jueves, 28 de mayo de 2015

Cuando la perfección es sufrimiento
Camino Pastrana





  El halago que implica que algo está perfecto conlleva más complicaciones de las que parecen a simple vista. Puede que, a partir de ahora, el skillperfeccionista” se elimine del currículo ante la connotación más desafortunada de esta característica. Aunque socialmente el término perfección es un requisito muy valorado y demandado en el cv, el campo de la medicina se postula en contra: los problemas psíquicos que conlleva este rasgo personal rozan las depresiones o el síndrome burnout.

Lo que hoy quiero compartir con ustedes trata sobre un estudio que afirma que las personas que buscan constantemente un clímax de resultados de todas y cada una de sus acciones, están más expuestas a padecer problemas mentales.

Aunque no existe unanimidad científica sobre lo que abarca la extensión del rasgo perfeccionista, sí hay acuerdo sobre los efectos negativos relacionados con el burnout: un profundo agotamiento, el deterioro de la capacidad de rendimiento, distanciamiento de los compañeros de trabajo… y una intensa depresión difícil de tratar.

Ya en los años 70, el investigador de la Universidad de Michigan, Don Hamacheck, y pionero en el campo del estudio de esta patología, bautizó como neuróticos a los más perfectos perfeccionistas. Las corrientes modernas lo simplifican, acuñándolo de trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad.

La RAE bautiza este fenómeno básicamente como la tendencia a mejorar infinitamente un trabajo, considerándolo por tanto inacabado. ¡Qué definición (y patología) tan exenta de belleza! Nada motiva a este sujeto, nunca experimentará el gusto de un resultado satisfactorio y concluyente.

La autoexigencia implica exponerse a uno mismo a un estado de perfección nunca satisfecho por inexistente, ya que nada es suficiente y se cierra el corazón a la naturaleza libre. Esa búsqueda eterna del inconformista para quien el tiempo no está disponible, hace que su mentalidad se alimente de miedos, apegos e inseguridades, y su vocabulario se torne en repetitivo adoptando constantemente los términos “tengo y debo”.

Otros muchos científicos consideran que los perfeccionistas asocian su infancia a un sentimiento de culpa, ya que para sus padres nunca ejecutaron correctamente una tarea. Con la madurez, se rodean de máximas aspiraciones totalmente mundanas, buscando una aprobación de los demás (que no tienen de sí mismos), a los que tampoco consideran buenos jueces por no superar su propio y devastador baremo.

Esa ansiada minuciosidad conlleva a pagar un precio muy alto. Menor libertad, sin disfrute, abrazar la angustia, respirar el fracaso. Sufrir con el rechazo a la normalidad, surcar la inseguridad, profundizar en la toxicidad. Prisioneros de un juicio sin veredicto, para quienes la única cura a su exigencia feroz es la aceptación.


Si alguno de ustedes, buscador acérrimo de este estado etéreo e insatisfecho, quiere someter mi pequeño artículo a sentencia, sepa que no me importa. Yo disfruto de la fruta imperfecta, de las sonrisas con personalidad, de las relaciones bellamente erráticas, de las causalidades maravillosamente imprevistas.



Camino Pastrana


Camino Pastrana | Periodista



miércoles, 27 de mayo de 2015

La felicidad
Martinowsky




Había un señor que decía (cantando) que para ser feliz quería un camión. No sé si mantendría esta afirmación algunos días en las autopistas de entrada o salida de algunas grandes ciudades tras una nevada, pero, sin duda, ese señor había encontrado algo muy importante: sabía en qué consistía su felicidad.

Hay muchos otros que se pasan la vida buscando qué es ser feliz y no todos lo encuentran. Un marajá multimillonario de la India, afirmaba a sus ochenta años que en toda su vida, solo había sido feliz diecisiete minutos, no seguidos. Para muchos está claro que el dinero no da la felicidad. Otros ridiculizan esta afirmación añadiendo coletillas como “...pero ayuda mucho” o “tendré que prescindir de la felicidad porque sin dinero no puedo vivir”.

Algunos dicen que la felicidad consiste en disfrutar de los pequeños detalles de la vida. Lo he intentado pero no funciona. Aparte de que tengo algo de vista cansada y ya empiezo a necesitar gafas para ver de cerca, utilizando una lupa he recorrido cosas que tenía al alcance de mi mano. 

Ha sido curioso fijarme en los pequeños detalles pero no me he sentido especialmente feliz. Lo era más cuando utilizaba el microscopio aunque tampoco duraba demasiado. ¿A qué se refieren cuando dicen "pequeños detalles"?.

Googleando un rato he encontrado algunas recetas que me han parecido útiles para ser feliz porque hoy ha amanecido nublado y, a mí, la oscuridad me produce tristeza. He leído que "La felicidad es darse cuenta de que nada es demasiado importante."(Gala). No está mal y algo así ya intuía yo, pero eso solo me quita algunas preocupaciones. ¿Es eso la felicidad?

