martes, 28 de marzo de 2017

No somos diferentes - Ángeles Calderón



Dicen que somos diferentes, ¿qué sabrán ellos? Solo entienden de color, no ven el amor. ¡Claro que no! Porque el amor no se puede ver. Me miran diferente, ya no me ven como antes. Sigo siendo la misma, pero enamorada. Enamorada de otra cultura, de otra lengua, de otras costumbres. Tienen razón cuando dicen que no somos del mismo color pero, ¿quién dijo que debíamos serlo? En cambio se equivocan si creen que un color es mejor que otro. Yo soy rubia, él es moreno. Yo hablo español; él, árabe. Y de todo eso, nada es importante. En realidad somos iguales, nacidos de la misma Tierra. Los dos nos queremos, nos respetamos, nos entendemos y nos valoramos. Ya no nos escondemos, pues si no nos entienden es porque están ciegos. Ciegos de racismo, que no les deja ver. Que lo importante es tener a alguien que nos llegue a querer. No son malas personas, solo necesitan tiempo. Tiempo que se lleve su ceguera y que al fin, ver el amor puedan.

Después de todo, no somos tan diferentes. Los dos sufrimos y lloramos, los dos reímos y bailamos, pues en verdad, los dos somos humanos.



 Ángeles Calderón Escritora 

martes, 21 de marzo de 2017

Una vida a pedales - Aurora Losa



Desde que Rafael Sigüenza Caberno descubrió para qué servían los pedales sintió el impulso de poner los pies sobre unos. Cinco años tuvo que esperar para que los Reyes Magos tuvieran a bien dejarle una bicicleta en pago a su buen comportamiento y, en cuanto su madre le dio permiso, pedaleó calle abajo tocando el timbre y despertando a medio pueblo con sus gritos.

Su fiel Orbea le acompañó en la vuelta al colegio, en los sábados de primavera, en las excursiones de verano; en su primer día de instituto e incluso en el glorioso instante en que María de la Concepción Asuero Rodales le dio un beso en la boca. Estaba a su lado cuando se partió la pierna por subirse a una tapia, y contribuyó a su recuperación en cuanto el médico le quitó la escayola.

Años después le ayudaría a llegar a tiempo al nacimiento de su primer hijo. ¡Qué veloces surcaban las ruedas el camino entre el pueblo y la ciudad! Había pedaleado tanto que, cuando se bajó de la bici en la puerta del hospital, no le sostenían las piernas, aunque siempre achacó la flojera a la inminente responsabilidad de ser padre. Desde entonces le sirvió para traer leche, pañales, medicinas para la fiebre infantil, y hasta un cochinillo que pidió su nene como mascota unas navidades y que no paraba quieto en la cesta de camino a su nuevo hogar.

Cuando empezó a trabajar de cartero, lo de los pedales pudo haberse convertido en una pesadilla, pero se empezó a ver a sí mismo como pregonero de cariño, aunque también llevaba malas noticias, como era de suponer.

Le ofrecieron varias veces un vehículo más moderno y menos pesado, con platos y piñones que facilitaban las cuestas arriba y se bebían los llanos de tres pedaladas. Incluso intentaron sobornarle con una moto. Siempre se negó; su bicicleta era ya como una extensión de su cuerpo. Separarse habría sido como despedirse de su propio pie. Y tanto fue así que, en el día de su funeral, Rafael Sigüenza Caberno fue enterrado con su vieja Orbea durante una salva de timbres del club ciclista local.

Inspirado en Bicycle Race del disco JAZZ de Queen.


Aurora Losa | Escritora 

Cicatrices - Nando Pilgrim



¿Y ahora qué? se preguntó. Ya había pasado por esto antes pero nunca estaba preparado. Siempre le pillaba de improviso, por sorpresa. Quizá era torpe, o distraído. Pero había vuelto a suceder. 

Vuelta a empezar. A guardar recuerdos, a deshacer ilusiones, a borrar de su memoria todo aquello que le impediría seguir adelante. Pero no era un proceso fácil, nunca lo era. 

Y nunca lo era porque cada cicatriz le hería más y más profundamente. Cada marca era diferente en sí misma: las había de trazo fino, de pincelada gruesa, de navaja traicionera. Las había en forma de beso de despedida, de carta sin firmar, de irónica postdata. Las había cobardes, de aquellas que te las dejan sin que les veas la cara. Las había más breves, aunque estas eran por lo general las que más hondo habían calado. Las había más largas, menos intensas, pero igualmente dolorosas. 

Si al menos sirvieran para hacerle más desconfiado, más precavido, podría al menos aprender de ellas. Pero una vez cicatrizaban se olvidaba del dolor. Acordarse solamente de lo bueno era una decisión que había tomado desde el principio, desde la primera marca, desde la primera gota de sangre que resbaló por el tajo de la herida. 

Era por eso que siempre le pillaban de improviso. Claro. Él sabía que en cada herida tenía parte de culpa, que quizá lo podía haber evitado. Pero nunca lo veía venir. Uno nunca elige el puñal que le va a atravesar, ni los labios que le han de curar. 

