lunes, 29 de febrero de 2016

Y mientras tanto... anochece
Zena Santana





  Mi hermana estaba emocionada:

-¡Este encuadre es el perfecto! ¡Qué luz! ¡Qué cosa cenital tan maravillosa...!

¡Click! y nueva foto del andén de Cercanías a la galería de imágenes de su móvil 3G. Sí, pero con la emoción fotografística se le acaba de escapar el tren a Tudela. El próximo tren sale dentro de una hora... ¡qué fastidio! Bueno, ahora le sobra tiempo para llenar un poquito más la memoria de su móvil con más encuadres chulos del andén. Y si se despista, puede que el próximo tren también se le escape delante de sus ojos.

No, no me pongo dramática. Es que a veces la vida le inspira demasiado, y siente la necesidad irrefrenable de plasmar la imagen del momento. Ella lo necesita. No creo que sea nada negativo hacer fotos a todo lo que se menea, independientemente de la basura digital que se está creando ella misma, y del tiempo que pasa después seleccionando una de entre un total de 8 fotos que son idénticas. 

Bueno, puede que en una de ellas no esté la mosca... que total, ya que está, pues que se quede. Más sustancia. Eso aparte del tiempo que le dedicará luego a subir las fotos a Instagram, a Facebook y a su blog pseudo-artístico. Eso aparte del tiempo que dedica luego haciendo un seguimiento al número de “megustas” que tienen sus fotos, o respondiendo a los comentarios y felicitaciones y/o riquezas compositivas que le aportan sus usuarios amigos... ¿o quizás no sean riquezas? bah, pero son algo, y a ella le gusta eso. Ella es así. Vive al límite.

Recuerdo el verano pasado. Se inspiró tanto en un atardecer en la playa y en sus disparos (fuego a discreción), que se olvidó de contemplar el atardecer a través de sus propios ojos.

-Pero... ¿ya se ha hecho de noche?

-Sí, es lo que tiene el crepúsculo. -le contesté yo.-

Y así, lleva que se le ha olvidado ver los últimos 2 años de su vida con sus propios ojos. Vacaciones, fiestas, paseos, cumpleaños, un avión a cientos de kilómetros, una mariposita..., todo lo retrata. No, no me pongo dramática. Pero he observado en ella que colecciona cientos, miles de instantáneas que no le sirven absolutamente de nada: tiene su particular síndrome de Diógenes digital. En su momento (muy efímero) molaron mucho estas fotos en sus redes (sociales) pero al tiempo aquello era NADA. Yo, que la he observado, he optado por no ser como ella. Con un par. Por salir a pasear con mi móvil en silencio, por no hacer ni una jodida foto a este paisaje tan de “marco incomparable”, pero que luego veo inmovilizado en mi móvil y que no..., ¡que no es lo mismo! A mí me gusta más “olerlo”. Y recurrir a la memoria RAM de mi cabecita para volver a este momento, a este día, y a este paisaje.

En mayo será su cumpleaños. Ya sé que voy a regalarle: una camára de éstas molonas que están tan de moda, que al click, sale la foto en papel por una ranura, como las Kodak antiguas de cuando éramos niños los que hoy rondamos los 40. Le va a encantar. Vivirá así sus amaneceres, sus atardeceres, sus paisajes, su vida: observando cómo, mágicamente, aparece la imagen en la pantalla o en el papel. La vida instantánea. Y mientras tanto, le anochece.



Zena Santana | Diseñadora gráfica y editorial