LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

viernes, 12 de abril de 2019

El arbolito - Terely Vigoa Mojarena





Existió una vez un pino que no crecía. Era muy lindo y fuerte, pero estaba triste porque todos los demás pinos de su alrededor eran muy altos y él era pequeño. 

–¡Ay! –se lamentaba –Nadie se fija en mí. Soy tan desdichado. Soy tan pequeño. No soy elegante y alto como los demás pinos. ¡Pobre de mí!

Cuando llegaba la primavera con sus colores, el Bosque encantado se vestía de nuevas flores que habían sembrado los duendes. Aromas mágicos flotaban entre el follaje de los árboles, pero Pinosín, el pequeño pino, en vez de disfrutar se ponía triste. Veía a los demás árboles del pinar cómo sacudían sus ramas con mucho donaire y quería parecerse a ellos.

Ocurrió que un día, cuando Don Invierno se aproximaba, llegó a ese pinar del Bosque Encantado un pájaro herido en un ala, era un tomeguín. No podía volar, aunque había logrado llegar hasta ahí, sus fuerzas ya no daban para continuar antes de que el duro frío lo alcanzara. El pajarito pidió ayuda a muchos de los pinos del lugar pero lo que recibió fue desprecio y burlas:

–Pero qué te has creído –dijo Araucaria, un pino muy alto –¿Acaso crees que voy a permitir que te poses en mí, con esa ala rota y sucia? ¡De eso nada!

–Lo siento –dijo otro de los grandes pinos llamado Pinaster –No me gusta tratar con extraños. Si quieres te quedas ahí en la tierra, así de paso puedes admirar mi follaje. 

–Además –dijo un abeto enorme y todo estirado llamado Douglas que era el más grande de todo el pinar –Nosotros no podemos recogerte, eso va en contra de nuestra categoría. ¿Cómo vamos a inclinarnos ante algo tan insignificante como tú?

Así, uno tras otro, los pinos rechazaron ayudar a este pequeño pájaro herido. Tomeguito, ese era su nombre, no comprendía lo que le estaba pasando.

Su madre le había enseñado que se debe ayudar a todo el que lo necesite, que se debe ser amable y respetuoso con todos. El pájaro estaba muy afligido. Comenzaba a llover aguanieve, y un viento frío ya silbaba estremeciendo el pinar.

Entonces, Pinosín, nuestro pequeño pino se inclinó con sus ramas más bajas, recogió al pajarillo herido que temblaba y lloraba. Tomeguito sintió que se elevaba y un calor muy agradable lo envolvió. Pinosín ya había hecho un nido, así protegió a Tomeguito del viento que arreció en ese mismo instante.

–Muchas gracias –dijo el tomeguín –Soy Tomeguito ¿Tú quién eres? Lo siento, no te había visto. ¿Cómo te llamas?

–Es que soy muy pequeño, nadie me ve. Los demás pinos me tapan, lo siento. Me llamo Pinosín. 

–No te disculpes, yo soy quien lo siente. Debí haber observado a mi alrededor, pero sólo miré a lo alto. Muchas gracias Pinosín, me has salvado.

–Estoy muy feliz de haberlo hecho –dijo el arbolito –Y cerró un poco más sus ramas para que ni un poco de viento o lluvia molestaran a su nuevo amigo.

Tomeguito estuvo todo el invierno protegido por las ramas de Pinosín, que además se encargaba de contarle historias del bosque, lo alimentaba con gusanos, semillas que caían en sus ramas y también lo acunaba . El frío se marchó a otros lugares. La primavera volvía feliz a visitar el Bosque Encantado. Tomeguito ya tenía su ala curada y debía seguir vuelo para alcanzar a su familia .

–Amigo Pinosín ya debo irme. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. 

–¡¿Pero cómo!? –se escuchó la voz del abeto Douglas –¿Todavía está ese adefesio por aquí? Creí que el viento lo había llevado lejos.

–Pues no –dijo Tomeguito –Gracias a Pinosín me he salvado. Él es el pino más grande y hermoso que he conocido en mi vida.

Todos los pinos rieron por las palabras de Tomeguito, pero él y nuestro pinito no hicieron caso. Se despidieron con mucho cariño y se dijeron frases muy lindas que les brotaban del corazón

Pinosín quedó triste cuando su amigo se alejó, pero a la semana siguiente lo despertó un fuerte aletear mezclado con trinos de muchos pájaros.