Un día se preguntó si esa ingenuidad no le vendría también por ser hincha del Atleti. Porque cuando se es hincha del Atleti no importan las heridas, ni las derrotas, importa levantarse otra vez y seguir peleando, sacar hasta el último mililitro de aire y seguir animando, dejarse la voz.

Como se dejaba también el alma. Y ahora tocaba coser los jirones de esa alma desgarrada y dejarla lo más decente posible. 
Para volver a empezar

Para que nadie tuviera que pagar los platos rotos que no le correspondían, la cuenta de una cena sin propina.

Para que nadie supiera cuántas cicatrices llevaba ya y cuantas le cabían todavía. 

Miró adentro, y sonrió. Porque en una esquina todavía había hueco para otra cicatriz más. 
Y sonaba una canción:

Porque siempre hubo clases y yo
no doy bien de marido.
Otra vez a perder un partido,
sin tocar el balón.



Nando Pilgrim | Escritor 

viernes, 17 de marzo de 2017

Decadencia - Celia Racero



Decadencia, proceso de debilitación o pérdida de la plenitud. Un significado tan simple como este muestra el diccionario, pero en realidad es mucho más. 

Mira a tu alrededor y atrévete a decir que hemos avanzado. Atrévete a decir que la educación ha mejorado. Que los jóvenes de dieciocho años salen preparados del instituto para enfrentarse a la vida o que los niños cada vez tienen mayor capacidad de aprendizaje y nivel de cultura. 

Permanecer sentados en un pupitre durante siete u ocho horas diarias y cuando finaliza la jornada escolar llegar a sus casas para realizar tareas o deberes sin cesar, durante tres horas sin apenas tener tiempo para jugar. Eso es lo que hoy llaman una educación avanzada.

Después de tres años de preescolar y seis de primaria llega el instituto. El instituto, aquel lugar donde te enseñan a ser una persona de provecho. No existe mayor mentira. 

Está bien aprender a dividir o resolver una ecuación. Está bien aprender quienes fueron nuestros antepasados. Está bien saber hacer un comentario de texto. Y está bien aprender los verbos en inglés. Todo ello servirá en un futuro, no lo niego. Pero muchas veces se da demasiada importancia a un examen en el que pones en práctica tu capacidad de memorizar la teoría o fórmulas matemáticas para que al cabo de tres meses no nos acordemos de nada y nos olvidamos del arma que verdaderamente nos enseñará a resolver todo tipo de problemas o luchar por aquello que tanto deseamos: la inteligencia emocional

No nos deberían enseñar a tener mayor capacidad de asimilación de contenidos, sino a ser más inteligentes emocionalmente.

Es triste ver como algunos adolescentes faltan el respeto a sus compañeros, profesores y padres, mientras estos adultos miran hacia otro lado. Es triste ver que hoy en día sigue existiendo el acoso escolar y aún no se toman medidas suficientes para ello. Es triste ver cómo adolescentes o jóvenes adultos sufren depresión porque no les enseñaron desde niños a gestionar sus emociones. Es triste ver cómo jóvenes de veinte años aún no saben qué hacer con sus vidas porque se sienten desmotivados o no tienen la economía suficiente como para costear unos estudios. Es triste ver cómo personas que podrían llegar a ser genios o artistas no son capaces de potenciar sus habilidades porque en el instituto les hicieron sentir como el bicho raro

Atrévete a decir que cada vez hay más trabajo. Si cada vez hay más jóvenes en paro o con contratos basura. Incluso personas de ochenta años haciendo alguna que otra chapuza para que sus hijos o nietos se alimenten cada día. 

Atrévete a decir que la sanidad pública también ha avanzado. Actualmente, existen nuevos remedios para evitar o paliar enfermedades que antes no tenían cura. Pero las listas de espera para acudir a un especialista aumentan. Las trabajadoras y trabajadores de los hospitales están saturados por la falta de personal. Y, sobre todo, pacientes que luchan contra su enfermedad, pierden la batalla por no haber sido atendidos desde el primer momento.

Publica una foto de un lazo en todas tus redes sociales el día mundial del cáncer o un lazo rojo en el día mundial de la lucha contra el SIDA si así crees que estas enfermedades se curarán. En el fondo sabes que no servirá de nada si aún se sigue votando a partidos que recortan en sanidad e investigación.

Engáñate y di que la desigualdad de género está dejando de existir. Si algunas personas se escandalizan cuando ven a una mujer con un vestido corto en pleno agosto o cuando opta por vivir sola en un quinto piso sin ascensor. 

A veces no nos gusta reconocer que aún sentimos temor al caminar solas por las calles a altas horas de la madrugada. Sabemos que, si acudimos a una fiesta con aquel vestido rojo ceñido al cuerpo que tanto nos gusta, algún piropo grosero caerá y para colmo, alguien nos dirá: si no quieres soportar esa clase de comentarios no vistas de esta manera. 

Nos escandalizamos cuando vemos en las noticias que otra vez ha vuelto a ocurrir, otra persona asesinada o agredida por violencia de género. Cuando pasan un par de días, aquella noticia deja de tener valor y peso. Tan sólo será un número más entre las estadísticas de víctimas de violencia machista y hembrista. 

