lunes, 18 de mayo de 2015

Dormir para no engordar
Iria Fontoira




Carlos tiene 8 años. Pertenece a una familia de clase media de un país desarrollado con acceso al sistema sanitario y escolaridad obligatoria. Desde hace un par de años el peso del pequeño ha aumentado más de lo recomendado para su edad y estatura. Sus padres preocupados por la situación, deciden investigar las posibles causas de la incipiente obesidad del niño.

Tras varias lecturas contrastadas, descubren un factor que no habían contemplado hasta el momento, el sueño.

Cuando pensamos en las bondades del sueño, solemos identificar rápidamente indicadores que nos revelan si éste está siendo reparador, y por lo tanto contribuye al buen estado de ánimo y al rendimiento físico y mental, o si por el contrario, está repercutiendo negativamente en la manera de afrontar el día a día y en consecuencia se presentan estados de somnolencia y sensación de fatiga. 

¿Pero qué otros aspectos menos tangibles interfieren en el funcionamiento del organismo a través del sueño? Además de las funciones ya conocidas que realiza en el crecimiento, la reparación de los tejidos, la consolidación de la memoria o la regulación de los procesos de aprendizaje, se ha descubierto que el sueño incide directamente sobre diversos patrones endocrinos. 

El sueño tiene un rol clave en la actividad metabólica, reconocible en los niveles de cortisol (una hormona implicada en la reacción al estrés) en la sangre, en la respuesta inmune, en la capacidad del organismo para procesar glucosa y en el control del apetito. 

Por lo tanto, la falta de un sueño nocturno en la cantidad y calidad recomendadas para la edad infantil, supone alteraciones sobre el apetito y el gasto energético, pero además provoca un efecto negativo sobre capacidad del organismo para administrar la glucosa necesaria y el consiguiente riesgo de padecer diabetes tipo 2. 

¿A qué se debe entonces el aumento del índice de masa corporal? Si indagamos un poco más, descubrimos que ante la carencia de una pauta saludable de sueño se producen cambios en las hormonas que controlan el hambre, provocando una disminución de leptina (reductora del apetito que advierte de la saciedad) y un aumento de grelina (estimulante del apetito que despierta la sensación de hambre). Así a la hora de elegir alimentos bajo los efectos de la falta de sueño, existe una tendencia a seguir el impulso del cerebro asociado con un mayor deseo por la elección de alimentos altamente calóricos y menos saludables. 

De todo lo anterior podemos afirmar que el sueño es un factor que tiene un impacto directo en la obesidad. 

Diversos autores sugieren algunas pautas de higiene del sueño infantil entre las que recomiendan que los niños de 6 meses a 2 años no deben dormir menos de 12 horas al día, los de 3 a 4 años nunca menos de 10 horas y para los de 5 a 7 años un mínimo de 9 horas diarias.

Sin embargo, los padres de Carlos no han reflexionado sobre otras variables que también intervienen en el problema ¿Qué hacen los niños en esas horas que no dedican a dormir y que incrementan la oportunidad de comer? Numerosas investigaciones han relacionado el aumento de la obesidad en los países industrializados, con una constante disminución en las horas de sueño y los hábitos de ocio que caracterizan las vidas sedentarias de los niños, y afectan a su sistema endocrino produciendo sobrepeso y obesidad infantil.

¡Tema que no puede dejarnos indiferentes y que abordaremos en nuestra próxima entrega!

Iria Fontoira



 Iria Fontoira Pedagoga, Psicóloga del Trabajo y Escritora



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1 comentario:

  1. Interesante artículo Iria Fontoira, me dejas asombrada, la verdad no tenía ni idea de que las consecuencias del sueño pudieran afectar al metabolismo en ese grado, también estoy de acuerdo en que gran parte del problema en la obesidad infantil esta en el sedentarismo y la dieta que cada uno le proporcione a sus pequeños y es un asusnto a tomar muy en serio. Esperaré impaciente la siguiente entrega !!!

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