LAS PALABRAS SON LO ÚNICO QUE TENEMOS | SAMUEL BECKETT

Todos tenemos una buena idea, solo necesitamos creer en ella. Y este puede ser un buen lugar para comenzar.

lunes, 2 de julio de 2018

Nando Pilgrim - Las noches de verano






Las noches de verano son distintas y cambian dependiendo de si las vives en un pueblo o en una ciudad, pero en ambos sitios para mucha gente significan lo mismo: libertad.

Y eso es lo que yo sentía cuando al terminar el curso escolar disponía de todas esas noches para mí sin ninguna obligación de irme a la cama a determinada hora o de tener que hacer los deberes. Yo vivía en una ciudad, pero las cosas no eran por aquel entonces como lo son ahora. En mi época podía bajar tranquilamente a la calle (una calle estrecha y alargada, secundaria) y pasarme el rato que quisiera correteando arriba y abajo sin temor a los escasísimos coches que se atrevían a interrumpir momentáneamente mis juegos y sin miedo a que nadie que pasara por allí me pudiera secuestrar o hacer algo malo. Hoy en día eso es diferente, la sociedad ha cambiado y su evolución en muchos aspectos no ha sido para bien. Ahora es impensable salir a la calle a jugar en una ciudad, y más aún solo. Porque en mi calle yo no tenía ningún amigo, no había ningún niño de mi edad y tampoco vivía nadie que fuera a mi mismo colegio. Así que no tenía más remedio que salir solo a divertirme entre las aceras y los coches aparcados. Recuerdo que en mi calle cabían hasta once coches en fila si los aparcaban bien, y también me entretenía sumando las cifras de sus matrículas o intentado averiguar su procedencia si alguno no estaba matriculado con la correspondiente V de Valencia.

Recuerdo el agobio del calor en esas noches en las que recibía un soplo de viento con una inmensa alegría, porque por poco que fuera, algo refrescaba el sudor que se pegaba a mi cuerpo siempre que me lanzaba a correr detrás de una pelota o blandiendo un palo en la mano a modo de imaginaria espada.

Luego, cuando ya era tarde, subía a casa, acercaba una silla a la ventana y arrodillado encima de ella, apoyaba un libro en el alfeizar de la ventana y leía a luz de la farola que teníamos cerca, ya que en el interior del piso la temperatura muchas veces era insoportable y encender bombillas no era sino empeorar la situación.

Ahora me ha dado por recordar aquellas noches interminables, y pienso en la felicidad permanente en la que vivía, ajeno a todos los problemas que el madurar trae consigo; desde los amores y desamores, las obligaciones laborales, los disgustos inevitables, las enfermedades y todo aquello que no podemos controlar, obligándonos a menudo a caminar por caminos que no hubiéramos deseado conocer.

Bendita ignorancia.

Pero no quiero volver a esa época, pues eso significaría que quizá algo cambiaría dentro de mí, en mi modo de ser, de pensar o de actuar, quizá no aprendería de los errores que ya he cometido o quizá no conocería a la misma gente que ha pasado por mi vida.

Y eso no lo quiero cambiar por nada del mundo, aunque ya no goce de la libertad de aquellas noches de verano.




 Nando Pilgrim | Escritor



viernes, 29 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - Escribo, luego existo









Sucede a menudo que nada atractivo nos sucede. Nada lo suficientemente especial como para iluminarnos en ese estado casi mágico que es escribir una novela. Una historia o un relato.

  En realidad esta paradoja no es más que una niebla, un vapor blanquecino que se va disipando conforme escalamos los peldaños de pequeñas ideas.

  Podemos apoyarnos en palabras concretas, en títulos y en noticias para iniciar el viaje. Podemos agudizar el oído cotidiano e investigar a nuestro alrededor; mirar con los ojos de un escritor que absorbe de su entorno cientos de detalles, la mayoría de ellos desapercibidos para el resto de los mortales: un hombre que camina de forma peculiar, el comentario de una señora en el autobús, una persona con cierto acento o carisma  —que quizá pudiera convertirse en un personaje literario—, sucesos, sueños, vivencias… Todo ello nos conducirá lentamente hacia las orillas de una corriente, de una idea tosca e incipiente que tal vez en su desarrollo final no se parezca demasiado a esos primeros esbozos que hicimos, cuando no teníamos aún definido el rumbo.

