lunes, 30 de mayo de 2016

La música y su poder terapéutico
Sandra Bermejo



  La música, ese todo del que, por mucho que digamos, apenas llegaremos a decir nada. La música, fiel compañera de vida y de viaje. Siempre está cuando la necesitamos, ofreciéndonos un lugar donde naufragar. Sabe qué decir cuando nosotros no, a veces nos obliga a recordar, pero… ¡cuántas a olvidar! Sintoniza con nuestro estado de ánimo mucho mejor que cualquiera. Nos hace sentir, reír, bailar, llorar, soñar e incluso volar. Eleva nuestros sentidos y, aunque solo sea un instante, nos lleva a un mundo mejor.

Pero… vamos a empezar por el principio. La música ya existía en la prehistoria, incluso algunos creen que apareció antes que el lenguaje, por lo que es algo que como especie lleva acompañándonos millones y millones de años.

La música activa más zonas de nuestro cerebro que cualquier otra actividad, desde el sistema límbico (relacionado con las emociones) hasta el hipocampo (estructura implicada en la memoria) pasando por la corteza visual o la corteza motora, que se activa aunque no nos movamos. Quizás por este efecto tan global que produce en nosotros le atribuyamos ese sentido tan elevado, que Nietzsche expresó llevándolo al extremo:

"La vida sin música sería un error"

¿Un error? Personalmente lo comparto, pero para muchos tal vez resulte excesivo. Sea como sea lo que es innegable es que sin ella muchas cosas serían muy distintas y los abismos serían más profundos. Porque la música cura casi tanto como el tiempo y da sentido al vivir y a lo vivido.

Científicamente, numerosos estudios, han demostrado que la música tiene varios efectos positivos sobre nuestro cuerpo. ¿Quieres saber cuáles son algunos de ellos? Pues solo tienes que seguir leyendo.

BENEFICIOS DE ESCUCHAR MÚSICA

  • Reduce el estrés. La música puede disminuir los niveles de cortisol (hormona relacionada con el estrés). 
  • Mejora el sistema inmunológico, al favorecer la concentración en sangre de inmunoglobulina A (un tipo de anticuerpo). 
  • Alivia el dolor. Aparte de desviar el foco cognitivo del estímulo doloroso favoreciendo la distracción, escuchar música provoca la liberación de endorfinas que tienen propiedades analgésicas. 
  • Favorece el aprendizaje y la atención. Además algunos tipos de música (generalmente instrumental, para evitar dividir la atención) potencian la concentración. 
  • Mejora la circulación. Las melodías que resultan agradables y del gusto de uno, favorecen la segregación de óxido nítrico en el flujo sanguíneo que ayudaría a prevenir la formación de coágulos y de placas de ateroma (cúmulos de colesterol en las paredes de las arterias). 

Aunque realmente todos sabemos que no hace falta hacer ningún estudio para percatarnos de la genialidad de la música y del bien que nos hace. Como ya dijo Platón:

“La música da alma al universo, alas a la mente, vuelos a la imaginación, consuelo a la tristeza y vida y alegría a todas las cosas”.

Con todas estas cualidades resulta inevitable no usarla para fines psicoterapéuticos. Hoy en día la musicoterapia se usa en diversos ámbitos. Se trata de emplear tanto la música como sus elementos (melodía, ritmo, tono, armonía…) para curar. ¿Para curar el qué? Lo cierto es que su aplicación es bastante amplia: por ejemplo, puede usarse para fomentar la comunicación en personas con dificultades para expresarse, para favorecer el crecimiento emocional y afectivo; también resulta muy útil en cuestiones relacionadas con la psicomotricidad o incluso para abordar la depresión o los problemas de memoria.

Pero en realidad, no es necesario acudir a un musicoterapeuta ni tener ningún problema en particular. La música contribuye a nuestro bienestar en general, y si eres de aquellos que no le pone música a sus días te invito a que empieces a hacerlo, para hacer ejercicio, para amenizar los viajes en coche, para encontrar en las letras aquello que sientes y no sabes cómo decir, para llorar cuando estés triste, para soñar cuando estés despierto, para despertarte cuando estés dormido, para bailar como si nadie te estuviese mirando, pero sobre todo, para poder ser.

Déjame hacerte un regalo y dale al play. Una de mis canciones favoritas, no por la historia que cuenta, podría estar diciendo cualquier cosa, y aun así el resto me atravesaría y me haría sentir de la misma manera. Inefable, no sé cómo explicarlo, pero es que, al final, se trata un poco de eso, de dejar que la música te salve cuando crees que todo está perdido.