Sus ramas antes verdes, ahora semejaban alas con brillantes reflejos del Arcoiris. Había seres de otros bosques, pájaros y mariposas de muchos colores que estaban posados en las ramas de Pinosín saludando alegremente. Resulta que Tomeguito iba contando a todos cómo su amigo lo había salvado de morir helado, y venían pájaros de todas partes a conocerlo. Colibríes, tomeguines, gorriones, tocororos, palomas, periquitos…miles de seres que escucharon del buen corazón de Pinosín.

Los enormes pinos estaban boquiabiertos porque a ellos nadie los veía. 

Nuestro pequeño árbol de gran corazón no estuvo solo nunca más. Ya no deseó ser alto como esos pinos que lo rodeaban. Fue feliz y disfrutó de todo lo que siempre tuvo y no veía. 

Aprendió a valorarse bien. Se amó como debes amarte tú cada día y acercarte a la bondad con alegría.



         
Terely Vigoa Mojarena - Escritora de cuentos infantiles y Licenciada en Comunicación Audiovisual.

martes, 9 de abril de 2019

De rigores y piras - Aurora Losa





Odiaba las ferias medievales casi tanto como a los ingenuos que se lanzaban a ellas creyendo que la amalgama que les rodeaba tenía un mínimo de rigor histórico. En cuanto enfilaba la primera calle llena de banderolas de poliéster se preguntaba por qué se había dejado engañar otra vez y se consolaba pensando en que tal vez era el morbo de  encontrar todas las incongruencias, como en un pasatiempo de periódico dominical; allí una armadura de aluminio, caballeros que manejaban espadas con una sola mano y doncellas con escotes que, cuando menos, habrían sonrojado a cualquier devoto vecino de la época.

Siguió a la muchedumbre por las intrincadas callejuelas plagadas de puestos donde se vendían piezas de cuero artesanal junto a juguetes made in China. Desembocó, casi arrastrado, en una plazuela donde el sonido de la gaita, la dulzaina y unas vieiras entrechocando le transportó al medievo de verdad.

Cerró los ojos y dejó que el olor de la carne sobre las brasas y el vino ácido derramado le
impregnara las fosas nasales y la imaginación. Cuando los abrió, allí estaba ella, meciéndose al ritmo de la canción, agitando la pandereta y con el único vestido tejido a mano en kilómetros a la redonda. Tenía unos ojos dignos del mismísimo demonio que le miraban fijamente y le hablaban.

«Tú.» Le decían. «Sí, tú, el que cree que todo esto es una pantomima.» Se fue acercando y, para cuando terminó la música, estaban uno junto al otro. Ella le tomó de la mano y buscó refugio en una tienda cercana.

«Quédate conmigo.» Le pedía con la mirada.

Atraído por sus ojos y la suavidad de sus palabras, accedió a participar en la mentira. Se vistió con calzones pardos y blusa blanca. Bailaron toda la tarde. Ella cada vez más cerca, cada vez más pícara, cada vez más convincente.

Asomó la luna por los tejados entre seguidillas, corridos, jotas y cantos. Irrumpió en la plaza la cabecera de una procesión y, antes de que pudiera fijarse en lo que pasaba, se vio formando parte de la comitiva con un jubón negro. Ella le subió la caperuza con una sonrisa cargada de promesas.
«Camina.» Decían sus ojos verdes.

Y él obedecía hechizado.

Recorrieron cuatro calles hasta llegar a una plaza inmensa; ella siempre a su lado, sonriendo, prometiendo las estrellas.

«Esto se lo han currado.» Pensaba.«Una procesión de condenados en toda regla.»

Un hombre vestido de sacerdote arengó contra los no creyentes, contra los impuros de corazón que todo lo cuestionan.

La pira levantaba tres metros de llamas en el centro de la plaza y todo el mundo la contemplaba fascinado, él el primero. Tal era el encantamiento de la danza del fuego que no se dio cuenta de su verdadero lugar hasta que una risa estridente y maligna inundó la plaza.