Confucio decía que “Quien pretenda una felicidad y sabiduría constantes deberá acomodarse a frecuentes cambios". La frase es ingeniosa pero no es una receta para ser feliz. Me convence más esta de Stuart Mill: “He aprendido a buscar mi felicidad limitando mis deseos en vez de satisfacerlos." O esta otra, aunque no sé si la he entendido bien: "Si estamos en un cuarto oscuro y decimos que no hay luz es porque alguna vez hemos visto la luz. Algo parecido sucede con la felicidad."

Voy a probar con esta: "La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz.". O esta otra "Ayudar al que lo necesita no solo es parte del deber, sino de la felicidad". Esta última sí me gusta pero salvo aportar dinero a Médicos sin Fronteras no veo cerca de mí a nadie muy necesitado. Algunos necesitan ayuda, sí, pero psicológica; y otros necesitan un ayudante que les quite algunos marrones enormes que no les deja levantar la vista del ordenador.

Tras varios minutos he encontrado una posible vía de por dónde pueden ir las cosas: "El éxito consiste en obtener lo que se desea. La felicidad, en disfrutar lo que se obtiene”.

Yo tengo algunas definiciones propias de felicidad pero son muy particulares. Felicidad es cuando deja de dar martillazos el vecino de arriba. Felicidad es llegar al baño tras una ecografía en la que has tenido que aguantarte el pis durante dos horas. Felicidad es que en lugar de decirte que no, te digan que sí. 

Felicidad es que te haga efecto el Nolotil y se te quite el dolor de muelas, que se ponga al teléfono la persona a la que llamas, que el de delante del semáforo arranque rápido, que vuelva la señal de la Sexta, que en el tubo de la pasta de dientes quede algo apretando mucho, al menos hasta mañana; que no les duela nada a las personas que conozco (y quiero) pero que sí les duela un pie a algunos que yo me sé, que no se corte la luz mientras escribo esto y se borre, ya que no he sacado copia....

Puede que sea absurdo buscar una definición universal de felicidad, salvo la ausencia de dolor. Cada uno tiene la suya. Y tal vez sea mejor olvidarse de esa palabra o usarla en plural: felicidades. Para unos es que gane el Barça, para otros que el análisis diga que tiene bajo el colesterol, que la niña ha aprobado la selectividad, que el malo muera al final de una película, que el jefe sonría al presentarle el resultado de un trabajo, que el balón entre en la portería, que llegue mañana, vender un cuadro, comer langostinos....


A lo mejor el día se compone de momentos y el secreto está en disfrutar de cada uno. No sé, voy a probar.



Martinowsky





  Martinowsky | Filósofo y Escritor




lunes, 25 de mayo de 2015

Cuando el gazpacho huele a verano
Camino Pastrana




Salvo para los amantes de este zumo de verduras, saborear un gazpacho en invierno no pega... Porque está fresquito, crujiente si lleva verdura cruda picada como guarnición, y su sabor recrea en la mente un recuerdo que toma de la mano con gusto la imagen de los meses más calurosos del año. 


Así juegan nuestros pensamientos. Por el olfato son capaces de transmitirnos sensaciones muy profundas, de transportarnos al recuerdo, por ello es tan especial la gama emocional de olores que el cerebro reconoce.

No puedo evitar dibujar una sonrisa somnolienta cuando, al abrir la ventana y levantar la persiana, el sol brilla a pesar de que amenazan las bajas temperaturas... es entonces cuando respiro profundamente y me digo que el aire huele a navidad. Huele a madera, mezclado con castañas, al sol que acaricia el rocío mañanero helado, tentado a derretirlo.


O cuando todos nos deleitamos con el olor a tierra mojada después de una lluvia, y es inevitable pensar que huele a agosto; o cuando la piel, postrada al sol después de un rato, huele a calor; o cuando apartamos de nuestro lado el cómodo kindle, para dividir en dos el lomo de un libro y absorbemos profundo para atrapar su esencia.



De pronto, a veces un jardín huele a verano, la brisa huele a mar, el campo huele a otoño, una colonia huele a un día señalado, un árbol huele a fresco, las flores huelen a cumpleaños y las personas huelen a sí mismas. 

Hoy les confieso ser adicta a dar nombre a los olores, porque cuando alguien se va, solo nos queda su olor y es por poco tiempo. Y es entonces cuando el corazón se dedica unos instantes y nos quedamos callados, pensando en qué recuerdo es el que nos evoca ese olor, en cuándo lo sentimos por última vez, y en cuánto nos deleitó.

Es una nimiedad del sentimentalismo, esto que les describo. Pero es una muestra más de la grandeza que Dios puso en nosotros que obvió en el resto de las criaturas. Porque ellas pueden oler, quizá recrearse en el recuerdo de lo que produce ese olfato curioso, pero solo por supervivencia, por inercia natural. 
Nosotros podemos hacerlo sin darle una utilidad concreta más que la del placer, solo por brindarnos a nosotros mismos sensaciones que acarician el alma.

