jueves, 16 de febrero de 2017

Sacudidas - Elena Escura




No le había explicado exactamente donde vivía. Pero sabía que las tardes de sol salía a la terraza, se fumaba un cigarro, miraba a los viandantes. 

Presentía que, si hacía sol, estaría allí. 

Paseó por la zona con la mirada alta, tratando de no tropezar (aunque tropezó un par de veces, por los nervios). Observó los techos de esos edificios de paredes desconchadas. Pensó que le gustaría que ella viviera allí y no en uno de esos edificios nuevos que había justo al lado, blancos, tan aburridos. Los edificios aburridos envejecían muy rápido. Eran como esos jóvenes con alma de adulto, que apenas habían pisado la vida y se interesaban por los planes de pensiones, y las vacaciones de agosto, y los desayunos de los hoteles, y el precio del metro cuadrado.

La buscó distraído, sin pensar en encontrarla. Todo era un por si acaso, un dejarse llevar. Solía hacerlo con muchas cosas, quizás porque a veces le gustaba caminar al lado de la vida, por la orilla, como un observador. Las cosas parecían suceder más ligeras, sin el peso de lo pactado.

La vio. Tenía que ser ella. Estaba muy pequeña allí, en aquel séptimo piso. Pero era ella. Decidió saludarla. Había un circo en el solar de enfrente, e instantáneamente pensó que la música de payasos no amenizaba muy bien su saludo mudo, su brazo al viento. De repente se sintió ridículo y dejó de agitar el brazo.

Pero ella ya lo había visto. Sonrió. Apuró la colilla.


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Podía ser muy preciso con sus palabras. Ella siempre había admirado a las personas que eran capaces de usar así el lenguaje: sacudiéndolo. Pronunciar la palabra exacta era, sencillamente, un placer. Él lo sabía. Y ella podía tirar del hilo de cualquier palabra de su discurso, olerla, saborearla, y después devolvérsela. 

Escucharle era, de todo, lo que más le gustaba.

Aunque también pasaban mucho tiempo en silencio, mirándose. Él tenía unos ojos brillantes, y oscuros, que miraban mucho, y durante mucho tiempo. Que parecían penetrar el aire y descansaban con frecuencia en el pelo de ella. 

Se besaban cuando ya no podían evitarlo. No era algo trascendente. Sus bocas se acercaban como una lluvia muy fina, repentina, que ni siquiera parecía querer llover. Y seguramente eso era lo más excitante. Sus cuerpos se enredaban como en un roce accidental, que serpenteaba y se dejaba ir, sin querer saber cómo volver.

Y después, él siempre era el primero en hablar. Ella se quedaba en silencio, se cubría con aquella manta violeta, demasiado fina, y lo escuchaba. Ponían música. Cantaban un poco. Hacía frío, y en aquel local no había más que un antiguo radiador que se encendía a base de patadas. 

Y así pasaron el invierno, con encuentros tibios y canciones incompletas.


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Había dejado de fumar. Escuchaba las mismas canciones. En el solar estaban terminando de instalar un carrusel. Parecía algo demasiado romántico como para estar situado en un trozo de asfalto lleno de manchas de aceite, coches y vallas oxidadas.

El verano empezaba a morir con ese viento insoportable de septiembre, limpio y fresco, que licuaba el verano, lo escupía en alguna parte sin piedad alguna. El cielo estaba barrido de nubes y eso le recordó su forma de hablar: como una sacudida.

Hacía tiempo que no lo encontraba abajo, saludándola. No sabía donde vivía. Ni siquiera la zona. Miró el edificio de al lado: era uno de esos edificios modernos, blancos, con balcones de diseño. Pensó que si viviera allí, podrían mirarse de vez en cuando, tomar el café juntos, sin fumar. Lo buscó distraída, sin pensar en encontrarlo, observando aleatoriamente las ventanas como quien mira un cuadro con despiste.

De repente, el carrusel se puso en marcha.






Elena Escura | Escritora y guionista
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