Era ella, ella bailando alrededor de la hoguera en la que él ardía mientras gritaba: « ¿Te parece real ahora? ¿Te parece exacto y congruente? Arde maldito aguafiestas. Arde



Aurora Losa | Escritora 

jueves, 21 de marzo de 2019

El arte y un mundo mejor - María Requena


El arte nos conmueve, estimula nuestras emociones e incluso puede llegar a producir cambios en la mente y en el espíritu de las personas que lo disfrutamos. El cineasta norteamericano Ossie Davis decía que «cualquier forma de arte es una forma de poder; causa impacto, puede influir en los cambios: no sólo puede cambiarnos, sino que nos hace cambiar».

A lo largo de los siglos los artistas de todas las disciplinas han utilizado sus obras como instrumento de denuncia ante lo que vivían y veían a su alrededor. Además de evidenciarlo para sus contemporáneos, lo maravilloso es que perdura a lo largo del tiempo para que su mensaje sea transmitido de generación en generación.  A veces de forma intencionada, otras de manera sutil en sus expresiones, la verdad es que el arte es una de las herramientas de transformación social más potentes que existen.

Para muestra, algunos ejemplos:

Pablo Picasso pintó el Guernica hace ochenta y dos años (1937) representando el bombardeo de Guernica durante la guerra civil española. Hoy en día es un símbolo del horror que causa la guerra en todo el mundo.




Muchas son las pinturas y las esculturas que han denunciado el drama de la inmigración y de los refugiados en Europa y en el mundo. Una de ellas, de un autor hasta la fecha anónimo, aparecía en Dinamarca en 2016 representando las manos de una persona tratando de pedir auxilio.




El músico Daniel Barenboim fundó en 1999 la orquesta West-Eastern Divan reuniendo a músicos israelíes, palestinos y de otros países de Oriente Medio con el fin de llevar su mensaje de paz a todo el mundo. A través de la música nos quieren transmitir que es posible vivir en sintonía, que los conflictos pueden solucionarse y que la paz se puede construir si lo hacemos juntos.


El fotógrafo gallego Gabriel Tizón utiliza la fotografía, considerada un arte indiscutible, de manera explícita como testimonio actual e histórico de las situaciones que se viven en nuestro planeta. África, el Mediterráneo y en estos momentos la frontera de Venezuela con Colombia son algunos de los escenarios que este fotógrafo está plasmando dejando en evidencia el mundo antihumanitario en el que vivimos.



Gabriel Tizón.


En cuanto a la literatura son innumerables los ejemplos que encontramos a lo largo de la historia en los que se denuncian acontecimientos que deberían ayudarnos a no repetir las mismas situaciones. Lo triste es que los dramas humanitarios continúan repitiéndose como un bucle infinito donde no se vislumbra el fin.

Como lectora me interesa mucho más la literatura que me interroga, la que transmite ideas plasmadas con vocación de mejorar la sociedad, porque si una idea cala en un colectivo acabará por fluir entre las personas y provocar el verdadero cambio. Fueron Dominique Lapierre y Javier Moro gracias a sus libros sobre historias reales, muchas veces grandes epopeyas de la humanidad, los culpables de mi devoción por este tipo de literatura transformadora de mentalidades. Más grandes que el amor, La ciudad de la alegría o Las montañas de Buda son novelas que todo el mundo debería leer con el alma abierta a empatizar con otras realidades.

Si las autoridades de nuestro tiempo leyeran a autoras como Irène Nemirovsky (en su Suite Francesa nos habla del gran éxodo de Paris ante la entrada de las tropas de ocupación) sus mentes serían mucho más sensibles a las tragedias que se vuelven invisibles en los telediarios. Si las ideas que Chimamanda Ngozi Adichie enlaza en sus novelas sobre la discriminación de la mujer, el racismo o el colonialismo, fueran leídas y adoptadas por una gran mayoría, la discriminación y el odio al «diferente» acabaría por desaparecer.

Como escritora, creo profundamente que los autores, aparte de entretener, tenemos un «arma» perfecta para que este mundo descarriado encuentre el camino hacia una sociedad más justa e igualitaria. Para mí la literatura más valiosa es la que cambia y amplia nuestra visión, mejora nuestra vida y nos encamina a un futuro esperanzador.

