lunes, 10 de octubre de 2016

Palabras que cortan la respiración
Patricia Vázquez



Hacía 7 años que no se veían. Siete años en los que ambos habían tenido tiempo de madurar. Se subió al avión y esperó a que despegara.

Él se levantó temprano. Se había acostado tarde la noche anterior, pero no podía esperar más. Faltaban aún 6 horas para que su avión aterrizase y le parecía una eternidad. Estaba ansioso por verla. La última vez que lo hizo sentía un profundo amor por aquella muchacha tímida que se había dejado envolver por sus caricias y sus abrazos. ¡Qué diferente habría sido todo si el destino se hubiera fijado un poco más en ellos! Ahora era distinto. Eran amigos. Y entonces, ¿por qué estaba tan nervioso? Sentía una sensación extraña en el estómago. ¿Volvería a sentir por ella lo mismo que tanto tiempo atrás?¿Y ella?¿Qué pensaría después de tantos años? Sólo había una manera de saberlo y no perdería ni un segundo en comprobarlo. Ya habían perdido muchos años y ella iba a pasar poco tiempo junto a él. Esa misma noche se lanzaría.

¿Sería diferente esta vez? No podía concentrarse en el libro que estaba leyendo. Era superior a sus fuerzas. En los últimos 7 años poco o nada había sabido de aquel muchacho que le había robado un trocito de su corazón. ¿Había estado realmente enamorada de él? ¿O sólo se había dejado llevar por sus abrazos, sus caricias, la dulzura de su mirada o su voz? Tenía que reconocer que ella se dejaba querer y, a veces, fingía sus sentimientos. Había aprendido a mirar dulcemente demostrando amor y era lo suficientemente cariñosa como para que los chicos creyesen que estaba enamorada. Sólo ella sabía si era así, ¿o no? Ya apenas si recordaba lo que sentía por aquel muchacho que la hizo reír después de su ruptura con el que consideraba el amor de su vida. Casi un año después se habían conocido en persona durante un par de días. Poco tiempo para conocer bien a una persona y mucho menos para enamorarse de él. Pero pasados esos días él no había tardado en decirle que la quería y ella había sentido que también lo quería un poquito. ¡El libro! No era capaz de concentrarse. Había hecho la promesa a su amiga de que lo terminaría antes de volver y no había avanzado mucho durante la primera parte de su viaje. ¿Sentiría él lo mismo? ¿Cómo sería ese primer momento en el que se vieran? ¿La reconocería? ¿Lo encontraría cambiado? Claro que se habían visto por fotos, pero no era lo mismo. ¿Pensaría que había hecho una locura al invitarla? Y ella, ¿realmente no estaba un poco loca por haber organizado ese viaje?

¿Por qué habría venido?¿Será posible qué...? «Venga, hombre, deja de soñar despierto», se recriminó sólo en su casa. Había hecho ya todas las gestiones que tenía que hacer y estaba esperando. En realidad, se había abandonado de nuevo en su cama sólo con una cosa en la cabeza. Si conectarían como el primer día que se vieron. Recordó entonces aquella primera vez. Estaba nervioso tanto o más que ahora. Habían hablado mucho por teléfono, pero no se habían visto nunca. Fue un momento decisivo y muy emotivo, aunque más emotivo fue cuando se marchó. ¡Qué sensación de vacío le dejó! Ahora no quería que pasara lo mismo, pero sabía que iba a ser incapaz de conseguirlo. Ella siempre dejaba esa sensación. Era la mujer perfecta, al menos para él, risueña, cariñosa, simpática y guapa. ¡Ay, si no fuera por la distancia que los separaba! Cerró los ojos y se durmió pensando en ella.