Esa es la magia del recuerdo, la sinestesia, que aúna un sentido primario, escogido de entre los cinco para ser el más evocador, con una sensación ya vivida, un registro de la memoria. Prodigioso el arte de unificar, de viajar de nuestra mente y nuestro sentimiento. Admirables momentos en los que, cabeza y corazón, abandonan su antagonismo puro.



Camino Pastrana


Camino Pastrana | Periodista




Apreciación del arte
Beatriz Rodríguez




Tener la capacidad de apreciar una obra artística es una cualidad notable que completa el conocimiento humano. Cuando una persona se sitúa frente a un cuadro no debe valorarlo únicamente con la impresión que le ofrecen los ojos. 

Es necesario realizar un viaje hacía el espíritu del artista: comprender sus sentimientos, sus pensamientos y por supuesto tener constancia de sus circunstancias vitales. 

Esta idea debió de pasar por la cabeza de Vasari, famoso escritor italiano que se convirtió en el biógrafo coetáneo de los artistas del Renacimiento.

En los libros sobre Historia del Arte, cada uno de los protagonistas que aparece ha conseguido adaptar e interpretar la realidad creando obras admirables. De esta forma, dando su propia expresión, la confrontación de estilos se ha convertido en un legado fundamental para la Humanidad.

En primer lugar, valorar justamente una obra de arte se convierte en una tarea muy complicada porque intervienen numerosos factores. La mayoría son considerados criterios subjetivos. No obstante, un criterio objetivo que desempeña un papel destacado en el juicio es la coherencia de los elementos que constituyen la síntesis unitaria. 

Esta coherencia que revela el lenguaje artístico está conformada por la línea que aparece dibujada en los perfiles, los tonos de luz y las sombras que crean los efectos del claroscuro, el color y el movimiento. El hecho de llegar a percibir todos y cada uno de estos elementos, junto con los aspectos afectivos y sensitivos, facilita la apreciación de la obra.


Muchos autores se han preguntado sobre el valor eterno en el Arte. La persistente ambición de crear obras destinadas a perdurar en el tiempo está siempre en la mente del artista. A pesar de lo dicho, el valor principal que se desprende de lo anterior es que el arte debe estar siempre en estrecho contacto con los actos y los sentimientos humanos más profundos para que, de esta manera, trasciendan y se conviertan en valores universales.



Beatriz Rodríguez Cuadrado 










jueves, 21 de mayo de 2015

Viajar contigo - Elena Escura




¿Has hecho alguna vez las maletas y te has largado, solo, hacia un destino desconocido?


¿Qué significa viajar solo? Viajar solo significa subirse a un tren con un libro, cerrarlo de golpe cuando el sol te acaricia las mejillas y dormirse. Significa retomar el libro una hora después, o dos, y hablar con un desconocido. Significa bajarse de ese tren porque un paisaje te gritó, desde la ventanilla, que lo pisaras, que lo descubrieras. 

Viajar en soledad es improvisar, es dialogar con uno mismo y al minuto siguiente hacerte callar. Es escuchar el silencio de lo nuevo, que muchas veces parece saturado de voz, y comentarios, y observaciones, cuando viajamos en compañía.

A veces tememos aburrirnos en soledad, o sentimos cierta vergüenza de aventurarnos solos en un viaje. ¿Por qué? Dicen que los que viajan solos viven cosas extraordinarias. Y es que uno nunca está solo en un viaje, lo acompaña el mero hecho de descubrir.

Y cuando hablamos de descubrir, no hablamos solamente de los lugares físicos, sino de nuestros propios lugares, nuestros propios gustos. Y es que parece que cuando viajamos solos nos damos cuenta de lo que verdaderamente nos apetece hacer en cada momento. ¿Recuerdas aquel viaje a Roma en el año 99? Imagina por un momento que en vez de madrugar y subirte a ese bus turístico, te quedas durmiendo hasta las once. Imagina que llegas a ese café que viste al bajar del taxi; ese de fachada desconchada, de mesas roídas y cojas, pero donde intuyes que deben preparar el mejor capuccino de Italia. Imagina que pasas de largo el bufé desayuno del hotel para sentarte en la terraza de ese café para, simplemente, mirar a los viandantes. 

A veces, los nuevos lugares se mezclan con las habitaciones secretas de uno mismo, con pequeños cofres cerrados que, repentinamente, se abren con la visión de un nuevo escenario. Y es que, en ocasiones, la soledad es el estado perfecto para abrir cofres y puertas que llevan cerrados mucho tiempo. 

Quizás lo interesante de viajar con uno mismo es que en cierto momento arranca un tímido diálogo con un yo que habíamos olvidado, muy dentro de nosotros. Y empieza entonces a despertar una especie de estado de gracia, un estado dulce y borracho de libertad. Recuerdas que tú también eres ése, el que se duerme flotando en el mar y olvida la hora de comer. Eres también la que echa a caminar en una ciudad desconocida, sin mapa y sin móvil, en un arrebato salvaje de atrevimiento urbano. Eres también el que mira la hora en la terraza del café y descubre sonriente que se ha perdido el tour por el Coliseo. Y también la que roza su mano con la de un desconocido, y sonríe. 