«Si el arte no nos hace mejores, entonces ¿para qué sirve?»
Alice Walker.



https://entremispalabrasylastuyas.blogspot.com/?m=1María Requena - Escritora, Terapeuta Ocupacional.




lunes, 11 de marzo de 2019

Ja estem en falles - Javier Caravaca



Ya se ven los brazos desnudos por la calle, asoman las rodillas y los muslos por donde pueden y los hombros se asolean amarrados con tirantes. Las chaquetas se olvidan en las terrazas, con los vasos de cerveza quemados por el sol. El suelo se cubre de alpargatas de arpillera y fallerinas, de trocitos de cartón de colores, colillas y restos de pólvora. El cielo humeante se adorna de moños, trenzas y rodetes, tocados con agujas, con lazos calados de oro y nácar, aderezo de filigranas, barquillos perlados y peinetas de tres flores. Algún sombrero cañero y monteras negras, que de todo hay. Contrastan las chanclas despreocupadas de los turistas con las medias altas de garbanzo, las mantillas de media luna, las fajas rayadas y las enaguas de dansà de retorta que asoman bajo las faldas de seda brocada de palmas. 

Mientras suena la banda de metal, la dolçaina afila un grito con el tabalet, repiquetean las castañuelas de marfil y los pechos de las mujeres se aprietan por encima de la chambra cruda al amparo casto del camafeo de la Maredeueta. Huele a buñuelos, a fuego y a primavera. Para celebrarlo, desayuno sentado en la tierra. Unas habas que no hacen ruido, de la planta a la boca. Las más tiernas sin pelar. Me acompaña una mosca que nunca verá las Fallas. Parece feliz.



https://javiercaravaca.com/Javier Caravaca  Escritor y diletante.

jueves, 7 de marzo de 2019

Ya no somos aquellas pobrecitas indefensas - Celia Gómez Racero





Ya no somos aquellas pobrecitas indefensas. En realidad, nunca lo fuimos, aunque desde niñas nos intentaron inculcar ese prejuicio totalmente erróneo. 

Todo comienza con un ese juguete o actividad es de niños, dale un beso a aquella desconocida que dice que niña tan bonita o sino pensará que eres una antipática, ten buenos modales y siempre sonríe. Si das el primer paso con un hombre no eres una dama, eres una PUTA. Una señorita no debe pagar la cuenta. Una mujer no tiene cualidades para liderar una empresa. Gorda, fea, saco de huesos, creída. Una mujer a veces tiene que hacer sacrificios y aguantar a su hombre, a su amo. Y todo esto termina con un: si abusaron de ella es porque se lo buscó.

Cuando creces, te das cuenta de que esos prejuicios no son válidos, no existen. Algunas personas, desafortunadamente, pensarán así en pleno siglo XXI, pero pobrecitos de ellos que borreguitos seguirán siendo. Y ahora mi pregunta es:

¿A que nunca se imaginaron que las mujeres podemos ser grandes científicas hasta el punto de descubrir la doble hélice del ADN como lo hizo Rosalind Franklin? ¿O que además de musas podemos ser maravillosas artistas? ¿Y qué hay de las grandes profesionales del ámbito de la Salud mental y física? ¿Y de la Ingeniería y la Química? ¿Qué hay de las campeonas en levantamiento de peso o en cualquier tipo de deporte? ¿Qué hay de las policías, guardia civiles y bomberas? ¿Qué hay de las directoras de cualquier empresa? ¿O de la trabajadora que compatibiliza su jornada laboral con el cuidado de sus hijos? ¿Y las madres que llevan las riendas de todo el núcleo familiar? ¿Y qué pasa con aquella frágil madre soltera que con el tiempo se hizo fuerte por sus hijos porque no le quedó más remedio? Y así podría seguir, pero para ello necesitaría escribir una novela.

Ya no somos aquellas pobrecitas indefensas con la que tanto empatizan. No somos aquella delicada flor, ni somos princesas en peligro esperando a que nuestro príncipe azul nos rescate, ni ese cuerpo deseable al que muchos querrían acceder y después despojarlo a cualquier vertedero como si de un clínex se tratase. 

Nosotras somos fuertes, luchadoras y con iniciativa. Somos guerreras que no necesitan a un príncipe, sino a un guerrero, un aliado con el que vencer a las adversidades de la vida. Nos gusta sentirnos protegidas, sí, pero a ellos también. No somos un juguete al que usar y tirar cuando os dé la gana, sino una persona con sentimientos y valores a la que hay que respetar, al igual que lo haces con tu madre, abuela, hija o hermana. 

