LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

jueves, 7 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - El primer paso









Puede parecer irritante, para algunos, reconocer sin tapujos la cruel displicencia con que a veces nos contempla el destino. O dicho de otro modo, admitir con tristeza que una parte de nuestros anhelos, nuestros deseos o aspiraciones se quedan, por el momento, solo en eso, en pretensiones frustradas.

   Sin embargo, hay algo mucho peor que lamentarse de aquello que no ha dado los frutos esperados: mantenernos en la oxidada  desidia del inmovilismo.

 Al fin y al cabo los proyectos nos mantienen activos y optimistas, nos facilitan un oxígeno renovado y le dan a los días una certeza existencial de continuidad, de movimiento. Rehusar la malograda inercia vagamente consumista de las horas, de los meses y de los años es tan saludable como alimentarse bien o hacer ejercicio. Solo hay un paso, un simple gesto que separa la actitud de proyectar una idea o una pretensión y la de quedarse  adormecido por el desánimo. Es el paso más sencillo y a la vez el definitivo, pues nos saca de donde estamos aun cuando —como reza el dicho popular— no nos lleve por sí solo a ningún lugar.

“El primer paso no te lleva adonde quieres ir, pero te saca de donde estás”.

¿Qué puede aportarnos este minúsculo gesto ante el árido desierto de indolencia que nos rodea?, se preguntarán algunos, quizá los más pesimistas, o realistas bien informados como a veces se trata de justificar con cierto tono jocoso el desafortunado conformismo.

Lo que en realidad nos aporta ese primer paso es, ni más ni menos, que emprender un proyecto: la posibilidad de levantarnos y de ser capaces de caminar en una dirección. Sin demasiadas pretensiones que nos asusten y terminen por ahuyentarnos de la férrea idea de que es posible. Se trata de gestos, de ánimo, y de no desfallecer, sino de interiorizar nuestro propósito en la medida de las posibilidades que nos rodean.

 “Esto es lo que pretendo y este es mi primer paso”.

 Sin temor a ser juzgados por terceros, o incluso por nosotros mismos, de no llegar a alcanzar por completo nuestras aspiraciones. La satisfacción de intentarlo nos enriquece ya por sí misma, nos alimenta de esperanzas y erige nuevas estructuras neuronales.

Dar un primer paso, sólido y quizá tímido al mismo tiempo, es como abrir una ventana en una habitación envilecida por la asfixiante atmósfera de la pasividad cotidiana.
Arranquemos la corteza del prejuicio que a veces nos tienta a desfallecer y démosle a la dejadez de ánimo el bofetón que se merece.

Como decían los versos del poeta Antonio Machado:Caminante no hay camino, se hace el camino al andar”.



                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


viernes, 1 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - El gen de la espiritualidad




En el momento en que se escribe este artículo aún se considera que Homo hábilis, un homínido con un cerebro algo mayor que el de los australopitecus —estos últimos algo así como chimpancés bípedos— fue el creador de las primeras herramientas de piedra hace algo más de dos millones y medio de años. Durante aquel tiempo, en algún lugar del planeta, muy probablemente en África, se desarrolló un tipo de inteligencia social y tecnológica sin precedentes. Era una época en la que diversas especies de homínidos coexistían ramificadas a partir de antecesores comunes.

 Me gusta pensar, no sin cierta dosis de fantasía, en ese breve instante de la prehistoria del planeta donde ningún pájaro de hierro sobrevolaba los cielos, ni altos edificios colonizaban los llanos; donde todo estaba por descubrir y nada aseguraba la supervivencia. Pero lo que más me atrae en estas osadas elucubraciones es el momento concreto en que una de aquellas especies comenzó a hacerse preguntas mucho más complejas que aquellas relacionadas con la caza o el carroñeo. Preguntas más cercanas al plano existencial. Tal vez ese fue el comienzo, la evolución primigenia e incipiente de lo que hoy conocemos por ciencia y que tuvo su punto de partida en la filosofía. Sin embargo, prefiero centrar la atención en aquel homínido —u homínida— que se quedó maravillado al contemplar el fogonazo de un relámpago y fue capaz, por primera vez, de preguntarse por qué.

