martes, 27 de febrero de 2018

Andrés Ruíz Segarra - La línea roja

  




La Real academia de la lengua (RAE) define la intimidad como:
«Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia». No todo el mundo está de acuerdo con esta definición, en cuanto a lo espiritual, pero está claro que los márgenes personales de la privacidad —esa línea que separa lo que otras personas tienen, o no, derecho a conocer y observar de nosotros— cada día es más difusa.

La cotidianidad de las tecnologías informáticas y la flaqueza de los individuos al utilizarlas de forma inconsciente, son los cimientos de esta férrea estructura de pluralizar lo íntimo o reservado mucho más allá de lo que pensamos. Sin embargo, la seguridad en sí misma plantea nuevas preguntas. ¿Es lícito que nuestra imagen sea registrada sin nuestro permiso o —aún peor— sin nuestro conocimiento? ¿Debería prohibirse que nuestros datos sean una mercancía de intercambio? ¿Existe un derecho a no ser localizado?
La letra pequeña es el peor enemigo de una sociedad tecnológica miope, y ello es bien sabido por quienes introducen suculentas y atractivas gratuidades en aparatos que nos espían a diario, que nos encuentran y registran nuestros gustos y amistades.

¿Qué debe hacer un individuo para preservar su intimidad entonces? ¿Desconectarse del mundo? He ahí el gran error de esta pregunta con trampa; el mundo es otra cosa.

La sociedad palpable no es la virtualidad de nuestros mensajes con emoticonos, ni de nuestras fotografías, por poner solo dos ejemplos sencillos. El lastre virtual que arroja este nuevo síntoma de las sociedades desarrolladas es un exhibicionismo adictivo que transforma a las generaciones y las arrastra al precipicio de las banalidades presuntamente necesarias. La falta de una educación y de una moralidad tecnológica pervierte el uso de la intimidad y la traslada a un plano vulnerable.

Sin embargo, la violación de este desusado concepto de lo íntimo se justifica con la inercia del crecimiento de Internet y de métodos de seguridad tanto en imágenes como de rastreo, de los avances tecnológicos a velocidades de vértigo y de los hábitos una sociedad moderna.

¿Somos acaso chimpancés con teléfonos móviles?
No parece importarle lo suficiente a nadie que los nuevos delitos de nuestro siglo relacionados con redes sociales, o con la difusión de imágenes robadas, pululen en nuestra sociedad como ratones de ciudad. La intimidad es un derecho que debería enseñarse desde la niñez. Perseguir el delito que ha surgido aprovechando la dejadez y el desconocimiento, así como de los propios intereses de la oligarquía, no nos devolverá la intimidad robada.

El márquetin, los mecanismos publicitarios y su séquito de vendedores precisan mecenas que realicen una captación personalizada. Provocarnos una necesidad de compra o adhesión es mucho más fácil si conocen bien nuestros gustos, nuestra intimidad, nuestros datos. El problema no está en la tecnología sino en nosotros mismos. La educación es la mejor arma de defensa contra la flor adormidera que nos convierte en meros consumidores. Perdemos el tiempo en el prejuicio innecesario que inunda las alcantarillas y se contagia como un virus: la autodefensa ante lo que imaginamos como agresiones culturales que levantan muros de xenofobia, y, sin embargo, toleramos la violación de nuestros derechos de intimidad convencidos de que en realidad no nos pertenecen. A veces los peores males son del todo invisibles.

Pero no caigamos en catastrofismos, a fin de cuentas la sociedad es adulta y crítica, además de independiente. ¿O tal vez no?
Quizá la engreída sociedad del primer mundo esté aún en la adolescencia de su evolución y deba acumular errores hasta que, un día, en su mayoría de edad, decida por fin aprender de ellos. El basto océano de la información denomina nuestra era, y a la vez nos esclaviza en ella. ¿Quién define dónde empieza y dónde termina nuestra intimidad si a fin de cuentas esa herramienta de espionaje le es útil a todo aquel que precisa de nuestra atención para sus propios intereses? Me temo que nadie más que nosotros mismos puede preservarnos de ese mal establecido; quizá con el esfuerzo de la autocrítica y la concienciación. Pero he pronunciado la palabra esfuerzo, y esta es una sociedad que camina de puntillas sobre el placer inmediato, la peor de las traiciones a nuestro uso de la inteligencia. Y, por contra, el mejor mecanismo para reclutar clientes sumisos e indefensos ante unos desvalorados derechos que poco a poco se van diluyendo.

La intimidad tiene una sombra cercana: el anonimato. Si entendemos este último no como un arma cargada de alevosía, sino como una mera forma de libertad, está claro que no existe. Quizá cuando un planeta globalizado termine por absorber hasta el último dato de todos y cada uno de sus habitantes, el paso siguiente sea prohibir la personalidad propia, libre, independiente. Porque incluso el pensamiento carece de libertad si se educa en una sociedad tomada por la manipulación a gran escala.

Necesitamos momentos de reflexión, de desconectar la virtualidad y observar lo que nos rodea. Tiempo de lectura en papel, de conversar cara a cara, de desaparecer y de elegir sin presiones. Necesitamos no necesitar un continuo control de nuestros actos, de nuestra vida. Un apagón de todo aquello que nos escruta y nos crea adicción.
La intimidad es respeto, libertad, sensatez, cordura. Es un pilar tan necesario como la sociabilidad misma. Nuestra especie precisa urgentemente de ese equilibrio para mantenerse sana.

La línea roja entre la intimidad y su vulneración hace ya mucho tiempo que fue traspasada. Nos hemos acostumbrado a ello y no parece que por el momento algo vaya a cambiar al respecto. Qué nos deparará el futuro…

                     
               
                                                                                  





  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


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