viernes, 29 de junio de 2018

Andrés Ruíz Segarra - Escribo, luego existo









Sucede a menudo que nada atractivo nos sucede. Nada lo suficientemente especial como para iluminarnos en ese estado casi mágico que es escribir una novela. Una historia o un relato.

  En realidad esta paradoja no es más que una niebla, un vapor blanquecino que se va disipando conforme escalamos los peldaños de pequeñas ideas.

  Podemos apoyarnos en palabras concretas, en títulos y en noticias para iniciar el viaje. Podemos agudizar el oído cotidiano e investigar a nuestro alrededor; mirar con los ojos de un escritor que absorbe de su entorno cientos de detalles, la mayoría de ellos desapercibidos para el resto de los mortales: un hombre que camina de forma peculiar, el comentario de una señora en el autobús, una persona con cierto acento o carisma  —que quizá pudiera convertirse en un personaje literario—, sucesos, sueños, vivencias… Todo ello nos conducirá lentamente hacia las orillas de una corriente, de una idea tosca e incipiente que tal vez en su desarrollo final no se parezca demasiado a esos primeros esbozos que hicimos, cuando no teníamos aún definido el rumbo.

  Es curioso, sin embargo, que la realidad pueda llegar a ser a veces —pocas— tan irónica y rebuscada que nos ofrezca situaciones envueltas en cierto surrealismo, o coincidencias tan sorprendentes, que para llevarlas al papel nos veamos en la obligación de ser muy cautos y hábiles con el objetivo de que no parezcan inverosímiles. Digamos que la vida real puede permitirse ciertas licencias que la literatura no soporta. O, mejor dicho, que los lectores no soportan.

Y es que el olfato del lector no se deja engañar. Podemos relatar el más absurdo de los disparates siempre y cuando no traicionemos el contrato entre escritor y lector. Un contrato no escrito que acepta solo lo coherente dentro del contexto y del ritmo de nuestra narración.

Hay cientos de formas de contar lo mismo. En ello consiste el estilo y el éxito, en saber cómo relatarlo, o mostrarlo a través de los personajes.

Pero volvamos a la formación de nuestra idea troncal a partir de elementos recopilados. Debemos tener muy presente que el momento clave en que surge la voz salada de las musas y donde por fin adivinamos qué es lo que vamos a contar, es, precisamente, el instante en que hay que comenzar a escribir prácticamente desde cero; de reescribir sin piedad ahora que sabemos qué va a suceder. Bien documentados sobre el tema y con un esquema ya definido será mucho más fácil avanzar con coherencia. Aun así la inercia de la imaginación en marcha nos deparará sin duda numerosas y suculentas sorpresas: nuevas ideas que jamás habríamos imaginado en un principio.

Una vez traspasada esa niebla el reto es mantener la atención del lector, suscitar su curiosidad y omitir toda paja de relleno. Conseguir enganchar es tarea difícil pero nunca imposible.

Así que hagamos que las historias sucedan…

                     
               
                                                                                  



  Andrés Ruiz Segarra -  Escritor y amante de la prosa


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