    El planeta ya no volvería a ser el mismo a partir de aquel suceso. Una cadena de acontecimientos y cambios medioambientales pulularon en la arcilla de lo azaroso y causal, sin dirección preestablecida, extinguiendo especies, mutándolas y  apoyándose en todo momento en el tamiz de los mejor adaptados y sus descendencias. El motor de la evolución que Darwin llamó Selección Natural.

   No puedo pasar por alto que el nacimiento de una autoconciencia compleja debió  dar lugar al concepto espiritual. Y que éste último, como muchos otros fenómenos psicosociales, sufrió los mecanismos que Darwin definía, evolucionando y formando parte de los factores positivos para la supervivencia, quedándose incluido en el porcentaje del acervo genético de las poblaciones. No obstante, debo puntualizar, no lo hizo exactamente como elemento absoluto de espiritualidad, ni como un gen exclusivo para ello, sino como una predisposición a estos efectos. Eso explicaría a mi juicio muchas cosas hoy día acerca del éxito y desarrollo de las religiones y de la inclinación al esoterismo en nuestra especie y en todas sus culturas por más remotas que estas se localicen.

Si fue así o no —como todo en la prehistoria jamás tendremos la certeza definitiva— el tiempo y la ciencia nos lo irán confirmando. Entre tanto regreso a mi homínido reflexivo y su cielo abierto, a su mirada vidriosa y a sus lejanos pensamientos.



                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


miércoles, 4 de abril de 2018

Claudio Hernández - El curioso caso del señor Carl Farmer





La mente humana esconde secretos que todavía hoy no han sido desvelados. Se conoce el efecto placebo o los llamados poderes mentales como la Telepatía, Telequinesia, Precognición o visión Remota entre otras cosas. Hay veces, en que el propio cerebro activa un filtro y ocurre una combustión espontánea. También está los hipocondriacos, capaces de crear una enfermedad que no existe. Y a todo esto ni los científicos ni los Psicólogos y sumo a los Psiquiatras Forenses, no saben dar una explicación exacta.

He aquí, que se ha llegado más lejos y de qué forma, tan inquietante como si la tierra dejara de dar vueltas.

Normalmente, cuando escribo las historias debo hacer un pequeño croquis de la misma antes de empezar para que todo cuadre bien y salga algo bonito. En este caso solo me limito a repetir una vieja historia clásica en Boad Hill que va de generación en generación y de boca en boca. Se trata del caso del señor Carl Farmer. Tan rápido como he dicho su título así será de corta su historia.

Intensamente enamorados, Carl y Emma se juraron que el amor sería hasta después de la muerte, y así fue. Una tarde de verano cualquiera, con su respectivo calor, Carl Farmer, que padecía del corazón, falleció en el acto. Cayó al suelo de forma fulminante y, en un catacrack casi estruendoso, su cuerpo rechoncho quedó estirado en el suelo. Emma, que estaba postrada en la cama, inválida, no podía más que mover un poco la cabeza y echarse a llorar. No podía hablar así, cuando menos pedir auxilio. Su marido era la única ayuda para ella en los últimos diez años. El cuerpo sin vida de su esposo distaba unos dos metros de la cama y la puerta del hogar de los Farmer estaba a siete metros.

De modo que la pobre Emma estaba condenada a morirse en silencio de inanición ese fatídico verano si nadie se percataba de la ausencia del señor Farmer en cualquiera de los lugares del pueblo donde solía hacer la compra de la semana. Pero los Farmer solían pasar largas temporadas en casa sin salir de ella. De modo que nadie les echó en falta durante los días que duró la tragicomedia.

