martes, 13 de febrero de 2018

Alejandra G. de la Maza - La niña



La niña le miró con los ojos más abiertos que había visto nunca, esos ojos de color avellana que cuando les daba la luz parecía que se transformaban en miel líquida. Él la sostenía en sus brazos,aún con manos torpes y temblorosas debido a su inexperiencia. Eso era algo que estaba fuera de sus planes, que le descolocaba, le aturdía y le fastidiaba. Pero le ilusionaba.  

Desde luego no podía haberla dejado ahí tirada, observando como miles de zapatos de distintos precios, formas y colores pasaban por su lado sin ni siquiera dirigirle una mirada, una sonrisauna palabra. Nada.  

Así era la gran ciudad, tan grande y tan vacía al mismo tiempo. Esa ciudad que respiraba miles de aromas, que bailaba al ritmo de millones de latidos, que oía mil voces y que era testigo de miles de besos. La misma ciudad que cada mañana despertaba a millones de personas, y que despedía a otras tantas. Aquellos ojos que a cada minuto veían nacer nuevos amores y el declive de los viejos, que sabía miles de historias, millones de pequeñas leyendas, algunas más ciertas que otras. Que veía el amor y el odio. Que oía gritos de esos que desgarran el alma, pero también de esos que provocan una media sonrisa. Que veía aquellos que exhalaban su último aliento y a otros que se quedaban sin él. La misma ciudad que presenciaba la salida de los pequeños del
colegio hacia el paraíso de la libertad veía a otros para los que la libertad suponía un paraíso

Aquella marabunta de palabras, de sonidos, de risas y de llantos, de gritos, de reproches, de sonrisas, de pasos, de canciones cantadas a voz en grito para que nadie las oiga, de músicos callejeros que se afanan en dar color a la vida a cambio de unas pocas monedas, de amenazas susurradas entre dientes, de borrachos por desamor y de otros tantos embriagados por amor. Aquella melodía de pisadas, de bailes inesperados, de medias sonrisas o de sonrisas enteras, de carreras para coger el tren, o para llegar al trabajo, o salir corriendo del infierno en el que se ha vuelto la casa. Aquellas carreras para llegar a ese examen que supondrá la vida o la muerte. Aquellos pequeños actos de rebeldía, sea del tipo que sea. Esos cines medio vacíos que en otro tiempo fueron centro de reunión y que ahora han quedado centro de nostalgia. En toda esa sinfonía de palabras no había un hueco para aquella pequeña, que no hacía sino mirar el mundo con los ojos más abiertos que él había visto nunca. 

—Ven, vayamos a casa —le dijo a la joven —. Mi mujer y yo te acogeremos. ¿Querrías tener una nueva familia

Ella, aún asustada y sucia por tantas noches pasadas a la intemperie, llena de soledad y de miedo,le miró como si no comprendiese en absoluto. Una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla, arrastrando la suciedad de su rostro y dejando al descubierto la piel reseca y bronceada. El tiempo se paró, el sonido de la ciudad se eliminó y, por un momento, ambos quedaron solos en un mundo lleno de gente. La pequeña, con su tristeza, su rabia y sus deseos de una nueva vida. Y él, colmado de ternura por esa niña que nada tenía y por la que súbitamente había sentido una necesidad de protegerla y de cuidarla. Un instante, un segundo que lo cambió todo.  

Ella tan solo le dio la mano










Alejandra G. de la Maza - Escritora, periodista y lectora
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