jueves, 29 de octubre de 2015

No se supo...
María Dorado


Vamos rodando de la mano, por si acaso crece algo entre la guerra. Pongamos que te pongo la cruz del calendario, vuelo en dos semanas y tú aquí en mi cuello, se nos fue de las manos. 

Hay sed en este viaje y se me abre la boca, como el marinero que sube volviendo vista atrás, con el paro cardiaco de no saber volver. Rechinaba la madera, hace frío aquí para tanto fuego. La primera de la lista con reproducción aleatoria, la almohada era pequeña pero me prestó un cojín, lo más blando en ese barrio de tres calles. Hagamos noche de verano, me sabes como ayer pero mejor, y te pierden las maneras.

El silencio que rompe hasta el gemido de la puerta y ningún escalofrío, mientras entre tema y tema un anuncio de maletas. Rompieron las horas y yo esperando despegar, pero no soplaba nada. No respira el aire entre los cuerpos, el sudor pegaba y así las horas. Jugando a no saber  las huellas, ni el por qué. Las manos quietas y yo a dos palmos, ni una ráfaga de aliento. Un póster de Chaplin, al menos buen gusto. Y ahí me quedo.

Abrió los ojos y allí estaba, como dos amigos en un banco, como el “no te escucho pero hablo” y entre la luz de la persiana se podía imaginar… ¿Dónde está el baño? -Al fondo a la derecha, cuelga la vergüenza antes de salir.
No esperaba más, spoiler de verano con final inesperado, no digo que fuera infierno pero algo así me dio. Como la historia que de niña me contaron, la del coco escondido en el armario. Vuélvete a reír mañana y tarde, con quien quieras, pero esta vez si puedes quiérete más. Que no se note tu amargo.
 
Me crecen los fantasmas, las legañas y los sapos. Reproducción aleatoria, un sostén tirado al suelo y un colchón gastado. Tómate un café que te caliente, yo me voy con la luna, esa sí me escucha.

María Dorado

 
 María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera




miércoles, 21 de octubre de 2015

¡Maticemos! (en imperativo)
Zena Santana




Lola rayaba unos garabatos de colores mientras puntualizaba: “esta es mamá, este es el sol, esta es abuela...” El Arte en los niños es tan puro y cándido, ¿verdad? Nosotros, los adultos, resabidos y en posesión de la verdad absoluta, vemos en sus dibujitos rayones sinsentido y espirales que vete tú a saber qué significan.

-Esto tan bonito que has dibujado, ¿es un toro, o es una casa con chimenea? 

-¿Es que no lo ves? Es un “uniconnio”. 

-(...silencio sepulcral...) 

Para ellos, dibujar es su modo de expresión, su libertad, su mundo y su escape, su creatividad libre y auténtica. Los niños se encuentran en ese ciclo de la vida en que todo lo que aprenden les parece fascinante, porque es el primer contacto que tienen con el Conocimiento, y todo lo nuevo les parece apasionante. No tienen miedo “al cambio”, ni miedo “a lo nuevo”. Son arriesgados, porque no conocen aún el concepto “peligro”. También son arriesgados en el aprendizaje: quieren aprenderlo todo junto, a la vez, de un tirón, devorar datos con la misma avidez que se zampan un bollo. Preguntan todo el tiempo “por qué, por qué, por qué”. Zampabollos. 

Todos fuimos niños una vez, y hemos comprobado, en mayor o menor proporción, que es equivalente la medida de ir creciendo a la medida de ir perdiendo la parte romántica de la vida: la candidez se va resquebrajando desde que aprendemos que la vida no es siempre de colorines, sino que contiene grises y a veces negros rotundos..., y es cuando nos damos de bruces contra la realidad y comprobamos que los unicornios, no existen. Ni siquiera los duendes del bosque. Reconocer que estas fantasías, son fantasía, duele. Es un dolor parecido al dolor inesperado en tu dedo meñique del pie cuando se golpea contra la jodida pata de la mesilla: duele mucho. En el alma

Cuando Lola sea mayor, y su dedo meñique ya sea casi insensible a los golpes, probablemente, se hará preguntas del tipo: “¿por qué se me presenta la vida, a veces gris? ¿no debería ser siempre de confeti de colorines, si yo así lo deseo? ¿acaso estoy haciendo algo mal?” En este sentido, todos hemos sido Lola alguna vez. Y en el fondo sabemos que el gris es necesario, y el negro rotundo, también. Los necesitamos. Para aprender. Y aunque no podemos controlar los colores, creo que sí su matiz. Cuando éramos niños usábamos las manos para garabatear todo lo que encontrábamos a nuestro alcance: un papel, un brazo, una oreja, una pared..., y ahora que somos mayores no hacemos garabatos porque podemos usar la Razón. 