 Sandra Bermejo Psicóloga

viernes, 20 de mayo de 2016

Vuelta al mundo en 80 vidas
María Dorado




Gente sin vida propia, pero con 80 en la boca. Que si tú has ido ellos han vuelto seis veces. El viaje a Londres con gastos pagados, aquel amor de verano con el primer beso en luna llena, el concierto de Los Rolling al que tú no pudiste ir pero él sí, los 12 puntos del carnet, el moreno de playa y el “yo también”. 

Hay ciertas personas, más de las que podáis imaginar, que prefieren contar la vida de otros. La vida que realmente les gustaría tener, disfrazando sus penurias en cuentos para no dormir. Personas que no se lanzan al vacío pero vuelan sin tocar el suelo, con los pies en otras tierras, menos en la suya. 

Como el escritor que escribe historias, con imaginación suficiente para recrear cruzadas, tragedias y musicales de instituto. La diferencia es que estos, crean aventuras que viven en la imaginación de otros y en pantallas panorámicas. Ahí está la magia del saber hacer, para eso sirven los libros. Para acoger al que desea escapar de su monótona vida y dejarle soñar con los ojos abiertos frente a sus páginas.  Personas que al mirar las estrellas, disfrutan en silencio de su belleza y sonríen al escuchar los cascabeles del pequeño Principito. Los fantasmas no paran de hablar y al mirar las estrellas dicen que son suyas. Qué poca imaginación...

Fantasmas aguantando el polvo entre las manos y a Campanilla en los laureles. Inventándose capítulos ya viejos que hemos visto mil veces. Cada día un rollo distinto, engañando hasta al mismísimo diablo y movidos por los hilos de una sociedad que ahoga. 

El problema está en la creencia de que teniendo más, les querrán mejor. Ahí está el error, dar la vuelta al mundo en 80 vidas.


María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera 

viernes, 6 de mayo de 2016

El infinito
Elena Escura





Cada día, a las tres de la tarde, me miraba y me decía: “Vamos a esperar a la mamá”. Y el sol era justiciero, y el calor tan espeso como una taza de magma. Pero los niños no sienten el calor cuando la pasión por algo los invade. Es como si fueran adaptables al mundo entero, así de poderosos.

Además, él sabía encontrar el mejor refugio. Nos sentábamos en la mejor sombra, la de la higuera. Nos dejábamos llover por su olor dulzón, mecer por el leve temblor de sus hojas. Temblaba también su brazo, siempre, cuando me rodeaba y me decía: “Contemos”. Y empezábamos a contar, mirando el garaje, vacío. Como si con nuestra cuenta en voz alta pudiéramos llenarlo de números bailando en el aire, de distintos tamaños, de colores que brillaban tornasolados con el sol de la siesta. Así iban saliendo los números de mi paladar hacia el porche, divertidos y locos como el pensamiento de una niña. 

A veces él alargaba su brazo y cogía un par de higos. Los mordía con piel, sin lavarlos, y me daba una palmadita en el brazo, para que siguiera contando. Y yo seguía, y fue en alguno de esos números -quizás al cambiar de decena- cuando supe que no terminarían nunca. Que nunca llegaríamos a ninguna meta, que nunca acabarían. Aquellos números no tenían fin, no podían terminar.

Él nunca supo de ese sudor febril de escasos segundos, de mi agitación momentánea, de que el sudor en mis manos no era producto del calor sino del terror que provoca descubrir algo así, que algo no tiene fin. Sin embargo, años más tarde habría deseado todo lo contrario para mi abuelo: que fuera un abuelo infinito.

“…y cien. Moltbé, ara 101, 102…”. Y ese día, dejé de escuchar los números. Frotaba las palmas de mis manos contra mis pantalones ciclistas y me hacía la coleta una y otra vez. Era un manojo de nervios.  Solo deseaba que llegase mi madre, que la cuenta terminase de alguna forma. Que hubiera un final, un stop. 

Y por fin, escuché el motor del coche. Mi madre entró en el garaje, aplastando sin piedad a todos aquellos números de colores. Salté de inmensa alegría, abracé a mi abuelo y él se puso la gorra, como cada día, y saludó a mi madre desde lejos.  Después, todo sucedió como siempre; mi abuelo se sentó a mirar los deportes y mi madre entró en la cocina con un hambre voraz. El verano seguía su curso: la piscina se llenaba de niños, las tardes de sandía, las noches de parchís, y de luciérnagas, y yo me olvidé del infinito. Supongo que ese verano me hice un poco más mayor. 




Elena Escura | Escritora y guionista