  Es curioso, sin embargo, que la realidad pueda llegar a ser a veces —pocas— tan irónica y rebuscada que nos ofrezca situaciones envueltas en cierto surrealismo, o coincidencias tan sorprendentes, que para llevarlas al papel nos veamos en la obligación de ser muy cautos y hábiles con el objetivo de que no parezcan inverosímiles. Digamos que la vida real puede permitirse ciertas licencias que la literatura no soporta. O, mejor dicho, que los lectores no soportan.

Y es que el olfato del lector no se deja engañar. Podemos relatar el más absurdo de los disparates siempre y cuando no traicionemos el contrato entre escritor y lector. Un contrato no escrito que acepta solo lo coherente dentro del contexto y del ritmo de nuestra narración.

Hay cientos de formas de contar lo mismo. En ello consiste el estilo y el éxito, en saber cómo relatarlo, o mostrarlo a través de los personajes.

Pero volvamos a la formación de nuestra idea troncal a partir de elementos recopilados. Debemos tener muy presente que el momento clave en que surge la voz salada de las musas y donde por fin adivinamos qué es lo que vamos a contar, es, precisamente, el instante en que hay que comenzar a escribir prácticamente desde cero; de reescribir sin piedad ahora que sabemos qué va a suceder. Bien documentados sobre el tema y con un esquema ya definido será mucho más fácil avanzar con coherencia. Aun así la inercia de la imaginación en marcha nos deparará sin duda numerosas y suculentas sorpresas: nuevas ideas que jamás habríamos imaginado en un principio.

Una vez traspasada esa niebla el reto es mantener la atención del lector, suscitar su curiosidad y omitir toda paja de relleno. Conseguir enganchar es tarea difícil pero nunca imposible.

Así que hagamos que las historias sucedan…

                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


jueves, 7 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - El primer paso









Puede parecer irritante, para algunos, reconocer sin tapujos la cruel displicencia con que a veces nos contempla el destino. O dicho de otro modo, admitir con tristeza que una parte de nuestros anhelos, nuestros deseos o aspiraciones se quedan, por el momento, solo en eso, en pretensiones frustradas.

   Sin embargo, hay algo mucho peor que lamentarse de aquello que no ha dado los frutos esperados: mantenernos en la oxidada  desidia del inmovilismo.

 Al fin y al cabo los proyectos nos mantienen activos y optimistas, nos facilitan un oxígeno renovado y le dan a los días una certeza existencial de continuidad, de movimiento. Rehusar la malograda inercia vagamente consumista de las horas, de los meses y de los años es tan saludable como alimentarse bien o hacer ejercicio. Solo hay un paso, un simple gesto que separa la actitud de proyectar una idea o una pretensión y la de quedarse  adormecido por el desánimo. Es el paso más sencillo y a la vez el definitivo, pues nos saca de donde estamos aun cuando —como reza el dicho popular— no nos lleve por sí solo a ningún lugar.

“El primer paso no te lleva adonde quieres ir, pero te saca de donde estás”.

¿Qué puede aportarnos este minúsculo gesto ante el árido desierto de indolencia que nos rodea?, se preguntarán algunos, quizá los más pesimistas, o realistas bien informados como a veces se trata de justificar con cierto tono jocoso el desafortunado conformismo.

Lo que en realidad nos aporta ese primer paso es, ni más ni menos, que emprender un proyecto: la posibilidad de levantarnos y de ser capaces de caminar en una dirección. Sin demasiadas pretensiones que nos asusten y terminen por ahuyentarnos de la férrea idea de que es posible. Se trata de gestos, de ánimo, y de no desfallecer, sino de interiorizar nuestro propósito en la medida de las posibilidades que nos rodean.

 “Esto es lo que pretendo y este es mi primer paso”.

 Sin temor a ser juzgados por terceros, o incluso por nosotros mismos, de no llegar a alcanzar por completo nuestras aspiraciones. La satisfacción de intentarlo nos enriquece ya por sí misma, nos alimenta de esperanzas y erige nuevas estructuras neuronales.

