miércoles, 2 de septiembre de 2015

El sentir de un ser inerte
María Dorado




Clara, sutil con un leve soplido, o pesada como los lunes por la mañana, tenue y pasiva, silenciosa y hasta a veces juguetona, útil en su maniobra, sencilla e incluso maleable. Desconocía el motivo de su existencia, algunos la usaban para hacer daño, otros simplemente tropezaban ante su distracción.

Nunca entendió por qué despertaba tanto malestar, rencor o incluso tristeza en algunos individuos. La pateaban y descargaban en ella su impetuosidad haciéndola añicos. Se perdía en fragmentos muy pequeños que, luego algún otro, usaba para cualquier otro juego divertido en el que perdía o ganaba y, otra vez, extraviada entre tanta confusión. No podía encariñarse con nadie, porque nadie le hacía sentir dichosa. Su forma arbitraria cambiaba sin cesar, ni ella misma se reconocía entre la turba constante de paseantes, que hacían de ella un ser desvalido y desarmado.

Una mañana, cuando el alba se entintó de rubí, un hombre la tomó con sus manos, acarició el alabeo de su figura y guardó con mimo en una caja de latón. Una caja llena de siluetas tan peculiares y afines a ella. De muchos colores, de tacto desabrido o sedoso y tamaños dispares. Entre tanto daño sufrido con los años, se sentía a salvo. La contradicción de estar encerrada y sentirse libre era un sentimiento que nunca habría imaginado palpar. Sus otras compañeras de viaje en cambio, estaban atemorizadas. Chocaban unas con otras para llamar su atención, pero nunca imaginarían que su destino final sería cuanto menos sorprendente.

Sin saber cómo, Clara se fundió entre sus compañeras formando un todo. Ella era bella por sí misma, pero aquello era pura divinidad. Un conjunto de finura y perfección que unas manos habían tallado con tanto cariño como aquel que nunca había recibido. Clara por tanto, entendió que la diferencia no estaba en ella, sino en el hombre.

El que anda distraído, tropieza con ella. El violento la utiliza como un arma peligrosa, el niño la usa como un juguete, el campesino para descansar sobre ella y el emprendedor para hacer la escultura más linda jamás vista. 

Porque no existe piedra en tu camino que no puedas emplear para tu propio crecimiento, solo hay que darle un sentido, el tuyo.  


María Dorado

 María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera




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2 comentarios:

  1. He de confesar que no sabía exactamente de qué hablabas al principio. Poco a poco lo intuía y con tu forma de narrar me has conducido perfectamente sin perder mi interés. El final es muy, muy, acertado.
    Precioso María.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias Elena. ;) La lectura siempre es un viaje a un final inesperado, me alegro que así lo hayas experimentado.

      Un saludo

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