida en fresno, colocó la mano sobre el tronco y cerró los ojos.
– Vuelve a mí, hermana mía. – Dijo al tiempo que una lágrima caía por su tez.
Aquel pedido no fue en vano, pues Grinia volvió a adoptar su forma humana. Desnuda y con el pelo caído sobre los hombros, salió del interior del árbol y apenas pudo dar un abrazo a su hermano que expiró su último aliento de vida sobre él. Román suplicó al río que la reviviera, pidió perdón por haber pedido su vuelta sin considerar que ella ya no pertenecía a este mundo. Fue tal el dolor que sintió por haber sido egoísta e impulsivo que, pensando en su propio castigo, acabó con su vida a los ojos de las estrellas que lo miraban a través del agua clara. El puñal ensangrentado rodó hasta impactar contra las rocas que emergían del caudal del río y se partió en dos pedazos; el joven imprudente murió al cabo de un rato, cuando casi toda su sangre salió del estómago tintando la hierba de rojo. Sobre ambos cuerpos el río formó una inmensa roca que los uniría para siempre en el frívolo amor de la dependencia, cual piedra gris depende de la tierra para ser hermosa y admirada.



Joaquín Calvo  -  Escritor y Creativo