Presume de nuestra multiculturalidad, si cuando algunos ven a una persona de tez oscura esconden el bolso. Incluso se sigue escuchando la típica frase: vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo. Puestos que apenas interesaban a los españoles hace unos años. 

Da vergüenza ver cómo en algunos casos, no se acepta que otras personas vengan en busca de ayuda. Huyendo de la guerra y el hambre. Cuando en el siglo pasado durante la Guerra Civil, los refugiados fuimos nosotros.

Todo el mundo es consciente de ello, pero es más sencillo mirar hacia otro lado. Plantemos entre todos nuestro granito de arena para que al menos dentro de veinte años nuestros descendientes puedan disfrutar de una España mejor. De una España que logró liberarse de la decadencia.


Celia Racero | Escritora y Técnica en Integración Social



Pasajeros - Elena Gromaz



Durante cinco minutos estuvimos a oscuras. Tan solo la luz de emergencia iluminaba nuestras caras. Tras un breve silencio aparecieron unos hombres de uniforme que revisaban, asiento por asiento, a todos los pasajeros de aquel autobús. Nos pedían la documentación.

Yo no entendía nada. Ni una palabra. Asustada saqué mi carnet de identidad. Llegaron a mí y les enseñé el DNI. En realidad no me miraron. Daba la impresión de que sabían a quién buscaban y, desde luego, no era a mí.

Aliviada guardé los papeles. Por fin podía respirar. Entonces me di cuenta de que esta sensación de incertidumbre iba a ser mi inseparable compañera de viaje.

Los hombres de uniforme se llevaron a varios pasajeros. No podría decir si eran extranjeros porque en ese momento lo éramos todos. Ya habíamos pasado la frontera. Ya estábamos en tierras extrañas. Empezaba a llover.

Los conductores del autobús volvieron a subir y retomamos el viaje. Mientras marchábamos seguí con la mirada la escena que quedó detrás de nosotros. Con cuatro personas menos el autobús parecía tan vacío. No hacía frío allí dentro pero un halo de extrañeza nos hacía sentir escalofríos.

Una señora, que me había oído hablar con el conductor en una ocasión, se dirigió a mí.

—¿Estás bien? —me dijo. De repente sentí que ya no estaba sorda. Oía perfectamente. Alguien me hablaba.

—Sí —contesté—. ¿Hablas español? —dije entusiasmada.

A partir de ese momento la señora, que se llamaba Rosa, y yo nos hicimos buenas amigas.
Una amistad que duraría en el tiempo y en un futuro no muy lejano se reavivaría con más fuerza.


Elena Gromaz | Escritora e Ilustradora



Los tiempos - Martinowsky



Hay un tiempo para ver el bosque y otro para detenerse en cada árbol. Hay un tiempo para planificar y otro para realizar, de la misma forma que hay un tiempo para ver el cielo en su conjunto y otro para fijarse en los objetos que contiene. En fin, hay un tiempo para el análisis y otro para la síntesis.

Digo esto porque, tras diseñar la mesa de operaciones (el estudio), es tiempo de ponerse manos a la obra y empezar a trabajar (estudiar). Lo contrario sería convertirse en una de las variedades más peligrosas (y pesadas) de filósofos, aquellos que se pasan la vida discutiendo sobre qué es filosofía sin entrar nunca en temas concretos. 

Hay una fase en la preparación de la cueva en la que se piensa qué hacer en cada lugar cuando esté terminada. Aquí leeré y aquí me reuniré con los amigos, aquí cenaré, aquí veré la televisión. Uno se imagina un futuro de actividades y pone los medios para realizarlas. 

Pero, ¿qué pasa luego cuando ya está todo listo? Aunque ya se sabe que las casas, como la escritura de un libro,  no se terminan sino que se abandonan, también se sabe que, tras una liga, el campeón sufre el síndrome del “¿y ahora qué?”. Y que conseguir lo que uno se propone produce un vacío existencial que, a muchos, les conduce a la depresión. Por eso es tan sabio el consejo de “ten cuidado con lo que deseas, porque corres el peligro de conseguirlo”.

Yo voy a defenderme de este peligro con mi método tradicional (de eficacia probada mil veces) de dejarlo todo a medias. Así siempre tendré tareas pendientes para los cansancios en el viaje. El título de esta etapa de mi biografía podría ser: “un obsesivo en busca de una obsesión” o esta otra “Envejecemos cuando dejamos de tener proyectos”. 

De momento, y cuando todavía tengo toda la cueva cogida con alfileres y apenas he terminado de apuntalar los espacios, voy a ponerme a bucear en el misterioso (y apasionante) asunto del origen de las angiospermas, así como las enigmáticas relaciones entre las venenosas solanáceas y las convolvuláceas, sobre las que quiero aportar algo, aunque solo sea por la de tiempo que llevo con el asunto. El resto de las tareas quedan pendientes para el futuro, no sea que las termine. 


 Martinowsky | Filósofo y Escritor