Dar un primer paso, sólido y quizá tímido al mismo tiempo, es como abrir una ventana en una habitación envilecida por la asfixiante atmósfera de la pasividad cotidiana.
Arranquemos la corteza del prejuicio que a veces nos tienta a desfallecer y démosle a la dejadez de ánimo el bofetón que se merece.

Como decían los versos del poeta Antonio Machado:Caminante no hay camino, se hace el camino al andar”.



                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


viernes, 1 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - El gen de la espiritualidad




En el momento en que se escribe este artículo aún se considera que Homo hábilis, un homínido con un cerebro algo mayor que el de los australopitecus —estos últimos algo así como chimpancés bípedos— fue el creador de las primeras herramientas de piedra hace algo más de dos millones y medio de años. Durante aquel tiempo, en algún lugar del planeta, muy probablemente en África, se desarrolló un tipo de inteligencia social y tecnológica sin precedentes. Era una época en la que diversas especies de homínidos coexistían ramificadas a partir de antecesores comunes.

 Me gusta pensar, no sin cierta dosis de fantasía, en ese breve instante de la prehistoria del planeta donde ningún pájaro de hierro sobrevolaba los cielos, ni altos edificios colonizaban los llanos; donde todo estaba por descubrir y nada aseguraba la supervivencia. Pero lo que más me atrae en estas osadas elucubraciones es el momento concreto en que una de aquellas especies comenzó a hacerse preguntas mucho más complejas que aquellas relacionadas con la caza o el carroñeo. Preguntas más cercanas al plano existencial. Tal vez ese fue el comienzo, la evolución primigenia e incipiente de lo que hoy conocemos por ciencia y que tuvo su punto de partida en la filosofía. Sin embargo, prefiero centrar la atención en aquel homínido —u homínida— que se quedó maravillado al contemplar el fogonazo de un relámpago y fue capaz, por primera vez, de preguntarse por qué.

    El planeta ya no volvería a ser el mismo a partir de aquel suceso. Una cadena de acontecimientos y cambios medioambientales pulularon en la arcilla de lo azaroso y causal, sin dirección preestablecida, extinguiendo especies, mutándolas y  apoyándose en todo momento en el tamiz de los mejor adaptados y sus descendencias. El motor de la evolución que Darwin llamó Selección Natural.

   No puedo pasar por alto que el nacimiento de una autoconciencia compleja debió  dar lugar al concepto espiritual. Y que éste último, como muchos otros fenómenos psicosociales, sufrió los mecanismos que Darwin definía, evolucionando y formando parte de los factores positivos para la supervivencia, quedándose incluido en el porcentaje del acervo genético de las poblaciones. No obstante, debo puntualizar, no lo hizo exactamente como elemento absoluto de espiritualidad, ni como un gen exclusivo para ello, sino como una predisposición a estos efectos. Eso explicaría a mi juicio muchas cosas hoy día acerca del éxito y desarrollo de las religiones y de la inclinación al esoterismo en nuestra especie y en todas sus culturas por más remotas que estas se localicen.

Si fue así o no —como todo en la prehistoria jamás tendremos la certeza definitiva— el tiempo y la ciencia nos lo irán confirmando. Entre tanto regreso a mi homínido reflexivo y su cielo abierto, a su mirada vidriosa y a sus lejanos pensamientos.



                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


miércoles, 4 de abril de 2018

Claudio Hernández - El curioso caso del señor Carl Farmer





La mente humana esconde secretos que todavía hoy no han sido desvelados. Se conoce el efecto placebo o los llamados poderes mentales como la Telepatía, Telequinesia, Precognición o visión Remota entre otras cosas. Hay veces, en que el propio cerebro activa un filtro y ocurre una combustión espontánea. También está los hipocondriacos, capaces de crear una enfermedad que no existe. Y a todo esto ni los científicos ni los Psicólogos y sumo a los Psiquiatras Forenses, no saben dar una explicación exacta.

He aquí, que se ha llegado más lejos y de qué forma, tan inquietante como si la tierra dejara de dar vueltas.