Ya lo intentamos una vez y no funcionó. ¿Por qué habría de hacerlo ahora? ¡Peor! ¿Por qué estaba pensando en ello? Eran amigos. A-MI-GOS. Se lo tuvo que repetir y casi le da un ataque de risa en mitad del avión. «Bueno -pensó- creerán que es por algo que estoy leyendo», y no pudo evitar volver a sonreír. No sabía por qué pero durante las últimas semanas había vuelto a sonreír gracias a él, a sus conversaciones interminables. Nunca sabían cuándo dejar de hablar. Desde el principio fue como si se conocieran de toda la vida. ¡Ay, ese principio! Ella había tenido dos relaciones sentimentales y ninguna había sido precisamente “idílica”, así que ya no esperada nada de los del género opuesto. Se limitaba a pasar el rato con ellos y divertirse pensando en sus defectos. Aunque tenía que reconocer que no todos eran malos o, por lo menos, tenían algunas características que los podían convertir en una posible pareja estable. Pero en su interior seguía demasiado enfadada con sus ex como para centrarse en alguien más. Sin embargo, y quizás por cómo se conocieron, había alguien con quien no le importaba pasarse hasta las 3 de la madrugada chateando. No había sexo ni amor ni nada que lo pudiera complicar; sólo charlas interminables pero que se hacían cortas. Lo conoció poco después de que su segundo novio la dejara. Era uno de esos momentos en los que te apoyas en tus amigas y en el chocolate, pero que no consigues recuperar la sonrisa. Así que su amiga le retó a conectarse al chat y reírse de los chicos que conocieran. Lo estaban pasando bien, risueñas, divertidas, cuando un mensaje saltó en la pantalla “creo que me estás buscando”. Aún no entendía qué fue lo que me llamó la atención para tratar a este chico de manera diferente e, incluso, llegar a darle su dirección de correo electrónico personal para poder hablar en privado. Suponía que le había hecho gracia su comentario -que era más perspicaz que el del resto del personal de la sala de chat que sólo sabía decir sandeces-, o quizás fue la curiosidad por saber quién tenía el ego tan alto, pero allí estaba sintiéndome atraída por una conversación con alguien al que no le había visto la cara. Así pasaron muchos meses hasta que un día él le mandó una fotografía. No era lo que ella había imaginado. Era un tío normal, fuerte, atractivo. No tenía joroba ni era bizco ni era feo. Por la foto tampoco podía decir que fuera el chico más guapo del planeta, pero no estaba mal. ¡Je! Volvía a reír en el avión y ya estaba casi llegando. Tenía que levantarse, entrar en el baño y arreglarse para que él que la viera perfecta y radiante.

Hace 7 años. En las mismas fechas. Carnavales. Ella iba a visitar a una amiga y le hizo la proposición de que hiciera una parada en su isla para pasar unos días juntos. En las noches de conversaciones interminables no hacía más que decirle que no podía esperar más a verla, que necesitaba abrazarla y sentirla su piel. Le había contado que estaba desencantada con los hombres, pero él parecía que había conseguido subirle la estima. Se lo merecía. Ella era dulce y divertida. Le inspiraba ternura y estaba llegando a ¿enamorarse? En eso pensaba mientras planeaba esos tres días. Se acordaba como si fuera ayer. El hotel, ¿camas separadas o juntas? El spa, la playa... todo tenía que salir perfecto. Sólo quería conocerla en persona, pero lo cierto era que estaba demasiado enganchado como para que no pasara nada entre ellos.

Me recogió en el aeropuerto y tras los nervios iniciales de la presentación, parecía que nos conocíamos de media vida. Él quería que saliera todo perfecto, así que lo planeó de tal manera para que yo no tuviera un minuto libre para pensar en lo que estaba pasando. No me puedo quejar de cómo me trató, de dónde me llevó o de cómo pasó, simplemente me dejé arrastrar en el terreno desconocido en el que acababa de entrar. Podría echarle la culpa al ambiente cálido que se vivía en la isla o al acento de mi acompañante o a lo protegida que me sentía entre sus brazos, ¿qué sé yo? Lo importante es que la primera noche asomados al balcón del hotel y con la luna llena como testigo, nos acostamos. Hasta entonces no habíamos tenido más roce que el de los dos besos al saludarnos en el aeropuerto. Aún puedo sentir el cálido beso en el cuello que siguió al abrazo y los continuos cosquilleos en el estómago que me tenían atontada. A eso siguió un par de besos más por el cuello, caricias y un bonito paseo por sus labios hasta que acabamos en la cama. Nunca tuve oportunidad de preguntarle qué fue lo que pensó en esos momentos porque me dominaba la vergüenza. Jamás me había acostado con alguien la primera vez que lo conocía. No fue un polvo salvaje, allí había pasión, por supuesto, pero también amor y cariño. Era como si lleváramos haciéndolo juntos toda la vida. Después dormimos juntos y abrazados y a la mañana siguiente fue como si lo que pasó entre nosotros no hubiera existido. Él estaba tan turbado y expectante como yo. ¿Qué sería de nosotros a partir de ese momento? Yo no tenía el valor suficiente de preguntárselo y él tampoco se sentía con fuerzas para hablar del tema. El último día en el aeropuerto, él se derrumbó “No quiero que te vayas”, me dijo. ¿Qué le iba a decir yo? ¿Qué también me pasaba lo mismo? ¿Qué él me había hecho replantearme muchas cosas sobre los hombres? ¿Qué habíamos jugado con fuego y que íbamos a acabar quemándonos? Tendría que haber zanjado el tema allí mismo, pero era incapaz. Me sentía tan a gusto con él que no me imaginaba teniendo que dejarlo porque nos separaban unos kilómetros. Sabía que era muy difícil, pero se podía intentar.


¿Por qué no luché más por ella?¿Por qué la dejé escapar?¿Por qué, por qué, por qué? Era todo lo que pasaba por su mente. Muchos porqués para lo que él estaba acostumbrado. No solía hacerse muchas preguntas. Actuaba y punto. Pero con ella era distinto. ¡Qué pena que no hubiera sido más fuerte para retenerla entre sus brazos! Hoy la vida le brindaba una segunda oportunidad y no quería desaprovecharla. Aunque le costara tener que abandonarlo todo. Su vida, su trabajo, sus amigos, su familia. No la abandonaría y la seguiría hasta el fin del mundo si hiciera falta.

Hacía menos de dos meses de su primer viaje y ya estaba recogiéndolo en el aeropuerto y buscándole alojamiento en su ciudad. Puedo decir que fue una semana muy bonita. Visitaron casi todo lo visitable entre abrazos, besos y caricias. Pero, como todo lo bueno, se acabó pronto. Él volvió a su tierra, yo me quedé entre los recuerdos de las calles y los lugares por donde habíamos paseado, y, a los meses de desesperación por no poder estar juntos, decidimos que lo mejor era continuar por caminos separados.

Sonó su despertador y un nudo volvió a pararse en su garganta. Casi no podía respirar de lo nervioso que estaba. Quedaban minutos para volverla a ver. ¿Y si finalmente no hubiera cogido el vuelo? Un terror extraño le invadió el cuerpo y desechó esa idea de su mente. Se puso sus mejores vaqueros y se cambió tres o cuatro veces de camisa. Quería estar guapo, pero dejar entrever que el hecho de volver a verla no era tan importante. No quería dar la sensación de que había estado esperando ese momento durante los últimos 7 años. Y todo a pesar de que él había estado con otras mujeres. Y otra duda surgió en su cabeza. ¿Y si ella no sintiera la misma emoción?¿Y si su viaje sólo fuera para desconectar? Acababa de dejar a su novio. Sería normal si no quisiera nada con él. Otra vez se apoderaba de él ese estremecimiento que le recorría desde la punta del pie a la base del cuello.

Click! Acababa de abrocharse el cinturón de seguridad. Eso significaba que estaban aterrizando. A punto de volver a verlo. A punto de volver a sentir lo mismo que hacía 7 años cuando lo vi por última vez. No había duda de que algo de aquel amor tan intenso quedaba en algún rinconcito de mi corazón y que ahora estaba surgiendo de nuevo. Apagué mi e-book y traté de tranquilizarme. Respiré profundamente. Uno, dos, tres...

“¡Mira, ahí está el avión!”. Un niño sentado a su lado rompió sus pensamientos. Ahora sí que no había vuelta a atrás. Tenía que jugar todas sus cartas en ese momento y no sabía si sería capaz de mantener la compostura. Le temblaban las rodillas y no hacía más que juguetear con la llave del coche como si fuera algo que pudiera predecirle el futuro. ¿El futuro?¿Qué lejos y qué cerca parecía? Tenía la impresión de que toda su vida dependía de ese momento en el que ella apareciera por la puerta de embarque. Se levantó y justo en ese momento ella apareció. Guapa, segura de sí misma, más delgada, más bonita. Tan igual y tan distinta a hace años. En ese momento lo supo. Se acercó.

«Allí está», se dijo presa de un nuevo ataque de risa. «No te rías», se increpó, «pareces una chiquilla emocionada ante unos zapatos nuevos». Volvió a reírse en su interior. Le saludó con la mano y le ofreció su mejor sonrisa. Y se acercó a él.

Y en ese momento supo qué era lo que le estaba impidiendo respirar. Unas palabras que surgieron de su garganta casi sin poder retenerlas. No quería retenerlas más tiempo. Estaban abrazados, una lágrima brotó de los ojos de ella y él sólo podía decir “Te quiero”.

FIN.



 Patricia Vázquez  | Periodista




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2 comentarios:

  1. Patricia sin palabras... me has hecho viajar, ver el sentimiento de cada personaje es impresionante y si además el lector es una persona sensiblera como yo pues mucho mejor :)
    ¡Felicidades!

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    1. ¡¡Gracias de corazón!! Hace mucho tiempo que lo tenía escrito y no me decidía a publicarlo por miedo a que no gustara. Por eso opiniones como la tuya son tan importantes para mí 😊

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