Un día después, la vista de Emma alcanzó a ver que el cuerpo inerte de su esposo estaba a un metro de la cama. Mucho más cerca de cuando cayó fulminado al suelo. Eso le sobrecogió y alivió al mismo tiempo. Dos días después, el hediondo cuerpo de Farmer ya estaba casi al lado de la cama, en dirección a la puerta de salida. Emma solo podía llorar y llorar, pero creía haber muerto ella también porque estaba como en un sueño. Su ángel de la guarda, en este caso el señor Farmer estaba con ella. Pero no era un despertar y ya está, todo sucedía en realidad. Al tercer día, el fétido cuerpo ya estaba encaramado hacia la puerta, le faltaban cinco metros. De modo que necesitó que pasaran cinco días más hasta que el putrefacto cadáver llegara hasta la puerta y otro día más hasta que sus huesudos dedos ahora tras la hinchazón pudieran abrir la manivela de la misma para salir afuera. Al día siguiente de esto, medio brazo en la entrepuerta dio el grito de alarma.

Y así fue como una semana después de la muerte del señor Carl Farmer se descubriera a la señora Emma deshidratada en su lecho de cama. Lo sé, suena absurdo, pero así lo cuentan los viejos del pueblo y hasta ha llegado a la ciudad. Yo aquí lo añado porque a veces el amor es tan intenso que va más allá de la vida misma.
Y sí, me creo la historia.

Al fin y al cabo, todo cabe en una mente abierta.







Claudio Hernández - Escritor, Periodista, Dibujante, Ingeniero de Telecomunicaciones y experto en Ciberseguridad.

martes, 27 de febrero de 2018

Andrés Ruíz Segarra - La línea roja

  




La Real academia de la lengua (RAE) define la intimidad como:
«Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia». No todo el mundo está de acuerdo con esta definición, en cuanto a lo espiritual, pero está claro que los márgenes personales de la privacidad —esa línea que separa lo que otras personas tienen, o no, derecho a conocer y observar de nosotros— cada día es más difusa.

La cotidianidad de las tecnologías informáticas y la flaqueza de los individuos al utilizarlas de forma inconsciente, son los cimientos de esta férrea estructura de pluralizar lo íntimo o reservado mucho más allá de lo que pensamos. Sin embargo, la seguridad en sí misma plantea nuevas preguntas. ¿Es lícito que nuestra imagen sea registrada sin nuestro permiso o —aún peor— sin nuestro conocimiento? ¿Debería prohibirse que nuestros datos sean una mercancía de intercambio? ¿Existe un derecho a no ser localizado?
La letra pequeña es el peor enemigo de una sociedad tecnológica miope, y ello es bien sabido por quienes introducen suculentas y atractivas gratuidades en aparatos que nos espían a diario, que nos encuentran y registran nuestros gustos y amistades.

¿Qué debe hacer un individuo para preservar su intimidad entonces? ¿Desconectarse del mundo? He ahí el gran error de esta pregunta con trampa; el mundo es otra cosa.

La sociedad palpable no es la virtualidad de nuestros mensajes con emoticonos, ni de nuestras fotografías, por poner solo dos ejemplos sencillos. El lastre virtual que arroja este nuevo síntoma de las sociedades desarrolladas es un exhibicionismo adictivo que transforma a las generaciones y las arrastra al precipicio de las banalidades presuntamente necesarias. La falta de una educación y de una moralidad tecnológica pervierte el uso de la intimidad y la traslada a un plano vulnerable.

Sin embargo, la violación de este desusado concepto de lo íntimo se justifica con la inercia del crecimiento de Internet y de métodos de seguridad tanto en imágenes como de rastreo, de los avances tecnológicos a velocidades de vértigo y de los hábitos una sociedad moderna.