Viajar solo es recapitular, con la paciencia de un artesano, una antigua lista de pequeños placeres olvidados. Es una ventana a uno mismo, y un reto por cumplir. ¿Te atreves?

Elena Escura






Elena Escura | Escritora y guionista



Viaje al pasado y al aroma de las letras
Zena Santana




  El olfato: esa cosa tan abstracta que nos transporta a lugares y tiempos del pasado, incluso del futuro.

A las galletas que hizo mamá un día, allá por el año 83. Al entrañable olor de nuestros juguetes de la infancia. De nuestra abuela. A la casa de un amigo que tiene gatos. En fin.

El sentido del olfato nace con nosotros, y va despertando poco a poco, alimentándose de estímulos (sustancias químicas en el aire), y va creciendo de experiencias, de olores y nuevos olores. Está en constante aprendizaje.
Como nosotros. Tal cual. Y así vamos etiquetando y asociando olores a sensaciones

Y así creamos en nuestro cerebro un esquema olfativo único y particular; personal e intransferible (exclusivo como nosotros mismos). Parece sencillo, ¿verdad? Pues no lo es. Aquí interviene una compleja red de narices, de percepciones y fosas nasales, pituitarias y moléculas, membranas mucosas y sus mocos, significados y significantes, de ricos aromas o de efluvios muy apestosos..., de ahí que el sentido del olfato es considerado como “el sentido químico”.

Se sabe que percibimos las moléculas volátiles de las sustancias llevadas por el aire al inspirar. Y que si aspiramos con fuerza, aumentamos las posibilidades de olor y, por consiguiente, la molécula arrastrada. 

En este esquema olfativo tan único e intransferible, hay un olor muy recurrente que nos transmite a todos una sensación, por lo general, común: el olor a libro. ¿A quién no le gusta a lo que huelen los libros? ¿Por qué aspiramos más fuerte cada vez que cogemos un libro en nuestras manos, antes de ojearlo? Lo primero es olisquearlo. Sí. Es muy tierno
y romántico. Pura química. O como decía el escritor César González Ruano: “los libros se huelen, y después, algunos se leen”.

Lo que conocemos como “olor a libro nuevo” proviene de tres orígenes básicos: 1) el papel y los compuestos químicos utilizados en su fabricación, 2) las tintas que se han usado para imprimir el libro, y 3) el pegamento utilizado en su encuadernación. 

Todas estas sustancias químicas liberan varios cientos de compuestos orgánicos volátiles. Como la vanilina, que proporciona un ligero aroma a vainilla, el benzaldehído (esencia de almendra), el etilbenceno y el tolueno, y el 2-etilhexanol, alcohol orgánico que contribuye con su perfume floral. 

Ahora adentrémonos en una vieja biblioteca plagada de libros antiguos. Ese “olor a viejo” que desprenden estos libros nace de la degradación de sus componentes, principalmente celulosa y lignina, procedentes de la madera. Además, la lignina es el polímero causante del matiz amarillento en el papel por efecto de su oxidación. Genial. Toda una vivencia orgánica.

Es en este punto donde descubro la maravillosa relación orgánico-intelectual entre el libro y el lector. Porque se sabe también de la existencia de una curiosa alteración, o “alucinación olfativa”, que consiste en la manifestación súbita de sensaciones olorosas espontáneas, sin influencia de ningún estímulo exterior. Creo que a esto huelen, metafóricamente, los libros que leemos. A la fragancia que va impresa en el papel, que son el sudor y la sangre invisibles de cada libro.

Así, Blancanieves huele a manzana envenenada y a compasión. “Mi planta de naranja-lima” a lo amargo de un pomelo. “Los Cinco” de las novelas de Enid Blyton huelen a galletas de jengibre y a las salchichas de su querido perro, Tim. Jean Paul Sartre huele a ateísmo amaderado. También está el olor a pared húmeda de Edgar Allan Poe, o la dulce locura que rezuma Don Quijote en sus andanzas con Sancho Panza. Y los “Cuentos de la Alhambra”, naranjas y azahar. Sherlock Holmes huele a misterio, y Agatha Christie a triste ciprés. No describiré aquí el aroma de “El Perfume” de P. Süskind, por demasiado obvio y manido. Indiscutible es el olor a melocotón en almíbar de la obra de Miguel Mihura. El pestilente canibalismo feroz en la “comida campestre” de Cizia Zykë; y las emanaciones a pis y a cerveza del gran destartalado Charles Bukowski. Todos los libros poseen espíritu fragante.