Normalmente, cuando escribo las historias debo hacer un pequeño croquis de la misma antes de empezar para que todo cuadre bien y salga algo bonito. En este caso solo me limito a repetir una vieja historia clásica en Boad Hill que va de generación en generación y de boca en boca. Se trata del caso del señor Carl Farmer. Tan rápido como he dicho su título así será de corta su historia.

Intensamente enamorados, Carl y Emma se juraron que el amor sería hasta después de la muerte, y así fue. Una tarde de verano cualquiera, con su respectivo calor, Carl Farmer, que padecía del corazón, falleció en el acto. Cayó al suelo de forma fulminante y, en un catacrack casi estruendoso, su cuerpo rechoncho quedó estirado en el suelo. Emma, que estaba postrada en la cama, inválida, no podía más que mover un poco la cabeza y echarse a llorar. No podía hablar así, cuando menos pedir auxilio. Su marido era la única ayuda para ella en los últimos diez años. El cuerpo sin vida de su esposo distaba unos dos metros de la cama y la puerta del hogar de los Farmer estaba a siete metros.

De modo que la pobre Emma estaba condenada a morirse en silencio de inanición ese fatídico verano si nadie se percataba de la ausencia del señor Farmer en cualquiera de los lugares del pueblo donde solía hacer la compra de la semana. Pero los Farmer solían pasar largas temporadas en casa sin salir de ella. De modo que nadie les echó en falta durante los días que duró la tragicomedia.

Un día después, la vista de Emma alcanzó a ver que el cuerpo inerte de su esposo estaba a un metro de la cama. Mucho más cerca de cuando cayó fulminado al suelo. Eso le sobrecogió y alivió al mismo tiempo. Dos días después, el hediondo cuerpo de Farmer ya estaba casi al lado de la cama, en dirección a la puerta de salida. Emma solo podía llorar y llorar, pero creía haber muerto ella también porque estaba como en un sueño. Su ángel de la guarda, en este caso el señor Farmer estaba con ella. Pero no era un despertar y ya está, todo sucedía en realidad. Al tercer día, el fétido cuerpo ya estaba encaramado hacia la puerta, le faltaban cinco metros. De modo que necesitó que pasaran cinco días más hasta que el putrefacto cadáver llegara hasta la puerta y otro día más hasta que sus huesudos dedos ahora tras la hinchazón pudieran abrir la manivela de la misma para salir afuera. Al día siguiente de esto, medio brazo en la entrepuerta dio el grito de alarma.

Y así fue como una semana después de la muerte del señor Carl Farmer se descubriera a la señora Emma deshidratada en su lecho de cama. Lo sé, suena absurdo, pero así lo cuentan los viejos del pueblo y hasta ha llegado a la ciudad. Yo aquí lo añado porque a veces el amor es tan intenso que va más allá de la vida misma.
Y sí, me creo la historia.

Al fin y al cabo, todo cabe en una mente abierta.







Claudio Hernández - Escritor, Periodista, Dibujante, Ingeniero de Telecomunicaciones y experto en Ciberseguridad.

martes, 27 de febrero de 2018

Andrés Ruíz Segarra - La línea roja

  




La Real academia de la lengua (RAE) define la intimidad como:
«Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia». No todo el mundo está de acuerdo con esta definición, en cuanto a lo espiritual, pero está claro que los márgenes personales de la privacidad —esa línea que separa lo que otras personas tienen, o no, derecho a conocer y observar de nosotros— cada día es más difusa.

La cotidianidad de las tecnologías informáticas y la flaqueza de los individuos al utilizarlas de forma inconsciente, son los cimientos de esta férrea estructura de pluralizar lo íntimo o reservado mucho más allá de lo que pensamos. Sin embargo, la seguridad en sí misma plantea nuevas preguntas. ¿Es lícito que nuestra imagen sea registrada sin nuestro permiso o —aún peor— sin nuestro conocimiento? ¿Debería prohibirse que nuestros datos sean una mercancía de intercambio? ¿Existe un derecho a no ser localizado?
La letra pequeña es el peor enemigo de una sociedad tecnológica miope, y ello es bien sabido por quienes introducen suculentas y atractivas gratuidades en aparatos que nos espían a diario, que nos encuentran y registran nuestros gustos y amistades.