No necesitamos vuestra pena ni vuestros consuelos, ya no. No necesitamos enseñar nuestros genitales para que nos escuchen, basta con demostrar tu inteligencia y talento personal porque, cuando lo encontramos, ya no hay quien nos pare. No necesitamos vuestras leyes y medidas de mierda que, en ocasiones, en vez de protegernos lo que hace es perjudicar a quien no lo merece, ya sea por falta de pruebas o por injusticia.

Necesitamos un Estado que nos ampare a todas las personas. Necesitamos que nos dejéis de ver como a una pieza de porcelana, sino como a una PERSONA IGUAL QUE TÚ. 

Y esto, señoras y señores es el verdadero significado del FEMINISMO, la lucha por la igualdad de mujeres y hombres, sin favoritismos, sin odio, sin hacer daño a los demás porque así comenzó el machismo y no queremos que los papeles se inviertan, no. Queremos que la balanza esté igualada porque el equilibrio es lo que mantiene la vida. Y yo soy feminista, sí, pero de verdad. Sin odiar a los hombres ni creerme mejor ni peor que ellos, sino exactamente igual. Porque siempre me preocupé por el bienestar de la Humanidad.





Celia Gómez Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



jueves, 28 de febrero de 2019

Tu dragón - Javier Caravaca







Cuando era pequeño tenía miedo de los dragones. Para mí eran seres terribles que brotaban, sin amor previo, de un brezal marchito que nadie había visto jamás. Con el tiempo, descubrí que mi magia no era suficiente para derrotarlos, porque eran inmortales, mientras ellos apilaban en la curva de sus vientres los cadáveres de mis amigos. Pero un día me pediste malísima que lo arrasáramos todo, por favor, con tus piernas enredadas en mis alas rojas, el fuego saliendo de mis colmillos, la lengua en llamas y las garras sujetándote por la espalda. Tenías la mano apoyada en las escamas de mi piel, tapando la herida para que no saliera más sangre. Sobrevolábamos un bosque helado, dejando atrás la ciudad quemada, en busca de una cueva donde dormir. Creo que no olvidaré ese día en la vida, en ninguna vida, porque lo he visto tantas veces que no se me puede olvidar. Sin embargo, y por suerte, cada vez que nazco lo olvido todo y vuelvo a temer a los dragones.



https://javiercaravaca.com/Javier Caravaca  Escritor y diletante.

martes, 19 de febrero de 2019

Cuando el pasado no regresa - Camino Pastrana







Hoy se trata de ponernos nostálgicos, de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, que cuando éramos jóvenes fuimos más felices y que era más fácil vivir sin la sombra acechante de un futuro extremadamente moderno.

Dónde habrán quedado las llamadas perdidas que tenían más poder que pentecostés. Lo mismo significaba “hola” (la que se hacía por la mañana) que “he recibido tu sms y no te contesto porque cuesta 25 pesetas y ando mal de saldo pero te hago una perdi y así sabes que todo ok” o, si eran dos perdidas seguidas solo implicaba “no” a lo que una sola era “sí”… O, ¿me he equivocado y era al revés? No lo sé, el guasap le ha quitado toda la magia.

¿Qué será de las notitas que hacían brotar la risita nerviosa que el profesor identificaba al momento y que pasaba por alto? Hasta hace poco, las mías seguían en el tercer cajón de mi mesa de estudio, en el estuche que utilicé en primaria, y mirarlas es alucinar con el ingenio que teníamos con 12 años para ser capaces de meter tantísimo contenido en medio centímetro de papel de cuadros, con mil abreviaturas por palabra. El guasap y su corrector se lo han cargado todo, ya no hay minipalabras (pero siguen existiendo faltas de ortografía) y los adolescentes ya no viven con la adrenalina al límite al hacer llegar el papelito al guaperas o la popular de la clase para decirle que por la noche se encontraron en sueños.

En clase, los móviles y ordenadores sustituyen al boli, y ya no hay ganas de estrenar cuaderno para hacer la letra más bonita y esforzarse con los deberes para conseguir mañana el aplauso de la profe y los compañeros. Ahora en vez de esconder en la mochila el libro que engancha hasta el extremo, se mete entre pestañas el Facebook para cotillear qué hizo la gente ayer, por no hablar de llevar al recreo el obsoletísimo diábolo.

