lunes, 18 de abril de 2016

Barro y vida
María Dorado




Vuelvo de pasear mis soledades y triunfos, de matar el tiempo escribiendo verdades. De hace un tiempo hasta ahora, encuentro los parques más vacíos que de costumbre, donde estarán esos piratas, esas princesas buscando sapos. Hace tiempo que no los veo, hace tiempo que a los niños se les olvida ser…

Echando la vista atrás todavía recuerdo esas cartas perfumadas, las pegatinas de terciopelo rosa y los chicles infinitos. Porque todo se hacía con las manos, esas que ahora no las separa una tecla. Porque nos manchábamos de barro y vida hasta los huesos, buscando tesoros y enanitos de cuento.

Recogiendo las hojas del árbol más grande del jardín, saltando como gigantes ante su cueva. El campo de arena nuestro escenario de guerra, no había trampas más que las nuestras haciendo castillos gigantes. –“Dos minutos más señorita”, espera que me ate los cordones…

El balón en los pies, desde bien niña rompiendo suelas. Las rodillas llenas de heridas y los pantalones con más parches que el sol. Porque sonaba el claxon del coche y se acababa el juego… “Mañana seguimos con la carrera de larvas…” Porque todavía recuerdo los zapateros correteando en mis manos, naranjas con manchas negras que brillaban en pleno verano. Ya no hay líneas trazadas frente al columpio, no hay niños cerrando los ojos tras la pared, ni escondite inglés. Ya no vuelan cometas, ni saltan peonzas, ni miliquituli, ni zapatilla por detrás… 

Porque aun guardo las tardes sin reloj, las olimpiadas en el colegio, los bolsillos llenos de piedras y las mochilas de portería. Y es que de hace un tiempo hasta ahora, ya no saben jugar a ser niños…


 María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera 

viernes, 15 de abril de 2016

La pecera de Sara
Alba Ferrera



Contemplando la pecera que un tiempo atrás logró sentir como suya propia, Sara se quedó ahí, entre dubitativa y temblorosa. 

No sabía por qué siempre le habían gustado esos acuarios tan pequeños. A menudo solían decirle que era una persona aburrida. Muy aburrida. Podía pasarse horas y horas mirando la pecera del aeropuerto del que tantas veces tenía que partir. Aunque esa era, con diferencia, la más grande que había visto nunca. 

Ella prefería mirar peces. Y, sin ser suyos, hacerlos propios. Pero los demás no lo entenderían y no lo intentarían jamás. 

¿Cómo explicar el silencio? —dijo mirando al que era su pez favorito—. Y, en ese instante, entre la falsa visión óptica causada por el reflejo del cristal y sus pensamientos, que no dejaban de ausentarla, recordó su pupila por penúltima vez. 

No sucedió por casualidad. Hacía escasos días que había recibido sus confesiones de odio. Un odio que en el fondo no creía como tal. Tal vez se entrelazara con ese te quiero apasionado que muchas veces queda por decirse; esa confesión de amor que nunca llega a tiempo. Pero, a ella, eso poco le importaba. 

Estaba ahí, en medio de esa enorme pecera que parecía volcársele encima.

Tanto nadó días atrás por alcanzar su mano que su piel había empezado a transformarse en escamas. Apenas podía respirar. Lo había temido después de adentrarse en el más terrible de los mares, ubicado al norte de su pupila, rezumante de frialdad. Juraría que estaba al otro lado, al Sur de los besos e infinitos “no te vayas”. Por esa misma razón, ante la duda de una elección, volcó la última esperanza. 

Y en su cuaderno morado, a través de unos garabatos, plasmó lo siguiente:

Un último esfuerzo, pulmón, ahora me haces falta. Respira un poco menos...aún queda distancia.

Mas los esfuerzos se quedaron en intentos. No estaba a su llegada. Ni rastro de mar dulce. Siempre sería sólo eso. Un mar lleno de dudas y desaliento. Había llegado la hora de decidir. Y elegir, después de todo. Elegir el único que le quedaba... el cual no tardaría en llegar, apenas cinco segundos. 

—Ojalá no existieras—fue así como pronunció sus últimas palabras, que no tardaron en encontrar el agrio despertar de Sara. Aquellas serían las últimas que articularía en mucho tiempo, quién sabe si años. Quién sabe si nunca volvería a oír su timbre. Ese que un día la volvió loca.

Ojalá no existieras—pronuncia al mismo tiempo que dirige la mirada al mostrador 16. Próximo vuelo: olvido de pupila. Olvido de mar dulce. Olvido de su voz. Hoy tan sólo soy un deseo que corrigió al momento de decirlo. Bien por miedo. Bien porque mi corazón no pudiera resistirlo— escribió de forma nítida en su cuaderno de papel.

Derramando una sola lágrima -quién sabe cuántas fueron meses atrás- borró su rastro de la red social que mantenía. Tenía derecho a más de una mitad, a querer mucho más que a medias. Y ella tenía derecho a no esperarla. 

¿Y qué era un deseo de Sam para Sara? Un deseo concedido. Dejaría de existir, aunque no de palpitar. Pero eso Sam jamás lo sabría. 

Y así se fue, tan lejos como su propio mar. Aunque añoraría la que sería siempre su pecera favorita. Su mirada. Su pupila.


Alba Ferrera | Periodista

lunes, 4 de abril de 2016

La escritura como terapia
Desirée Fernández


Como decía la escritora Françoise Collin “la escritura es siempre un acto de nacimiento”. Escribir, del latín “scribĕre”, significa representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel o cualquier otra superficie. La escritura terapéutica se basa en el proceso por el cual a través del uso de la palabra escrita una persona encuentra caminos de expresión, autoconocimiento, autoafirmación y descubrimiento. 

El profesor de psicología de la Universidad de Texas, James W. Pennebaker, lleva estudiando desde la década de los 80 el poder curativo de la escritura. Cuando escribimos se ve implicado por un lado, la parte artística, irracional y emocional de la creatividad humana, y por el otro, la parte más lógica, racional y estructurada del lenguaje. Por lo tanto, se ponen en funcionamiento los dos hemisferios cerebrales, que interrelacionados ayudan a la regulación del sistema límbico y el equilibrio emocional. 

Escribir nos hace pararnos, organizar nuestras ideas, fijarlas y ordenarlas, ayudándonos a gestionar nuestro mundo interior, que por otra parte, nos puede mostrar algunas de las zonas que se encuentran en nosotros donde puede ser complicado acceder. 

Muchas son las técnicas que suelen emplearse dentro de la escritura terapéutica: diario personal, cartas, cuentos, autobiografía, poesía… La escritura nos permite reinventarnos, reinterpretar nuestra historia y darle un sentido, o bien, quitárselo para poder reconstruirlo después. Con ella tenemos también la posibilidad de descubrirnos y aceptarnos en el propio acto de reconciliarnos en la soledad que puede suponer sentarse a escribir, escuchándonos de otra manera. 

Anaïs Nin dijo que escribimos para saborear la vida dos veces, en el momento y en retrospectiva. Entonces, ¿a qué esperas para coger papel y bolígrafo y ponerte a saborear la tuya? 



Desirée Fernández | Pedagoga