¿Qué debe hacer un individuo para preservar su intimidad entonces? ¿Desconectarse del mundo? He ahí el gran error de esta pregunta con trampa; el mundo es otra cosa.

La sociedad palpable no es la virtualidad de nuestros mensajes con emoticonos, ni de nuestras fotografías, por poner solo dos ejemplos sencillos. El lastre virtual que arroja este nuevo síntoma de las sociedades desarrolladas es un exhibicionismo adictivo que transforma a las generaciones y las arrastra al precipicio de las banalidades presuntamente necesarias. La falta de una educación y de una moralidad tecnológica pervierte el uso de la intimidad y la traslada a un plano vulnerable.

Sin embargo, la violación de este desusado concepto de lo íntimo se justifica con la inercia del crecimiento de Internet y de métodos de seguridad tanto en imágenes como de rastreo, de los avances tecnológicos a velocidades de vértigo y de los hábitos una sociedad moderna.

¿Somos acaso chimpancés con teléfonos móviles?
No parece importarle lo suficiente a nadie que los nuevos delitos de nuestro siglo relacionados con redes sociales, o con la difusión de imágenes robadas, pululen en nuestra sociedad como ratones de ciudad. La intimidad es un derecho que debería enseñarse desde la niñez. Perseguir el delito que ha surgido aprovechando la dejadez y el desconocimiento, así como de los propios intereses de la oligarquía, no nos devolverá la intimidad robada.

El márquetin, los mecanismos publicitarios y su séquito de vendedores precisan mecenas que realicen una captación personalizada. Provocarnos una necesidad de compra o adhesión es mucho más fácil si conocen bien nuestros gustos, nuestra intimidad, nuestros datos. El problema no está en la tecnología sino en nosotros mismos. La educación es la mejor arma de defensa contra la flor adormidera que nos convierte en meros consumidores. Perdemos el tiempo en el prejuicio innecesario que inunda las alcantarillas y se contagia como un virus: la autodefensa ante lo que imaginamos como agresiones culturales que levantan muros de xenofobia, y, sin embargo, toleramos la violación de nuestros derechos de intimidad convencidos de que en realidad no nos pertenecen. A veces los peores males son del todo invisibles.

Pero no caigamos en catastrofismos, a fin de cuentas la sociedad es adulta y crítica, además de independiente. ¿O tal vez no?
Quizá la engreída sociedad del primer mundo esté aún en la adolescencia de su evolución y deba acumular errores hasta que, un día, en su mayoría de edad, decida por fin aprender de ellos. El basto océano de la información denomina nuestra era, y a la vez nos esclaviza en ella. ¿Quién define dónde empieza y dónde termina nuestra intimidad si a fin de cuentas esa herramienta de espionaje le es útil a todo aquel que precisa de nuestra atención para sus propios intereses? Me temo que nadie más que nosotros mismos puede preservarnos de ese mal establecido; quizá con el esfuerzo de la autocrítica y la concienciación. Pero he pronunciado la palabra esfuerzo, y esta es una sociedad que camina de puntillas sobre el placer inmediato, la peor de las traiciones a nuestro uso de la inteligencia. Y, por contra, el mejor mecanismo para reclutar clientes sumisos e indefensos ante unos desvalorados derechos que poco a poco se van diluyendo.

La intimidad tiene una sombra cercana: el anonimato. Si entendemos este último no como un arma cargada de alevosía, sino como una mera forma de libertad, está claro que no existe. Quizá cuando un planeta globalizado termine por absorber hasta el último dato de todos y cada uno de sus habitantes, el paso siguiente sea prohibir la personalidad propia, libre, independiente. Porque incluso el pensamiento carece de libertad si se educa en una sociedad tomada por la manipulación a gran escala.

Necesitamos momentos de reflexión, de desconectar la virtualidad y observar lo que nos rodea. Tiempo de lectura en papel, de conversar cara a cara, de desaparecer y de elegir sin presiones. Necesitamos no necesitar un continuo control de nuestros actos, de nuestra vida. Un apagón de todo aquello que nos escruta y nos crea adicción.
La intimidad es respeto, libertad, sensatez, cordura. Es un pilar tan necesario como la sociabilidad misma. Nuestra especie precisa urgentemente de ese equilibrio para mantenerse sana.