Leer es siempre una gran aventura, apasionante, que nos transporta con sus letras y con su olor (metafórico o literal) a mundos inéditos. ¿Acaso no has viajado, al principio de esta lectura, al olor de los juguetes de tu infancia?


Zena Santana 





Zena Santana | Diseñadora gráfica y editorial


miércoles, 20 de mayo de 2015

Cuando el trabajo es salud
Camino Pastrana








  Ya lo dice esa canción, “tres cosas hay en la vida”. No hablemos hoy de la salud ni del amor, aunque están mucho más relacionados de lo que parece; ni tampoco del dinero… Discutamos acerca del trabajo, fuente de ingresos de la mayoría de los mortales, y digamos mayoría para no divagar sobre corrupción y millonarios de dudosa reputación.



El curro es un derecho que la crisis nos ha disfrazado como privilegio. Qué lástima. Pongámonos ahora en ese maravilloso supuesto del que no disfruta la octava parte del activo español. Muchas de esas personas pasan más tiempo en su oficina o lugar de trabajo que en su propia casa.



Muchas de esas personas pasan por lo tanto más tiempo con sus compañeros de trabajo que con sus parejas, familia o su perro. Y he aquí el meollo de la cuestión que hoy nos incumbe: relaciones laborales.



¿Sabían ustedes que llevarse bien con los compañeros mejora el rendimiento laboral y es bueno para la salud? Ese tipo de relaciones no siempre son fáciles. Además, actualmente trabajar bajo presión es prácticamente una cualidad a exigir hasta a los becarios. Los compañeros no siempre son comprensivos, amables o empáticos. Sin embargo, un estudio de la universidad de Tel Aviv (Israel) ha demostrado que obviar todas esas diferencias es beneficioso para la salud a largo plazo.



El estudio se ha llevado a cabo con 820 adultos trabajadores a lo largo de 20 años, y los científicos concluyeron de forma contundente que aquellos que no se sienten cómodos en su entorno laboral tienen 2,4 más probabilidades de morir. Los resultados se han recogido y analizado en la revista Health Psychology.

Muchas multinacionales ya conocen estos riesgos, y por ello buscan crear ambientes cómodos dentro y fuera de la oficina para sus trabajadores. Por muy extraño que nos parezca, aunque cada vez ya menos, es muy común que en las bodas de muchos californianos los “best men” y damas de honor sean compañeros de trabajo. Es más, quienes organizan las despedidas de solteros son los compañeros de trabajo, con quien ellos y ellas van de compras es con compañeros de trabajo, con quienes cenan los viernes, con quienes juegan la liga de fútbol y con quienes comparten confidencias… son compañeros de trabajo. Y en ocasiones, hasta el cónyuge es compañero de trabajo. Si este estudio es absolutamente cierto, los californianos nos sobrevivirán a todos.

Y si partimos de la certera teoría de que un empleo desmotivador y de baja calidad causa depresión, llevarse mal con los compañeros es sin duda el motivo de una malísima salud mental y por tanto física.

Lamentablemente, el actual desregulado y mediocre mercado laboral ha facilitado el empeoramiento de las condiciones de trabajo. Si a eso le sumamos una mala relación con las personas con quienes se comparte la mayor parte del tiempo… la canción sobre salud, dinero y amor nos deja ver que no nos queda nada. Haya pues paz y cordialidad en la oficina.

Camino Pastrana


Camino Pastrana | Periodista





martes, 19 de mayo de 2015

Primera parada, las emociones
Laura Álvarez





Una joven pareja se acerca a una librería infantil en busca de un cuento para su hija, que acaba de cumplir tres años. La dependienta les muestra algunos libros con dibujos de colores vibrantes, texturas y sonidos, y otros con divertidas pestañas para que interactúe con el libro. Decepcionado, el padre dice que lo que quiere es un libro donde venga simplemente una palabra por página pero sin dibujo: “Es que mi hija es muy lista, ¿sabe?, y cuando ve una palabra sabe decir exactamente lo que es, lo que pasa que siempre viene la foto que corresponde a la palabra y no quiero que reconozca la imagen, sino que lea”. 

Tal vez alguien debería tranquilizar a este padre y decirle que en una futura entrevista de trabajo nadie le preguntará a su hija a qué edad empezó a leer, pero sí, en cambio, pondrán a prueba su inteligencia emocional y su reacción ante determinadas situaciones, la cual puede verse afectada por una exigencia intelectual prematura durante su infancia. 


Cuando fuerzas las cosas, se rompen 

La psicobióloga Milagros Gallo, señala que: “El entrenamiento en tareas demasiado complejas, antes de que el sistema esté preparado para llevarlas a cabo, puede producir deficiencias permanentes en la capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida”. Y es que los niños también necesitan momentos de aburrimiento que les permitan desplegar su imaginación y su creatividad

En la primera infancia, el niño necesita aprender a manejar las emociones, que serán la llave para adaptarse a los estímulos de ese nuevo mundo. Tener tiempo y libertad para reconocer, distinguir y experimentar las emociones, será fundamental para luego pasar a expresarlas mediante el juego y la palabra. 

