jueves, 23 de junio de 2016

Sección de libros
Marina Camacho



  De nuevo colgada en el centro de Barcelona. Hace tiempo que quiero comprarme El almuerzo desnudo. Vi la película y me dejó un poco trastocada, pero me gustaría saber si fue culpa de Cronenberg o del propio autor de la novela. Sé que está en una de las estanterías del Fnac, así que invertiré mi tiempo en eso. Sección de libros. Vamos a ver. Sangre fría. Porno. Lolita. Desayuno con diamantes. El almuerzo desnudo. 

¿Cris? 

Me lleva dos segundos pero finalmente ubico aquella voz. ¿Cómo no ubicarla? Levanto la vista y ahí está, con la melena un poco más desaliñada pero siendo el mismo en esencia. 

Adri. ¡Hola!  No finjo la alegría que siento al verlo. Ya casi había olvidado su manera de sonreír, de guiñarme el ojo por cualquier motivo tonto. 

— Madre mía...¿Cómo estás? ¿Cuánto tiempo, no? Me alegro de verte. 

— Muchísimo tiempo...¿Qué haces ahora? 

Me explica que está liado con un proyecto, como siempre. Y que ha vuelto a fumar. Que se mueve por el mismo bar y que se me ve genial. Yo le cuento que sigo buscando el trabajo de mi vida, pero obvio lo del compromiso. Espero un momento de silencio para hacerle la pregunta que supongo él espera que le haga. 

¿Todavía te juntas con Sergio? 

Claro...nos vemos a menudo. 

Me recreo en sus ojos, que parecen pensar lo mismo que yo. Lo sé. Sé que tú y yo estábamos en la misma página. O lo estuvimos, una vez. Hace cuatro años. Aquella noche que recuerdo en colores oscuros y rojos, en aquel bar que vosotros aún frecuentáis. Hacía frío aún, debía de ser marzo. Te enamoraste de mi porque el camarero puso tequila en mi cerveza y perdí cualquier tipo de compostura que pudiera tener. Me vuelvo a ver allí, recostada en ese sofá mugriento y hecho polvo, utilizando mi barriga de mesa donde apoyar mi vaso. 

Tú a mi derecha, y el caballo ganador al otro lado. Nos podríamos haber querido, pero en ese momento ya estaba todo decidido. Me quedé con el triste de Sergio, que nunca fue como tú. 

Bueno...me tengo que ir. Oye ¿Quieres tomar un café esta semana? – me pregunta. Y no sé si lo dice por decir o realmente quiere remover el pasado. 

Claro. Sigo teniendo el mismo teléfono. Dime algo y buscamos un día. 

Se marcha, con su cazadora tejana. Siento un golpe en la boca del estómago, como entonces.



Marina CamachoComunicadora


jueves, 2 de junio de 2016

Whiskey on the rocks
María Dorado



  El piano bar es un viaje al pasado, es Narnia tras un armario en el centro de Madrid. Una puerta del Ministerio del Tiempo, o una película de Fellini en los años 50. Las noches de Cabiria, Giulietta Massina y Dorian Gray coqueteando con algún divorciado con mocasines y sombrero. En el piano bar huele a moqueta quemada, a whiskey on the rocks, a bingo decadente, a cortinas de terciopelo.

Tras bajar las escaleras de la entrada, al fondo del bar un piano de cola y Sam tocando para ella. Para todas las mujeres, los enamorados y solteros exigentes. Para los que quieren olvidar y los que no quieren volver solos a casa, que en Madrid todos los gatos son pardos... Es un cabaret de personajes peculiares, de abrigos de visón, camareros con pajarita y fumadores de pipa sentados en los rincones con ojos de cazador furtivo. Porque allí se refugian los bohemios soñadores, los empresarios divorciados y los treintañeros alocados con ganas de arruinar cualquier tema de Serrat.

Cuando se acercan las 6 de la mañana y el local destila humanidad, suena una ranchera, la canción mítica que todos cantan, incluido el portero aparca-coches. “Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley”, mientras Pajares y Esteso al fondo tras el piano, ríen joviales y desgastados.

Porque este bar existe y no anda muy lejos. Siempre que he leído historias sobre sitios reales como el Puente de Queensboro en el Manhattan de Woody Allen, la librería de Nothing Hill o el Café des 2 Moulins donde trabajaba Amelie Poulain, he sentido la apabullante necesidad de pisar ese escenario. Añadir a vuestra lista de lugares de película ‘El Tony 2’ o comúnmente conocido como ‘El Piano Bar’, en la calle Almirante 9, donde todas las noches toca otra vez el viejo perdedor, y hacen que todos nos sintamos bien. Donde la gente celebra esa cosa rara de estar vivos, donde coger el micro y cantar tus amarguras junto a María Luisa la artista divorciada es algo natural, donde la vida te da la oportunidad de hacer el ridículo con cierta clase hasta que amanece Madrid, y todo vuelve a la cuerda normalidad de este mundo sin cordura. 

Ya lo canta Mikel Izal: "Mientras la gente cuerda grita, llora, sufre y niega, a los locos nos verán bailando..."


María Dorado Guionista, Redactora y Foto-reportera