martes, 26 de diciembre de 2017

Nando Pilgrim - Libertad





Estamos rodeados de gente que pide a gritos libertad. Y la piden por muchos motivos, pero cada cual tiene el suyo.

Hay gente que vive en el desierto del Sáhara y pide ser liberada de la ocupación marroquí. Pide que se retiren y se les devuelva su territorio.

En Palestina pasa lo mismo, piden que Israel y la comunidad internacional les reconozcan como estado y les devuelvan sus tierras y su estatus.

En África miles de personas viven aterrorizadas por un militar cruel y despiadado llamado Boko Haram, pero como ese problema no interesa ni afecta al primer mundo, nadie les va a liberar de él, al menos que se encuentre con alguien más loco todavía. Secuestra a niños y niñas, les utiliza luego para cometer atentados inmolándose, hace lo que le da la gana. Nadie se opone.

Entre Turquía, Irak, Irán y Siria hay un territorio llamado Kurdistán. Desde hace muchos años los kurdos son gente sin patria, perseguidos y humillados. Sólo
piden vivir en paz.

La mayoría de estos problemas son muy antiguos ya.

A otros niveles también escasea la libertad. La pide quien cruza un mar dentro de una patera aunque muchos no entendamos qué les impulsa a ello. La pide quien duerme en la cárcel por defender una idea mientras otros, ladrones consumados, gozan de libertad. La pide quien teme que tan sólo por su forma
de ser o de amar la sociedad le rechace y le aparte. La pide el trabajador que es obligado por su jefe a realizar tareas que no le corresponden y a aguantar improperios y actitudes innobles. La pide la mujer que sabe que cuando su marido llegue a casa la va a rociar con una buena ración de insultos, y eso esperando que no pase a los golpes. La pide la mujer que lleva el rostro cubierto porque su religión le impide ser libre de ir con el pelo suelto. La pide el niño que por alguna razón, sus compañeros la han tomado con él y cada día de colegio le resulta un infierno.

Desde que tomamos conciencia de quiénes somos y qué queremos parece que nos es negada la libertad de alguna u otra forma.

En esta ansia de libertad a todos los niveles no puede juzgarse a quien la pide. Siempre que falta este derecho fundamental es porque una de las partes ejerce una opresión que moralmente no le es permitida. Y digo solo moralmente porque muchas veces, por desgracia, esta opresión cuenta con el beneplácito de leyes injustas que lo hacen posible. Porque ley y justicia hace mucho tiempo que no transitan los mismo caminos.

Es el mismo ser humano, que nace libre, el mismo que luego crea poderes para poder privar de libertad a los demás.



 Nando Pilgrim | Escritor



martes, 19 de diciembre de 2017

De feria en feria - Sandra Bermejo






-Llévame de feria en feria -me susurró al oído. Lento, marcando cada sílaba, dejándolas caer de sus labios a mis entrañas, mientras apretaba su cuerpo contra el mío.

Juro que nadie, jamás, había recitado así a Lorca. La emoción desbordante en el pecho, como si fuera día de fiesta. Sus ganas en mi piel, las mías en su boca. En un baile de vida y de tierra.

La luna cada vez más gitana. Las copas vacías de vino y llenas de sed. Noche cerrada. Farolas que alumbran las calles sujetando a los borrachos que cantan al alba.

Sus ojos negros me desnudaban deshaciéndome la trenza, mientras clavaba mis uñas en su morena espalda. Tendidos sobre la verde hierba, verde, liberamos a las fieras dormidas.

A lo lejos, horizontes perdidos. A mi vera, gotas de rocío evocando a la mañana. En el cielo, nubes de lluvia y gemidos.

Noche inefable. Inexorable destino. De azar y laberintos. ¿Cómo escapar de lo que ya está escrito? Del desastre y la tormenta, de los amantes condenados a no ser.

Caminábamos por el filo de lo prohibido, sabiendo que en cualquier momento podíamos caer, pero no en el olvido.

Nadie tenía la culpa, pero no entendíamos que la culpa era de lo vivido. Así que se fue, sabiendo que, en Viena, nunca bailaría con él.

Los chopos perdieron sus dorados vestidos y el invierno se instaló en nuestras soledades disfrazadas de vocación.

Empecé a espiar sus pensamientos escondidos en palabras sin pretexto y sin destino donde terminaba encontrándome una y otra vez.

Hacía poesía o teatro de cada imagen, usando los nudos y los recuerdos para dar voz a sus personajes. Las entradas no tenían puerta, así que pasaba sin preguntar.

Después de cien libros y mil canciones, vino igual que se fue. El pelo alborotado y los sueños a contraluz.

Mismos ojos, mismos besos, mismos huesos contra el colchón. Distinta toma, misma escena. Nunca la llegamos a rodar.

¿Nos pudo el miedo a la nostalgia? ¿O tal vez a la muerte? Quizás fueron las ganas que no terminaron de cristalizar. De ellas brotaron infinitos haces de luz y de colores, que viajaban con el viento por el cielo de la ciudad, de su ventana a la mía, entrando y saliendo a su antojo como soplos de inspiración. 



 Sandra Bermejo Psicóloga