¿Somos acaso chimpancés con teléfonos móviles?
No parece importarle lo suficiente a nadie que los nuevos delitos de nuestro siglo relacionados con redes sociales, o con la difusión de imágenes robadas, pululen en nuestra sociedad como ratones de ciudad. La intimidad es un derecho que debería enseñarse desde la niñez. Perseguir el delito que ha surgido aprovechando la dejadez y el desconocimiento, así como de los propios intereses de la oligarquía, no nos devolverá la intimidad robada.

El márquetin, los mecanismos publicitarios y su séquito de vendedores precisan mecenas que realicen una captación personalizada. Provocarnos una necesidad de compra o adhesión es mucho más fácil si conocen bien nuestros gustos, nuestra intimidad, nuestros datos. El problema no está en la tecnología sino en nosotros mismos. La educación es la mejor arma de defensa contra la flor adormidera que nos convierte en meros consumidores. Perdemos el tiempo en el prejuicio innecesario que inunda las alcantarillas y se contagia como un virus: la autodefensa ante lo que imaginamos como agresiones culturales que levantan muros de xenofobia, y, sin embargo, toleramos la violación de nuestros derechos de intimidad convencidos de que en realidad no nos pertenecen. A veces los peores males son del todo invisibles.

Pero no caigamos en catastrofismos, a fin de cuentas la sociedad es adulta y crítica, además de independiente. ¿O tal vez no?
Quizá la engreída sociedad del primer mundo esté aún en la adolescencia de su evolución y deba acumular errores hasta que, un día, en su mayoría de edad, decida por fin aprender de ellos. El basto océano de la información denomina nuestra era, y a la vez nos esclaviza en ella. ¿Quién define dónde empieza y dónde termina nuestra intimidad si a fin de cuentas esa herramienta de espionaje le es útil a todo aquel que precisa de nuestra atención para sus propios intereses? Me temo que nadie más que nosotros mismos puede preservarnos de ese mal establecido; quizá con el esfuerzo de la autocrítica y la concienciación. Pero he pronunciado la palabra esfuerzo, y esta es una sociedad que camina de puntillas sobre el placer inmediato, la peor de las traiciones a nuestro uso de la inteligencia. Y, por contra, el mejor mecanismo para reclutar clientes sumisos e indefensos ante unos desvalorados derechos que poco a poco se van diluyendo.

La intimidad tiene una sombra cercana: el anonimato. Si entendemos este último no como un arma cargada de alevosía, sino como una mera forma de libertad, está claro que no existe. Quizá cuando un planeta globalizado termine por absorber hasta el último dato de todos y cada uno de sus habitantes, el paso siguiente sea prohibir la personalidad propia, libre, independiente. Porque incluso el pensamiento carece de libertad si se educa en una sociedad tomada por la manipulación a gran escala.

Necesitamos momentos de reflexión, de desconectar la virtualidad y observar lo que nos rodea. Tiempo de lectura en papel, de conversar cara a cara, de desaparecer y de elegir sin presiones. Necesitamos no necesitar un continuo control de nuestros actos, de nuestra vida. Un apagón de todo aquello que nos escruta y nos crea adicción.
La intimidad es respeto, libertad, sensatez, cordura. Es un pilar tan necesario como la sociabilidad misma. Nuestra especie precisa urgentemente de ese equilibrio para mantenerse sana.

La línea roja entre la intimidad y su vulneración hace ya mucho tiempo que fue traspasada. Nos hemos acostumbrado a ello y no parece que por el momento algo vaya a cambiar al respecto. Qué nos deparará el futuro…

                     
               
                                                                                  





  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


jueves, 22 de febrero de 2018

Celia Racero - Sueños por cumplir




¿Cuántas veces habéis ideado el plan perfecto para conseguir aquello que tanto deseáis y lo posponéis para mañana?

Dedicamos gran parte de nuestras vidas a soñar. Y eso está bien. Está bien pensar en cuál es nuestra vocación. Planear o imaginar. Todo ello es positivo. Pero existen dos tipos de personas. Aquellas que planean, esquematizan todos los pasos a seguir en una agenda y visualizan la escena. Y por otra parte, están las que no planean tanto y comienzan a hacer todo lo posible para que aquellos sueños se puedan palpar.