Los psicólogos y pedagogos apuntan que el nivel que el pequeño alcance en la gestión de las mismas, será lo que marque su capacidad para afrontar la vida, y para desarrollar la tolerancia a las frustraciones del día a día en la edad adulta. 

Como padres, es necesario entender que además de alimentarlo y darle cariño, hay que respetar su tiempo de exploración, fomentando su propia curiosidad. Si nos empeñamos en atosigarle con mecanismos de sobreestimulación, estaremos llevando a cabo, en toda regla, una castración creativa, vulnerando su individualidad. 


La comunicación y la empatía, dos aliados de los padres 

¿Cuántas veces habremos oído decirle a un niño “no llores” cuando tiene una pataleta en público? Tan malo es censurar su necesidad de expresarse, como sucumbir a sus exigencias solo para que deje de armar un escándalo delante de la gente. 

Sí, es verdad; si eres madre seguramente habrás recibido consejos de familiares, amigos y de la peluquera del barrio sobre lo importante que es ignorar al niño cuando llora para que se haga menos dependiente y para que no se convierta en un caprichoso. Pero una cosa es no ceder al chantaje de, por ejemplo, comprarle el juguete que se le ha antojado, y otra cosa es ignorar sus sentimientos, lo que puede afectar a su autoestima y a su capacidad para establecer relaciones sociales.

En lugar de eso, los expertos recomiendan tratar de entender qué problema o temor está detrás de esa reacción y ayudarle a encontrar la manera de expresar esas emociones de una forma adecuada para que, el llanto o el enfado, que son expresiones naturales del estado de ánimo, no se conviertan en su manifestación extrema, como los ataques de ira. De esta forma se podría evitar una respuesta agresiva del niño, ante su vulnerabilidad frente a los fracasos.

¡Pero tranquilos, papás! Vuestra empatía será un gran aliado en esta ardua tarea; es decir, vuestra capacidad para reconocer las señales emocionales del niño y saber escuchar atentamente más allá de las palabras: “Lo más importante en la comunicación, es oír lo que no se está diciendo” (Peter F. Drucker).


Mamá y papá también se equivocan 

Siendo realmente sinceros, no podemos tratar de conseguir que nuestro hijo desarrolle unos valores emocionales sanos, si nosotros no damos ejemplo de ello. Y no, no se trata de ser perfecto delante del niño en todas y cada una de nuestras acciones, pues ya sabemos que las fuentes de estrés del día a día pueden jugarnos malas pasadas. Simplemente consiste en que, cuando tomamos una mala decisión o reaccionamos de forma incorrecta, le hagamos entender al niño que los padres también se equivocan, reconociendo nuestro propio error, y mostrándole que esas acciones también conllevan consecuencias no deseadas. 

En definitiva, de la misma manera que no podemos exigirle la perfección a una personita que apenas acaba de llegar al mundo, sometiéndolo a una tormenta de estímulos, tampoco podemos pretender que nuestros hijos nos vean como seres divinos y perfectos. De hecho, el saber que todos podemos cometer fallos y aprender de ellos, será lo que, posiblemente, le ahorre una gran frustración en el futuro, además de ayudarle a desarrollar su propia empatía.

Laura Álvarez


  Laura Álvarez |Periodista

lunes, 18 de mayo de 2015

Dormir para no engordar
Iria Fontoira




Carlos tiene 8 años. Pertenece a una familia de clase media de un país desarrollado con acceso al sistema sanitario y escolaridad obligatoria. Desde hace un par de años el peso del pequeño ha aumentado más de lo recomendado para su edad y estatura. Sus padres preocupados por la situación, deciden investigar las posibles causas de la incipiente obesidad del niño.

Tras varias lecturas contrastadas, descubren un factor que no habían contemplado hasta el momento, el sueño.

Cuando pensamos en las bondades del sueño, solemos identificar rápidamente indicadores que nos revelan si éste está siendo reparador, y por lo tanto contribuye al buen estado de ánimo y al rendimiento físico y mental, o si por el contrario, está repercutiendo negativamente en la manera de afrontar el día a día y en consecuencia se presentan estados de somnolencia y sensación de fatiga. 

¿Pero qué otros aspectos menos tangibles interfieren en el funcionamiento del organismo a través del sueño? Además de las funciones ya conocidas que realiza en el crecimiento, la reparación de los tejidos, la consolidación de la memoria o la regulación de los procesos de aprendizaje, se ha descubierto que el sueño incide directamente sobre diversos patrones endocrinos. 

El sueño tiene un rol clave en la actividad metabólica, reconocible en los niveles de cortisol (una hormona implicada en la reacción al estrés) en la sangre, en la respuesta inmune, en la capacidad del organismo para procesar glucosa y en el control del apetito. 