Ir en la parte de atrás del bus en las excursiones ya no es lo más. Ya no se juega al toma tomate para morir de nervios, porque las sombras del Gregorio americano se han encargado de ilustrar a los jóvenes sobre lo que parece ser “lo normal”, arrasando el encanto tímido y arrebatador del primer beso con 15 o 16 (halaaaaaaaaa qué tarde!!).

Ahora, las niñas se quejan por ponerse un bañador completo, de esos de una pieza, porque eso es de bebé, y con seis años se avergüenzan por usar las braguitas de toda la vida, las que dejan las tetitas al aire pero que antes nadie se daba cuenta porque era lo típico. Por no hablar de los pasadísimosjuguetes de la playa, las palas y los cubos, que hoy quedan ensombrecidos por las maquinitas que paralizan a los niños sentados  en una silla sin moverse, y luego sus padres se quejan porque por la noche no duermen pese a haber sufrido “tanta actividad”

Los viajes en tren son extraños, los jóvenes no leen en libros de papel, ni las familias juegan a la baraja o al parchís, el nombre de Mafalda parece no significar nada, los niños ya no coleccionan cromos y si hay algún valiente que se atreve con los “clásicos” es tachado de friky, o de nerdy o cualquier chorrada acabada en “y”.

Todo pretende solucionarse con el móvil, cualquier duda, pregunta, inquietud… todo se resuelve mirando al móvil. Nos permitimos llegar tarde a las citas porque preferimos avisar que cumplir, y el encanto de “esperar” por una mesa en un restaurante o por un bus que tarda se pierde en una oscuridad irrecuperable. Una vez siendo yo pequeña, fuimos toda la familia a comer y al salir mis padres fueron por su lado y mis tíos por otro, y mi abuela y yo tan flamencas fuimos por el nuestro. Como no había móviles no pudimos avisar de que se habían olvidado de nosotras, y tuvimos que aguantarnos media hora hasta que se juntaron todos en casa para  darse cuenta del descuido. ¡Qué tragedias las de antes! Ahora que ya no está, agradezco tanto aquellos ratos regalados casi por casualidad que hoy son bonitas anécdotas que no quiero que abandonen mi recuerdo jamás.

Ahora, el día que me regalaron mi móvil me volví loca de contenta. Desde luego produjo un cambio en mi vida, aunque cuando llegaba a casa de fiesta, por mucho que llevase el móvil encima, tenía que dar el parte a mis padres igualmente. Y es que, la clave está en  adaptarse. Combinar lo nuevo y lo viejo es un arte, y moverse con soltura en la era digital a la vez que se tienen en cuenta las herramientas con las que crecimos parece casi como traer un homo sapiens a nuestros días y pretender que suba sus pinturas al Instagram. Pero todo es cuestión de ponerse. Mi abuela sabía escribir sms y seguía moviéndose en su Seiscientos del año 66, leía libros en papel y disfrutaba agrandando las fotos en el Ipad.  No hace falta enfrentar lo nuevo y lo viejo, sino adoptar lo mejor de cada cosa e integrarlo en la vida, abanderando con orgullo esa unión similar al atrevido y delicioso mix del paté con frambuesa.

Cada día estoy más convencida de que el propósito de vivir es aceptar. Es un ejercicio más complicado de lo que parece, yo solo espero no irme sin haberlo conseguido. Mientras pongo en práctica esa máxima, seguiré recordando con nostalgia la infancia ya superada de los chicles Boomer, el sabor de los flashes helados, los cumpleaños en el Telepizza, la ilusión de cuando se movía un diente, escuchar a Laura Pausini una y otra vez, escribir cartas y abrir el buzón y recibir la contestación, mirar el reloj en clase y que no pase ni el segundero, hacer dibujitos en la esquina superior de los apuntes, castigada al rincón por hablar mucho, los bailes de fin de curso, desayunar Cola Cao, llegar a casa después del cole el día del cumpleaños esperando los regalos, odiar la clase de gimnasia porque tocaba el Test de Cooper, saltar a la comba y ver el polvo del suelo, llevar al recreo el yoyó de pequeño de mi padre, que no tenía ni luz ni sonido, reírme ahora al pensarlo, lo bonito que era el estuche nuevo, pelearme con el mandón de la clase porque “yo no lo hago”, usar las frases de mi madre para defenderme, llegar llorando a casa y esperar que papá me lo solucionara... Pensar siempre que cuando el tiempo pasara, todo sería mejor.



A mi hermano
Camino Pastrana



Camino Pastrana | Periodista