La línea roja entre la intimidad y su vulneración hace ya mucho tiempo que fue traspasada. Nos hemos acostumbrado a ello y no parece que por el momento algo vaya a cambiar al respecto. Qué nos deparará el futuro…

                     
               
                                                                                  





  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


jueves, 22 de febrero de 2018

Celia Racero - Sueños por cumplir




¿Cuántas veces habéis ideado el plan perfecto para conseguir aquello que tanto deseáis y lo posponéis para mañana?

Dedicamos gran parte de nuestras vidas a soñar. Y eso está bien. Está bien pensar en cuál es nuestra vocación. Planear o imaginar. Todo ello es positivo. Pero existen dos tipos de personas. Aquellas que planean, esquematizan todos los pasos a seguir en una agenda y visualizan la escena. Y por otra parte, están las que no planean tanto y comienzan a hacer todo lo posible para que aquellos sueños se puedan palpar.

Vuelvo a repetir que planear o imaginar no es negativo. En ocasiones es necesario. Pero cuando ves pasar los años y aún no has empezado ni por el principio, te darás cuenta de que has cometido el mismo error que la mayoría. Pasarte toda la vida planeando.

Es muy sencillo mantenerse en la zona de confort y hacer lo que la sociedad nos ha impuesto. Cuántas veces habré escuchado en estos años las siguientes frases: “a la amiga de mi amigo le supuso un esfuerzo terrible y lo tuvo que dejar” “es que me han dicho que no tiene suficientes salidas” “puf, ¿estás segura? Mira que es difícil eh”.

Estas son las típicas palabras que hacen retroceder a cualquiera. La gente negativa solo te transmitirá miedo. Un miedo terrible a fracasar. Así que el primer paso para llegar a la cima es apartar a estas personas de tu vida. Una vez superada esta fase tienes que cambiar tus pensamientos. Cambiar la palabra imposible por un “es posible”. Cambiar el miedo a cometer errores por las ganas de adquirir mayor aprendizaje. Los “no sé si podré” por “claro que puedo”. Cambiar de modelo a seguir. Ninguna persona es lo suficiente importante como para darte lecciones de que lo que quieres o haces está mal. Así que en vez de seguir el camino de ellos fíjate en aquellas personas que hicieron historia por el enorme esfuerzo y tiempo que dedicaron a cumplir sus metas.

Ahora toca pensar en el camino adecuado que queremos escoger para conseguirlo. Elijas el camino que elijas siempre será el correcto. En ocasiones, te equivocarás o te dirán que no lo haces bien. Pero existe un millón de alternativas y siempre habrá una perfecta para ti.

No temas por tener las expectativas muy altas. Sueña a lo grande y los resultados serán inmensos. Pero cuidado. Aquí debes ir poco a poco.

Durante el proceso proponte cumplir las pequeñas metas una por una y así sucesivamente. Cuando estés cerca de conseguirlo no te lo creerás. Ese sueño ahora es una realidad. Esa realidad por la que solo tú apostaste. La realidad que tanto trabajaste. 

Cuando llegues aquí te sucederá algo muy curioso y ambivalente a la vez. Puede que te confunda. Pero es algo totalmente natural y humano. Te darás cuenta de que no es la parte más alta de la cima. Hay una infinidad de caminos y nuevas alturas. Y tú querrás pasear por todos ellos. Querrás cada vez más y más. 

Quizá a simple vista resulta un tanto ambicioso. Pero de esto trata la vida. De superarse a uno mismo. Así que hoy ya no habrá peros. Vas a darle la vuelta a tu situación. Te levantarás de esa cama calentita que te atrapa y saldrás a la calle en busca de todo lo que deseas. No importa que tengas quince, treinta, cincuenta, setenta o noventa años. Esto no finaliza aquí y ahora. Solo acaba de empezar. Aún queda mucho. Aún quedan muchos sueños por cumplir.






Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social