Por lo tanto, la falta de un sueño nocturno en la cantidad y calidad recomendadas para la edad infantil, supone alteraciones sobre el apetito y el gasto energético, pero además provoca un efecto negativo sobre capacidad del organismo para administrar la glucosa necesaria y el consiguiente riesgo de padecer diabetes tipo 2. 

¿A qué se debe entonces el aumento del índice de masa corporal? Si indagamos un poco más, descubrimos que ante la carencia de una pauta saludable de sueño se producen cambios en las hormonas que controlan el hambre, provocando una disminución de leptina (reductora del apetito que advierte de la saciedad) y un aumento de grelina (estimulante del apetito que despierta la sensación de hambre). Así a la hora de elegir alimentos bajo los efectos de la falta de sueño, existe una tendencia a seguir el impulso del cerebro asociado con un mayor deseo por la elección de alimentos altamente calóricos y menos saludables. 

De todo lo anterior podemos afirmar que el sueño es un factor que tiene un impacto directo en la obesidad. 

Diversos autores sugieren algunas pautas de higiene del sueño infantil entre las que recomiendan que los niños de 6 meses a 2 años no deben dormir menos de 12 horas al día, los de 3 a 4 años nunca menos de 10 horas y para los de 5 a 7 años un mínimo de 9 horas diarias.

Sin embargo, los padres de Carlos no han reflexionado sobre otras variables que también intervienen en el problema ¿Qué hacen los niños en esas horas que no dedican a dormir y que incrementan la oportunidad de comer? Numerosas investigaciones han relacionado el aumento de la obesidad en los países industrializados, con una constante disminución en las horas de sueño y los hábitos de ocio que caracterizan las vidas sedentarias de los niños, y afectan a su sistema endocrino produciendo sobrepeso y obesidad infantil.

¡Tema que no puede dejarnos indiferentes y que abordaremos en nuestra próxima entrega!

Iria Fontoira



 Iria Fontoira Pedagoga, Psicóloga del Trabajo y Escritora



jueves, 14 de mayo de 2015

Síndrome de Diógenes Digital
Tomás Álvarez





Los expertos no se ponen de acuerdo sobre el verdadero culpable de una nueva enfermedad, aunque coinciden en la necesidad de avisar a las autoridades para que tomen medidas preventivas. Cada vez acuden a las consultas más personas con síntomas parecidos.

Todo empezó por un avance tecnológico que pasó casi desapercibido: las memorias de varios Gigas. Introducidas en las cámaras digitales permiten a los usuarios sacar miles de fotos de forma gratuita. Los ordenadores son capaces de almacenar cientos de miles de ellas sin inmutarse. Estos tres elementos (memorias enormes, cámara digitales baratas y portátiles muy potentes) componen una mezcla explosiva que, en poco tiempo, pueden tener consecuencias devastadoras para la sociedad.

Un paciente típico podría ser alguien que dispara compulsivamente su cámara ante todo lo que se le pone por delante. Vive tan apresuradamente y viaja tan rápidamente que devora la realidad para digerirla más tarde. Su lema parece ser el de “fotografío luego existo”. 

El problema llega en casa, cuando se empeña en poner orden en todo aquello que almacena. Manejar cientos de miles de archivos y ordenarlos por temas, por fechas, por lugares o de cualquier otra manera es una tarea que necesita decenas de noches enteras sin dormir. Si a esto se une el diabólico invento del Photoshop que permite mejorar incluso las fotos tomadas con la tapa de la cámara puesta o aquellas dirigidas directamente hacia el Sol, no es sorprendente los ojos aplanados que presentan algunos individuos.

Muchos jefes de personal se quejan amargamente de las prolongadas ausencias de empleados valiosos tras unas vacaciones , de su aire ausente en las reuniones de trabajo, de las conversaciones en las que sacan constantemente y sin venir a cuento los términos de saturación, nitidez y contraste.

Algunos hijos yacen abandonados en sus cunas porque los padres están intentando ordenar lo inordenable. Es inmensa la cantidad de ropa que se acumula en las cuerdas de los tendederos simplemente porque sus dueños no pueden dejar de hacer subdirectorios y subdirerctorios de subdirectorios para meter (inúltilmente por inabarcable) fotografías de planta ordenadas por colores, por número de estambres o de patos ordenador por lagunas.

Montones de comida se pudren en las neveras porque sus dueños tratan de ver todo lo que han acumulado en sus inmensos discos duros.

El autor de estas línea sin ir más lejos, inocente víctima de la enfermedad, está intentando clasificar las fotografías de los bañistas de una playa por colores de los bañadores, por longitud del pelo de las nadadoras y por zonas geográficas del litoral según el brillo del cielo cada hora del día. Más tarde intentará hacer lo mismo con los visitantes de los mercadillos veraniegos.

El cinturón no engaña y, como apenas hay tiempo para comer porque soltar la cámara de fotos supone un angustioso periodo sin detener el tiempo, se le empiezan a caer los pantalones por haber perdido en unos días casi siete kilos. 