Cuando se presenta un problema un martes, el color rosado del lunes se vuelve marrón. Y sí, es un marrón. Pero si nos quedamos mirándolo fijamente y lamentándonos en él, será siempre marrón, o incluso un marronazo. En cambio, si somos capaces de armonizar con él, de mirarlo sin temor, de afrontar por qué se nos ha presentado, y de luchar contra él, quizás se vuelva de nuevo rosado. O quizás sea siempre marrón. Depende. Depende de lo que quieras (o puedas) cambiar. Depende de lo que puedas (o quieras) aprender. No le falta razón al refranero tradicional en la expresión: “depende del cristal con el que se mira”. 

La actitud, el optimismo, los colores y sus matices, la luz, la fuerza... y sobre todo saber aceptar lo gris, las sombras y la oscuridad; disfrutar del aprendizaje y conservar las ganas de aprender, como un niño zampabollos, esa es la clave de nuestra propia paleta de colores. Y seguir creyendo en los duendes, también. 

Postdata: Luego hay quién vive constantemente en los mundos fantásticos y coloridos de Yupi. En fin. 

Maticemos, o el golpe será glorioso.


Zena Santana 



Zena Santana | Diseñadora gráfica y editorial

lunes, 19 de octubre de 2015

Mundo de palabras
Maite Salmerón




Conozco a una mujer que sueña que las frases se le presentan por las noches para pedirle ayuda, los singulares no entienden a los plurales, los sustantivos quieren ser calificados, los sintagmas desean soltar elementos lingüísticos, la síntesis quiere desarrollarse, las frases mudas quieren alzar su voz. Hasta la palabra "pez" se sorprendió cuando ella le confirmó que era un sustantivo o un nombre pero que el pez es el animal que nombramos con la palabra pez.

Ahora a esta mujer le llaman la mujer loca pero es más cuerda que muchos que andan por ahí sin medicación. Ella siente que las palabras son tan mágicas como el agua del planeta. Las palabras encadenadas e hilvanadas con sentimientos armoniosos pueden enamorar como un arco iris en la plantación. Las palabras en lágrimas tristes pueden llegar a provocar amargas inundaciones. Las palabras, como el agua, mueven molinos que pueden matar aunque luego regresen humildes al fondo de la tierra.

Hay palabras que pasan inocentes pero que llegan de las entrañas. Hay palabras que fertilizan la sed del que las busca y palabras que forman nubes de algodón en un niño. Hay palabras que sueltan chispazos enérgicos destrozando con su ego un muy sensible corazón.

Ella, la mujer loca cuerda teme a las palabras que pueden salir de bocas que no reflexionaron antes, aunque entiende que todo no se puede pensar de inmediato. Ella prefiere mimar con sus manos, besar con sus labios, abrazar fuerte a diario y hacer guiños cómplices a todas esas palabras abandonadas.



Maite Salmerón



 Maite Salmerón | Escritora

martes, 13 de octubre de 2015

Discutir
Martinowsky



Hay personas que gritan en una discusión, se enfadan y que llegan incluso al insulto. Cuando surge una discrepancia sobre algún tema, al segundo intercambio de opiniones, elevan el tono de voz y se ponen furiosos. Sustituyen el razonamiento por la descalificación. ¿Qué les pasa? ¿Por qué gritan?

He visto varios programas de debate en la televisión fijándome especialmente en el momento de tránsito de la argumentación al griterío. Las he grabado y visto luego casi a cámara lenta. El tema era lo de menos. Lo que me interesaba era descubrir el momento y la causa de la pelea

En los Diálogos de Platón las conversaciones son un modelo de educación. Pero es como en el cine, que la gente habla de forma artificial y programada. Lo normal en las charlas cotidianas no es eso.

¿Qué hace distinta una discusión de un diálogo platónico?

En mi opinión hay varias causas:

1.- Las interrupciones. Cuando alguien está exponiendo una idea, otro simplemente le quita la palabra directamente. Cree que es más importante lo que él tiene que decir, que lo que está escuchando. El resultado es un corte en la conversación.

2.- Las descalificaciones de las fuentes. A falta de argumentos razonados, alguien intenta atacar el origen de la información de otro. En casos extremos se incluyen expresiones del tipo “no tienes ni idea” , “no te enteras”, “¿en qué mundo vives?” y otras parecidas. 