Vuelvo a repetir que planear o imaginar no es negativo. En ocasiones es necesario. Pero cuando ves pasar los años y aún no has empezado ni por el principio, te darás cuenta de que has cometido el mismo error que la mayoría. Pasarte toda la vida planeando.

Es muy sencillo mantenerse en la zona de confort y hacer lo que la sociedad nos ha impuesto. Cuántas veces habré escuchado en estos años las siguientes frases: “a la amiga de mi amigo le supuso un esfuerzo terrible y lo tuvo que dejar” “es que me han dicho que no tiene suficientes salidas” “puf, ¿estás segura? Mira que es difícil eh”.

Estas son las típicas palabras que hacen retroceder a cualquiera. La gente negativa solo te transmitirá miedo. Un miedo terrible a fracasar. Así que el primer paso para llegar a la cima es apartar a estas personas de tu vida. Una vez superada esta fase tienes que cambiar tus pensamientos. Cambiar la palabra imposible por un “es posible”. Cambiar el miedo a cometer errores por las ganas de adquirir mayor aprendizaje. Los “no sé si podré” por “claro que puedo”. Cambiar de modelo a seguir. Ninguna persona es lo suficiente importante como para darte lecciones de que lo que quieres o haces está mal. Así que en vez de seguir el camino de ellos fíjate en aquellas personas que hicieron historia por el enorme esfuerzo y tiempo que dedicaron a cumplir sus metas.

Ahora toca pensar en el camino adecuado que queremos escoger para conseguirlo. Elijas el camino que elijas siempre será el correcto. En ocasiones, te equivocarás o te dirán que no lo haces bien. Pero existe un millón de alternativas y siempre habrá una perfecta para ti.

No temas por tener las expectativas muy altas. Sueña a lo grande y los resultados serán inmensos. Pero cuidado. Aquí debes ir poco a poco.

Durante el proceso proponte cumplir las pequeñas metas una por una y así sucesivamente. Cuando estés cerca de conseguirlo no te lo creerás. Ese sueño ahora es una realidad. Esa realidad por la que solo tú apostaste. La realidad que tanto trabajaste. 

Cuando llegues aquí te sucederá algo muy curioso y ambivalente a la vez. Puede que te confunda. Pero es algo totalmente natural y humano. Te darás cuenta de que no es la parte más alta de la cima. Hay una infinidad de caminos y nuevas alturas. Y tú querrás pasear por todos ellos. Querrás cada vez más y más. 

Quizá a simple vista resulta un tanto ambicioso. Pero de esto trata la vida. De superarse a uno mismo. Así que hoy ya no habrá peros. Vas a darle la vuelta a tu situación. Te levantarás de esa cama calentita que te atrapa y saldrás a la calle en busca de todo lo que deseas. No importa que tengas quince, treinta, cincuenta, setenta o noventa años. Esto no finaliza aquí y ahora. Solo acaba de empezar. Aún queda mucho. Aún quedan muchos sueños por cumplir.






Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



miércoles, 14 de febrero de 2018

Joaquín Calvo - El hechizo de Azahara






Era el último día de clase y había llegado al límite de su paciencia, Azahara no iba a permitir una vez más otra humillación. No era la más popular del instituto pero, desde luego, eso no le daba derecho a Carlota, una niña mimada de segundo curso, a arremeter contra ella de manera tan despiadada. Azahara levantó el lápiz con su mano derecha y lo lanzó contra la cara de su acosadora en un intento de combatir los insultos y las burlas, después todo pasó muy deprisa como para entrar en detalles de manera tan resumida. Volvamos al principio.

Trece días antes de esa mañana fatídica en el instituto, Azahara no tenía otra preocupación que la llegada de la navidad y el final de las clases. Era una buena estudiante aunque fuera por obligación; lo que en realidad deseaba era cerrar los libros de texto y sumergirse en la lectura de su novela preferida: Magia en la ciudad. En ella era capaz de convertirse en una poderosa hechicera y combatir el mal. En ocasiones se introducía tan intensamente en la historia que no percibía cómo iba desapareciendo la luz del sol poco a poco a través de la ventana hasta que la oscuridad le obligaba a encender la luz de su mesita de noche.

-¡Azahara, a cenar! – gritaba su madre desde la cocina.

Cerró el libro casi más provocada por un sobresalto que por obediencia, y bajó rápidamente las escaleras hacia la cocina. Su madre, Julia, era una mujer que trabajaba a destajo cada día en una correduría de seguros en el centro de la ciudad. Quería a su hija y sus obligaciones con ella estaban a la orden del día, aun así no era suficiente para Azahara. Necesitaba llamar su atención y lo hacía contándole las aventuras de la hechicera de su libro; a Julia, sin embargo, no le gustaba alimentar esas fantasías en su hija porque quería ver en ella una pronta madurez y además no creía en la magia. Cuando Azahara terminó de engullir el último bocado de patata hervida, recogió su plato, dio un beso en la mejilla a su madre y subió tan rápido como pudo a la habitación habiéndole explicado que tenía que madrugar para las clases del día siguiente. Julia se quedó tomando un caldo caliente de pollo en una taza e imaginaba todo lo que tenía por hacer en la oficina. Arriba, ya tumbada en la cama, Azahara seguía leyendo aquel libro desde donde lo dejó, bajo la luz de una vieja linterna que proyectaba una tenue luz amarilla. Al día siguiente Azahara despertó con el libro abierto sobre la cama, lo cerró y sonriente preparó su mochila para comenzar el nuevo día. Durante el desayuno todo iba a tomar un giro inesperado, algo que a ella no le haría muy feliz.

A la salida del colegio, Carlota, la niña que acosaba sin piedad a Azahara, apareció caminando detrás de ella con insultos de todo tipo y riendo a carcajadas mientras le recordaba lo triste y solitaria que parecía. Las amigas de Carlota, alimentando por interés el ego de su líder, se unieron a la burla. En la mente de Azahara todo se nubló y dejó de escucharlas, a ellas y todo lo que la rodeaba, hasta que dio un grito de rabia y se giró. Carlota no se lo pensó dos veces y le golpeó con la carpeta en la frente, luego huyó corriendo de allí junto a sus amigas; aunque una de ellas no se movió del sitio sino que miró con tristeza a Azahara y la ayudó a levantarse. De vuelta a casa, recorriendo el camino del bosque, las dos hablaron de lo mucho que les gustaba leer historias fantásticas y, de ese modo, comenzó a surgir una amistad sincera. Mireia, la nueva amiga de Azahara, vio iluminarse algo de entre las ramas de un árbol gigante que había en medio del camino. Ambas se detuvieron al ver la luz parpadear discretamente. Cuando Azahara se armó de valor dio un paso adelante en busca de ese misterio y al apartar la rama seca que ocultaba parcialmente la luz parpadeante vio una piedra azul cielo sobre la tierra, del tamaño de una nuez, iluminando con fuerza el entorno.

Mireia cayó al suelo y perdió la consciencia, como si algo la hubiera desconectado de golpe. Azahara volvió a dirigir su atención a la piedra y al cogerla todo volvió a la realidad. Seguía escuchando el griterío y las burlas de sus acosadoras, había vuelto en sí después de haber estado un rato inmóvil y exhausta. No podía creer que nada de lo anterior fuera irreal, estaba convencida de que había cruzado el umbral a otra dimensión y, entonces, notó la piedra azul metida en el fondo de su bolsillo. La tocó con la mano y la apretujó con todas sus fuerzas pidiendo un deseo mientras cerraba los ojos, frunciendo el ceño muy fuerte. Las burlas, los insultos, cesaron de un plumazo y cuando Azahara soltó la piedra mágica habían desaparecido. Se habían esfumado. Acercó la piedra con la mano para observar algo que se movía en su interior, y vio que estaban todas aquellas niñas maliciosas atrapadas, gritando auxilio en un sonido hueco que solo Azahara escuchaba. Lo que había sucedido era magia, como la que leía en su libro.




Joaquín Calvo  -  Escritor y Creativo

martes, 13 de febrero de 2018

Alejandra G. de la Maza - La niña



La niña le miró con los ojos más abiertos que había visto nunca, esos ojos de color avellana que cuando les daba la luz parecía que se transformaban en miel líquida. Él la sostenía en sus brazos,aún con manos torpes y temblorosas debido a su inexperiencia. Eso era algo que estaba fuera de sus planes, que le descolocaba, le aturdía y le fastidiaba. Pero le ilusionaba.  

Desde luego no podía haberla dejado ahí tirada, observando como miles de zapatos de distintos precios, formas y colores pasaban por su lado sin ni siquiera dirigirle una mirada, una sonrisauna palabra. Nada.  

Así era la gran ciudad, tan grande y tan vacía al mismo tiempo. Esa ciudad que respiraba miles de aromas, que bailaba al ritmo de millones de latidos, que oía mil voces y que era testigo de miles de besos. La misma ciudad que cada mañana despertaba a millones de personas, y que despedía a otras tantas. Aquellos ojos que a cada minuto veían nacer nuevos amores y el declive de los viejos, que sabía miles de historias, millones de pequeñas leyendas, algunas más ciertas que otras. Que veía el amor y el odio. Que oía gritos de esos que desgarran el alma, pero también de esos que provocan una media sonrisa. Que veía aquellos que exhalaban su último aliento y a otros que se quedaban sin él. La misma ciudad que presenciaba la salida de los pequeños del
colegio hacia el paraíso de la libertad veía a otros para los que la libertad suponía un paraíso

Aquella marabunta de palabras, de sonidos, de risas y de llantos, de gritos, de reproches, de sonrisas, de pasos, de canciones cantadas a voz en grito para que nadie las oiga, de músicos callejeros que se afanan en dar color a la vida a cambio de unas pocas monedas, de amenazas susurradas entre dientes, de borrachos por desamor y de otros tantos embriagados por amor. Aquella melodía de pisadas, de bailes inesperados, de medias sonrisas o de sonrisas enteras, de carreras para coger el tren, o para llegar al trabajo, o salir corriendo del infierno en el que se ha vuelto la casa. Aquellas carreras para llegar a ese examen que supondrá la vida o la muerte. Aquellos pequeños actos de rebeldía, sea del tipo que sea. Esos cines medio vacíos que en otro tiempo fueron centro de reunión y que ahora han quedado centro de nostalgia. En toda esa sinfonía de palabras no había un hueco para aquella pequeña, que no hacía sino mirar el mundo con los ojos más abiertos que él había visto nunca. 

—Ven, vayamos a casa —le dijo a la joven —. Mi mujer y yo te acogeremos. ¿Querrías tener una nueva familia

Ella, aún asustada y sucia por tantas noches pasadas a la intemperie, llena de soledad y de miedo,le miró como si no comprendiese en absoluto. Una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla, arrastrando la suciedad de su rostro y dejando al descubierto la piel reseca y bronceada. El tiempo se paró, el sonido de la ciudad se eliminó y, por un momento, ambos quedaron solos en un mundo lleno de gente. La pequeña, con su tristeza, su rabia y sus deseos de una nueva vida. Y él, colmado de ternura por esa niña que nada tenía y por la que súbitamente había sentido una necesidad de protegerla y de cuidarla. Un instante, un segundo que lo cambió todo.  

Ella tan solo le dio la mano










Alejandra G. de la Maza - Escritora, periodista y lectora