Esta nueva forma del Síndrome de Diógenes Informático (SDI) se extiende cada vez más. Aviso de que se acerca una epidemia de proporciones apocalípticas. 

Tomás Álvarez


  Tomás Álvarez Diseñador Gráfico / Fotógrafo



miércoles, 13 de mayo de 2015

Una idea peligrosa
Martinowsky




Hay una idea, o más bien una intuición, que al perro filósofo le surge cíclicamente desde hace algún tiempo y que, al ser peligrosa, intenta rechazar. Por honestidad debería explorarla y, en su caso, aceptarla, pero ello le supondría un cataclismo mental de tales dimensiones que una parte de su cerebro se niega y supone que sus razones tendrá. 

La idea, resumida en ejemplos, es la siguiente: ¿No es más exacto el conocimiento que tiene de un paisaje un pintor impresionista que el que consigue un geólogo o un botánico?; ¿quién conoce mejor los recovecos de la mente humana, un buen novelista o un psicólogo?;¿quién siente con más intensidad el vértigo del inmenso vacío cósmico, un poeta o un astrónomo?; ¿quién conoce con mayor precisión lo que hace llorar a un niño, la intuición de su madre o un pediatra?

O dicho de otra forma: ¿Y si la ciencia no fuera la mejor forma de conocer el mundo y esto se consiguiera más intensamente mediante la intuición o el arte?; ¿y si lleva toda la vida defendiendo una tesis que, en el fondo, es profundamente equivocada?; ¿y si esta idea de la superioridad de la ciencia, más que una convicción, no fuera más que un síntoma de alguna neura profunda que comparte con muchos otros? 

Aceptar esta idea le supondría un cambio mental comparable al que sufriría un ateo que, de repente, se convence de la existencia de Dios. O la de un creyente al que le sucede lo contrario, o un tiburón de la bolsa que se convierte en comunista, un militar que se integra en un grupo pacifista o un nazi que, de pronto, descubre la profunda hermandad de todos los seres humanos.

Y lo peor es que la idea cada vez le convence más. Está casi a punto de tirar a la basura todos los libros que contienen fórmulas matemáticas (sus grandes tesoros) y empezar a dibujar, aprender a tocar la guitarra, intentar describir un encuentro amistoso o una despedida y todo ello para conseguir algo que lleva intentando desde que tiene memoria y que no es otra cosa que enterarse de cómo funcionan todas las cosas que le rodean.

Espera que todas estas dudas se deban a alguna mala digestión o al extraño invierno que está pasando porque, de lo contrario, se ve con una banderita recibiendo al Gran Perro Comunicado Directamente con el más allá y eso sí que no. Una cosa es tener de vez en cuando alguna higiénica crisis de convicciones y otra muy distinta es cambiar de bando.

También espera que no le suceda como a los metafísicos de Tlön que describe Borges en sus “Ficciones“, que no buscan la verdad o la verosimilitud sino el asombro y la diversión intelectual.


Martinowsky





  Martinowsky | Filósofo y Escritor




Los guapos
Lorena López-Lucendo




  En una primera aproximación los guapos se dividen en dos grupos: los "guapos actuales" y los "antiguos guapos". Los primeros se subdividen a su vez en dos subgrupos: "guapos creídos" o "guapos idiotas" y "guapos normales" o "tíos con suerte que ligan mucho". Este gran apartado es el menos interesante, ya que se ocupan de él las revistas del corazón y el corazón de las que hacen (o leen) esas revistas. 

Aquí analicemos el segundo, los "Antiguos guapos". De nuevo nos encontramos con una primera subdivisión. Por un lado están los que asumen el paso del tiempo, recuerdan con nostalgia sus momentos de gloria, se repiten a menudo la frase de "que me quiten lo bailao" y viven normalmente afanados en sus quehaceres cotidianos.

El segundo subgrupo del segundo grupo son los "antiguos guapos que no se resignan", también llamados por los especialistas "viejos babosos", "repugnantes viejos verdes" o, simplemente, "antiguos guaperas ridículos". Se caracterizan por dirigirse a las jovencitas con mirada lasciva sin darse cuenta de lo triste y asqueroso que les resultan a éstas.

Se han dado casos de "antiguos guapos repugnantes" que recurren a cualquier medio de cirugía estética, cremas rejuvenecedoras o tratamientos milagrosos con tal de prolongar artificialmente su época dorada sin darse cuenta de que es una batalla muy costosa y perdida de antemano. Otros sufren pasiva y filosóficamente el proceso normal de la vida con síntomas depresivos. Otros ya consideran esta fase como algo a recordar con nostalgia.

Tal vez, a los antiguos guapos les venga bien recordar el viejo dicho de que "cumplir años no es tan malo si se compara con la alternativa", o reírse con este chiste:

-Papá, ¿qué se siente de tener un hijo tan guapo?
-No sé hijo, pregúntale a tu abuelo.


Lorena López-Lucendo Barberá 


  Lorena López-Lucendo|Documentalista