3.- Las descalificaciones al interlocutor. Este reacciona de forma airada y ya está montado el follón. 

Es imposible ganar una discusión, porque si se pierde, se pierde y si se gana, se pierde. ¿Por qué? Supongamos que triunfas sobre el otro y dejas sus argumentos por los suelos demostrando que está equivocado y que es un perfecto idiota. Entonces, ¿qué? Tú te sientes bien. Pero, ¿y la otra persona? Has hecho que se sienta inferior

En cierta ocasión un niño le preguntó a su padre: "¿Cómo empiezan las guerras, papá?" El padre le respondió: "Por ejemplo, la Primera Guerra Mundial empezó cuando Alemania invadió Bélgica.". Su esposa se apresuró a interrumpirle: "¡Dile la verdad al niño! ¡Empezó por un asesinato!". El marido se irguió con aires de superioridad y dijo bruscamente: "¿Quién está respondiendo, tú o yo?". Volviéndole la espalda enojada, salió de la sala dando un portazo con todas sus fuerzas. Cuando los platos dejaron de resonar en el armario hubo un silencio molesto, hasta que, por fin, el niño exclamó: "Ya no hace falta que me expliques cómo empiezan las guerras, papá. Ya lo sé. Por discusiones".

Discutir lo hacemos todos, a veces sabemos lo que es salir de una discusión con la boca seca, un nudo en la garganta, la cabeza caliente y dando vueltas, con pesar en el corazón, arrepentidos y sintiendo remordimiento por las palabras ásperas que hemos dicho.

Benjamín Franklin llegó a ser uno de los hombres más queridos, sabios y diplomáticos de la historia de EE.UU, y de hecho se le recuerda por haber afirmado: 

"Si discutes, contradices y causas rencor, es posible que a veces triunfes. Pero será un triunfo vano, porque nunca te ganarás la benevolencia de tu oponente. Nadie gana jamás una discusión. Uno puede gritar, chillar y discutir hasta ponerse morado, pero nadie creerá que tiene razón si no quiere creerlo, y aunque puede que a los demás les hubiera gustado estar de acuerdo, es posible que el tono de la voz de uno los hubiera puesto tan a la defensiva que equivaldría a una humillación y derrota total en el campo de batalla confesar que uno tiene razón aunque fuera en parte". 

Como resumen, se sabe que, aunque parezca mentira, las discusiones destruyen más hogares que los incendios y los fallecimientos y se dice que, en una discusión, los únicos que realmente escuchan son los vecinos.


Martinowsky


 Martinowsky | Filósofo y Escritor

jueves, 8 de octubre de 2015

Spoilers
María Dorado




  El destripe de una parte importante de una película, serie o libro no es plato de buen gusto. Es bien sabido que la gente huye cuando ve o lee la palabra “spoiler” en algún medio o red social. Espero que el título de esta entrada no os haya condicionado a su lectura, simplemente quería comentar lo paradójica que es la vida y lo curioso que es el ser humano cuando quiere.

Un spoiler provoca decepción, frustración, desilusión porque nos fascinan las sorpresas, el sobresalto de algo nuevo, diferente. El ser humano vive de emociones y son esas inquietudes las que nos mantienen vivos, despiertos.

Entonces yo me pregunto, ¿Si no queremos spoilers de historias ficticias por qué algunos ansían conocer spoilers de su propia vida? Es algo tan contradictorio y disparatado que me abruma. Qué vida más aburrida y tediosa al saberlo todo, aunque sea mentira. Vives condicionado por ese chivatazo, ese destripe por el cual has pagado y a demás agradeces.

Si tan desesperante y soporífero es saber lo que va a pasar en una película de hora y media, imagina saber lo que ocurrirá en los años y años que te quedan de vida. Qué aburrido conocer a los protagonistas, los secundarios, dónde vas a trabajar, cuántos hijos tendrás, a qué edad vas a morir… Qué estafa de vida y de película.

Si quieres frutos, planta semillas. Todo lo que se siembra a lo largo de la vida, es lo que cosechamos al final de ella. Porque la mejor manera de predecir el futuro es creándolo, tómate tu tiempo para oler las rosas, los tulipanes, el futuro siempre espera, no te adelantes. Disfruta de tu historia, deja que la vida te sorprenda, disfruta de ese último trago, del bol de palomitas, no le pidas más de lo que ya te está dando.

Lo bonito de imaginar y dejarse sorprender, de eso se trata.



 María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera