jueves, 15 de diciembre de 2016

La venda de los ojos - Tania Gallardo



A veces, necesitamos una fuerte sacudida que sea capaz de desatar la venda de nuestros ojos. 

A veces, no tenemos las fuerzas suficientes como para ser nosotros mismos quienes por fin se atrevan a destapar la realidad, esa realidad que ha permanecido oculta durante tanto tiempo, limitándonos en todo momento, haciéndonos sufrir y lo peor, consiguiendo que nos alejemos de nosotros mismos.

Y así fue como ella consiguió que llegara la luz a su vida. Ocurrió un día cualquiera y sin buscarlo, porque las sacudidas no se planean, llegan sin avisar, lo destrozan todo a su paso y sin más te abandonan, dejándote las esperanzas rotas. Ese día ella quedó rota, rodeada de escombros y con su venda en el suelo.

No fue tan fácil como parece, ya que en el momento en el que esa venda cayó al suelo, el miedo atroz y la soledad lo inundó todo. El primer impulso que sintió fue el de coger rápidamente aquella cinta que tanto tiempo la había acompañado, y volver a colocarla en su sitio, pero no sirvió de nada, atrás dejó aquella falsa realidad, la oscuridad a la que estaba acostumbrada.

Aunque parezca extraño, pasaron algunos días y seguía sin ver bien. Fueron muchos años de ceguera, la vista necesitaba un periodo de adaptación.

Cuando recuperó por completo la visión, decidió que era el momento de hacer algo que llevaba mucho tiempo sin hacer, se situó frente al espejo. Para su sorpresa, no consiguió verse, delante de ella tenía a una mujer desconocida,con la mirada perdida, el corazón roto y la esperanza muerta. 

¿Dónde quedó aquella mujer luchadora cargada de sueños? ¿Aquella mirada llena de fuerza?

¿Y su sonrisa, dónde la había olvidado?

Así comenzó un proceso de auto recuperación, lo único que quería era volver a ser esa persona con ganas de sentir y de soñar. Para ello, se sumergió entre libros y música, se alimentó durante meses de sonrisas y de conversaciones a deshoras, viajó, probó, experimentó y se llegó incluso a perder, pero finalmente se encontró.

Atrás dejó junto a aquella venda el dolor y el desprecio, y apareció por primera vez el amor, el amor más especial que se puede llegar a sentir, el amor propio.

¿Cómo pudiste permanecer tanto tiempo a oscuras?



Tania Gallardo Hernández|Comunicadora

viernes, 2 de diciembre de 2016

Inseguridades - Sara Pinel



Esta mañana había una carta en mi mesita de noche que solo contenía dos palabras. La agarré, la fui desenvolviendo lentamente. Temiendo el contenido estiré el continente con la palma de la mano. Antes de leer miré a mi izquierda y él no estaba. Pero hacía ya mucho que estaba sin estar. 

Entonces mi mente comenzó a evocar recuerdos de toda una vida. Empezó a barajar probabilidades. Como un lince corre tras su presa, corría mi mente a toda velocidad tratando de saber antes de saber de verdad. Tratando de encontrar motivos para una despedida repentina de quién tanto yo amaba. Una despedida prematura para la que no estaba preparada todavía.

Plenamente consciente de que estaba adelantando acontecimientos, como siempre hago. Continué con la mirada fija en aquel trozo de folio mal cortado. Y de pronto me enfadé muchísimo. Y maldije al hombre que dormía cada noche a mi lado. Lo odié, lo odié intensamente, porque yo sabía que no estábamos pasando por una buena temporada pero no era suficiente excusa ni de lejos para abandonarme con una nota. Y tras odiarle unos segundos que en ese momento parecieron años, volví a amarle de nuevo. Volví a amarle locamente, porque bien podría poner en esa nota un “Buenos días cariño, esta noche no te libras de mí”. O cualquier tontería semejante, de esas que sé que tanto le encanta decir. 

Entonces mi mente dejo de desvariar, de presagiar, dejo de imaginar como siempre hace. Decidí enfrentarme a la realidad y ser valiente. Porque quería saber, lo que fuera que tuviera que saber. Y lo quería saber cuanto antes. Mis manos se pusieron más rígidas y distinguí su letra fina y redondeada por el rabillo del ojo. El estómago me empezó a meter prisas. La cabeza, sin embargo, pedía calma. El corazón marcaba el ritmo del que sabiéndose amado teme que lo desamen. Centré la vista y leí en voz alta: 
TE...


Sara Pinel | Escritora