martes, 14 de febrero de 2017

Días de sol - Lidia



No había nada más reconfortante esa mañana de invierno que un baño de sol en la terraza de mi casa. Salí con la taza de café y un libro bajo el brazo y me acomodé en la mecedora para recibir la dosis de vitamina D que todo cuerpo necesita.

Y allí estaba ÉL. A mi lado.
Dormitando cara al sol sin hacer nada

A veces hacía movimientos en los ojos como queriendo abrirlos sin alcanzar siquiera a separar los párpados. No le costaría nada abrirlos, si evitara el sol de frente con tan solo girar la cabeza, pero no parecía que esa limitación le incomodase demasiado, pues no se molestaba en ponerle solución. Tal vez se lo tomase como un ejercicio ocular o un entretenimiento más en medio de tanta desidia.

El sol inducía al sueño y se dejaba atrapar plácidamente en él.

Pero aun estando medio aletargado yo sabía que no era ajeno a lo que sucedía a nuestro alrededor. Y estaba seguro de que había notado la presencia de Margarita pues, sin abrir los ojos, su respiración pausada se había entrecortado en el momento en que pasaba sigilosa frente a nosotros.  

Todos los días Margarita caminaba por delante de la terraza con paso lento y sinuoso, contorneándose, como si supiera que estábamos pendientes de ella, pero nunca nos miraba. O al menos en ese trayecto. Era a su regreso cuando sí nos dirigía una mirada indiferente sabiendo que ello suponía una provocación para ÉL.

Sus idas y venidas eran nuestro mejor entretenimiento. Para ÉL, porque se excitaba con su sola presencia y para MÍ porque me divertía enormemente contemplando la escena que se desarrollaba a mi alrededor.

A esa hora de la mañana, cuando ya Margarita había pasado y no tardaría mucho en regresar, nuestra única preocupación era no perder de vista al sol pues el gran árbol de los vecinos del bajo había crecido tanto que superaba mi terraza y llegaba a los tejados del segundo piso, y el movimiento de rotación terrestre amenazaba con dejar oculto el SOL tras las densas ramificaciones florales.

Así pues, a riesgo de poder quedarnos fuera del alcance de los cálidos rayos, tomé mi mecedora y la desplacé al otro extremo de la terraza donde el sol tardaría más en ocultarse.

Me levanté para volver a llenar mi taza de café y, a mi regreso, vi como ÉL se levantaba costosamente y se dirigía medio sonámbulo a mi mecedora.
Se acomodó en el asiento, estiró el cuello y levantó la cara hacia el sol para poder absorber el máximo calor reconfortante del día invernal. 

Allí, con la cabeza levantada, los ojos cerrados y la espalda erguida se mostraba indiferente a mi presencia después de robarme mi asiento. 

Cuando le insinué que se bajase me ignoró haciéndose el sordo. 
Al segundo reproche agachó la cabeza y me miró de lado. 
¿Empezaría a entender?

Aunque me divertía su comportamiento ÉL sabía que yo no iba a permitir que me robara el sitio. Y ante la amenaza de obligarlo a bajarse dio un salto, abalanzándose sobre la barandilla de la terraza. Ladró vivamente avisando de la presencia de Margarita que transitaba con gran equilibrio por la pared medianera del vecindario.

Sin alterarse, Margarita frenó su paso frente a nosotros y nos dirigió su mirada directa, tal vez desafiante, (no lo sé, nunca entenderé el comportamiento de los gatos). Esto provocó una mayor excitación en BRUTUS que ladraba y saltaba enloquecido apoyando las patas delanteras en la barandilla.

Fuerte y ronco se dejaba la piel en cada ladrido, haciendo vibrar toda la terraza, no sé si por el volumen de sus gruñidos o por el golpear de los saltos. Frente a nosotros estaba la antítesis: la serenidad personificada en Margarita, manteniendo su mirada felina fija sobre el excitado y enloquecido can.

Cuando Margarita pareció cansarse de mirar la misma escena una y otra vez reanudó su camino y ÉL, tras contemplar cómo se alejaba, fue cesando en los ladridos. Descargó las cuatro patas en el suelo y se puso a recorrer toda la terraza olisqueando cada rincón todavía medio excitado. Poco a poco fue tranquilizándose, ralentizando sus movimientos y acabando por acostarse a mis pies. Y, tras vaciar los dos pulmones con un gran suspiro, quedó relajado tendido en el suelo bajo el cálido baño solar de una mañana de febrero.







Lidia Tomás | Diseñadora, fotógrafa, ilustradora y, a ratos, también escribe.
Share This

No hay comentarios:

Publicar un comentario